Las secuelas que dejó el huracán María en los niños puertorriqueños

“Los niños son especialmente susceptibles a los problemas de salud mental durante y después de los desastres naturales y también más vulnerables a las enfermedades que los adultos”.
Opinión
Analista política del equipo de niñez temprana para el Center for American Progress.
2017-10-20T11:41:54-04:00

De niña jugaba entre las amapolas que mi madre sembró en nuestro patio en Río Piedras, admirando la delicadeza de los pétalos. El viento levantaba la chiringa hacia el cielo azul cerca de la fortaleza del Morro. Recuerdo las manos diestras de mi abuelo cuando cortaba las frutas de los árboles y el sabor de la papaya que mi abuela servía en su tazón de cristal. Recuerdo las casas de concreto, sólidas y seguras, sus terrazas abiertas a vecinos durante el día y al sonido de la rana coquí por la noche. Puerto Rico –donde pasé mi niñez– valora a todos a sus niños. Pero como en cualquier desastre, los más vulnerables en este momento son precisamente los niños, después de que los huracanes María e Irma devastaran la isla.

El gobierno dice que la isla podría estar sin electricidad por meses. El agua potable escasea, y un tercio de los puertorriqueños aún no tiene acceso a agua potable cuatro semanas después de la tormenta. La ayuda ha sido lenta, a pesar de la respuesta autocomplaciente de la administración. Lo que sabemos acerca de las necesidades únicas de los niños durante los desastres naturales debería alarmarnos.

Antes de cumplir los tres años, el cerebro del niño forma cientos de conexiones neuronales cada segundo a través de un proceso que es muy sensible a las influencias ambientales. Esto significa que lo que un niño experimenta hoy puede afectar su desarrollo profundamente, con consecuencias que pueden afectar su aprendizaje y comportamiento a largo plazo.

En Puerto Rico, la gente está, francamente, cansada, estresada e incómoda. Un pariente me explicó que, sin electricidad, "las noches son calientes y ruidosas, así que dormir bien es imposible". Cuando los padres están preocupados y agotados, los niños internalizan ese estrés.

No es sorprendente, entonces, que los niños sean especialmente susceptibles a los problemas de salud mental durante y después de los desastres naturales. En el mes después del huracán Katrina, alrededor del 17% de los residentes de New Orleans reportaron tener problemas de salud mental, incluso síntomas de estrés postraumático como flashbacks y pesadillas. Entre los niños, la tasa aumento al 37%.

Además de ser más susceptibles al estrés psicológico, los niños también son más vulnerables a las enfermedades que los adultos. El cuerpo de un bebe o niño pequeño es distinto al de un adulto; los niños son más propensos a contraer enfermedades después de un desastre, debido a su sistema inmunológico relativamente inmaduro. Su pequeño tamaño significa que desarrollan deshidratación, desnutrición y cansancio más rápidamente que los adultos y pueden ser más propensos a enfermedades respiratorias, un problema grave, dado el clima tropical de Puerto Rico. En Puerto Rico la humedad causada por los huracanes, como Irma y María, puede quedar atrapada en las paredes, produciendo moho en el interior. Cuando se inhalan, las esporas de moho pueden devastar el sistema respiratorio y quizás hasta el sistema nervioso.

Afortunadamente, sabemos lo que necesitan los niños. Las necesidades básicas de las personas afectadas por desastres incluyen alimentos, refugio y saneamiento. Además, los niños necesitan la comodidad de la rutina. Establecer rutinas predecibles podría promover la resiliencia en los niños y ayudar a sobrellevar mejor los desastres naturales. El restablecimiento de las clases –incluso centros de Head Start– es una de las mejores prácticas, según los líderes de agencias humanitarias con experiencia en desastres. Los pediatras que han trabajado en áreas de desastre, como las Filipinas después del tifón Yolanda en el 2013 y Haití después del terremoto del 2010, encuentran que los libros y los comfort kits, como una pelota antiestrés, los títeres de dedo y los lápices de colores, también ayudan. Para los niños que han perdido todo, tener algo que los ayude a calmarse, a ser niños otra vez puede hacer maravillas.

No puedo dejar de pensar en lo diferente que es Puerto Rico ahora, en comparación con lo que era. En lugar de explorar los arbustos de amapola, los niños ven árboles desarraigados por vientos de 150 millas por hora. En lugar de comer papaya del patio de un vecino –imposible ahora que las tormentas destruyeron la agricultura de la isla– los niños reciben galletas racionadas de sus abuelas y toman agua de lluvia. En lugar de irse a dormir a hogares estables, muchas familias no tienen hogar. El mismo viento que levantaba chiringas rugió a través de las casas, aterrorizando a adultos y a niños por igual. Tal vez ese sonido terrible ha borrado los cantos del coquí.

Los 175,000 niños menores de cuatro años que viven esta realidad en Puerto Rico son nuestros conciudadanos. Fallarles no solo es cruel, sino también antipatriótico. Debemos hacer más para ayudar a estos niños a obtener refugio, alimentos y saneamiento y así minimizar los efectos traumáticos de estos desastres naturales.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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