La familia normal

“El día que entendamos que nuestro valor radica precisamente en que somos únicos, especiales e irrepetibles, comprenderemos que la diversidad es un triunfo, y no algo que hay que liquidar con un arma comprada en el pasillo de un supermercado”.
Opinión
Escritor y guionista chileno. Autor de guiones de telenovelas nacionales y extranjeras.
2016-06-21T08:37:58-04:00


Llevamos demasiado tiempo tratando de justificar lo injustificable. Llevamos demasiado tiempo tratando de otorgarle a la palabra “normal” una condición de perfección, de triunfo, de universalidad absoluta. Por culpa de la palabra “normal”, millones de seres humanos han quedado fuera de la repartición de sus derechos civiles: seres humanos con la piel demasiado oscura para ser “normales”; seres humanos con dioses demasiado paganos como para ser “normales”; seres humanos con costumbres demasiado vanguardistas para ser “normales”; seres humanos que aman a otros seres humanos de su mismo sexo… claro, eso tampoco puede ser “normal”.

La prensa, la religión, la política, la sociedad entera, nos han hecho creer que la familia normal es aquella que está constituida por un padre, una madre, y un par de hijos sonrientes. Un núcleo indivisible, pilar de la sociedad, baluarte de la moral y las buenas costumbres. En resumen una familia como la de la foto que acompaña a este texto. Esa familia, la de la foto, es la imagen de la familia tradicional que tiene todos sus derechos civiles, el apoyo de todos los políticos y el beneplácito de toda la sociedad. Ellos sí pueden heredarse entre cónyuges sin necesidad de hacer testamento, pueden incluirse el uno al otro en sus seguros médicos, pueden adoptar niños sin problemas, pueden acompañarse en la unidad de terapia intensiva de cualquier hospital. Nadie cuestiona su amor, ni su aporte a la sociedad.

Sin embargo, la familia de dos hombres que Anthony y yo formamos (hace ya muchos años) es una familia pecadora, anormal y que no merece todos los derechos civiles que nos pertenecen. Podría también poner una foto nuestra, donde los dos salimos tan sonrientes como los integrantes de la fotografía que ilustra este texto. La única diferencia entre estas dos familias, es que el hombre de la foto tomó una metralleta y mató a 50 gays, como Anthony y yo. Esa es la única diferencia. Pero a pesar de eso, mi familia seguirá siendo pecadora, anormal y carente de todos sus derechos civiles.

Hablemos ahora de homofobia. Y de cómo llevamos demasiado tiempo tratando de justificar lo injustificable.

Sigo sin poder respirar después de la matanza de Orlando, donde el papá sonrientede la foto, un loco rabioso e incapaz de procesar sus emociones, entró con una metralleta de guerra y mató a 49 personas que bailaban dentro de una discoteca gay. Al horror de la noticia, se sumó otro más: el hecho que fuera un ataque tan dirigido, y a un sector de la población que sigue peleando y luchando para que no los maten y los dejen ejercer sus derechos civiles.

Pero, por encima de todo, lo que me terminó de quitar la respiración fue el manejo de la noticia. Señores de la prensa: sigan metiendo miedo. Sigan diciendo que la homosexualidad es un pecado. Sigan diciendo que un ser humano transgénero no quiere ir al baño a orinar sino que su verdadera intención es violar al primero que se le cruce. Sigan diciendo que dios (cualquiera) odia a los que él mismo creó. Sigan diciendo que los terremotos son por culpa del matrimonio igualitario. O que las lluvias se desatan cada vez que dos hombres se besan. Sigan metiendo miedo, que así la gente se lo creerá y seguirá comprando armas para defenderse. Y claro, como aquí en Estados Unidos cualquiera puede comprar un arma semi automática, meter miedo se convierte en algo mucho más peligroso que simplemente asustar a alguien.

¿Y saben por qué? Porque llevamos demasiado tiempo defendiendo lo indefendible, y la verdad es que nadie sabe lo que es lo normal. El día que entendamos que nuestro valor radica precisamente en que somos únicos, especiales e irrepetibles, comprenderemos que la diversidad es un triunfo, y no algo que hay que liquidar con un arma comprada en el pasillo de un supermercado.

Es cosa de tiempo, supongo. Pero ojalá el futuro te pille a ti –a mí, a todos– del lado correcto de la historia.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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