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La Cuba que yo vi

¿Fidel Castro era dictador o presidente de Cuba? El periodista de Univision Galo Arellano recorrió la isla durante 26 días y llegó a la conclusión que aquí describe.
Opinión
Corresponsal de noticias de Univision y director de “Ecuatorianos en el mundo”
2016-11-28T18:24:52-05:00

¿Es correcto llamar a Fidel Castro dictador? ¿Es oportuno decirle presidente? Muchos lo tildan de gobernante, mandatario y revolucionario. Cualquier palabra que use podría literalmente meterlo en problemas, sobre todo si lo dice en el lugar y en la compañía incorrecta.

Antes de confesarles el término que yo escogí para referirme a él, déjenme contarles el porqué de mi selección.

Todo se resume en la Cuba que yo vi, la que sentí, la que exploré en un vetusto taxi casi de punta a punta, desde La Habana pasando por Varadero, Camagüey, hasta Santiago de Cuba. Fueron 26 días que jamás olvidaré.

Era septiembre de 2015, no pude haber llegado en un mejor momento. Se trataba de la primera vez que el papa Francisco visitaba la isla. Tomando en cuenta que desde 1959 y por varias décadas la revolución de Castro restringió la religión, confiscó las propiedades de la Iglesia, persiguió sacerdotes y los internaba al igual que a los homosexuales y detractores en las llamadas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), la presencia del primer y único pontífice latinoamericano era un acontecimiento que demostraba una apertura al cambio.

Caminando por el malecón de la capital conversaba con la gente, no hay mejor manera de conocer la realidad del comunismo que haciendo amigos en el lugar de los hechos y entrando a sus hogares. La mayoría de ellos me dijeron su nombre pero cuando les dije que era periodista acreditado algunos me pidieron que no revelara sus identidades.

Una mesera me comentó que en los años 60 tenía en su hogar de manera clandestina la estampita de un santo que ya no recuerdo cómo se llamaba. Pero lo importante aquí no es la identidad del beato sino el hecho de que si la seguridad castrista la hubiese sorprendido, esta mujer terminaba “internada” en lo que muchos "exinternos" llaman “campos de concentración”.

Con el “ojo cuadrado” al conocer de esta peculiar restricción, seguí preguntando y confirmé varios datos que había leído previamente pero que me resistí a creer: Fidel prohibió por más de 30 años las Navidades, los niños eran adoctrinados en las escuelas y sus padres no tenían el poder de tomar decisiones respecto a su educación. "Era como entregarles nuestros hijos al Estado", me dijo la mesera mientras me atendía en uno de los paladares (restaurantes) que, por cierto, le pertenecen también al gobierno.

Entre varios hoteles que –para variar– el Estado escogió para el hospedaje de la prensa, a mí me tocó el lujoso y legendario Hotel Nacional. Cada vez que caminaba por el barrio Vedado me comenzó a llamar la atención observar a decenas y a veces cientos de personas, en su mayoría jóvenes, sentados en la acera, arrimados a un árbol o acostados en el piso. Eran tantos y todos concentrados en sus celulares de una forma tan singular que parecían encantados y era imposible no darse cuenta que algo ocurría en ese lugar.

"Pipo, ¿me podrías dar la contraseña del güifi?", me dijo un muchacho, casi al oído. Resulta que todos estaban conscientes de que éramos reporteros y como tales, teníamos acceso a la red de internet que el departamento de prensa del Estado había designado para que los periodistas realizaran su trabajo desde diferentes lugares.

Como la mayoría de los cubanos no tienen acceso a internet desde sus casas (sólo lo tienen los militares, médicos y gente del gobierno), todos los días acuden a determinadas esquinas para tratar de robar la señal de cualquier lugar y así es como tienen acceso al mundo exterior. Los que tienen dinero compran una tarjeta que les da acceso por una hora.


Por supuesto que le di al muchacho el "código secreto". Lo hice consciente de que esta filtración pudo haberme costado la cancelación de mi acreditación y quién sabe si la cárcel. Debo mencionar que después de unos minutos otro jóven se me acercó diciendo: "¿Tú eres el que tiene la contraseña?". Ahí sí me hice el loco y aceleré el paso. Supongo que ese password pasó de mano en mano.

Ahora que Fidel ha muerto, me llamó la atención un artículo escrito por el periodista dominicano Amín Cruz. En uno de sus párrafos se lee: “No cualquiera elimina el analfabetismo en un año”, “no cualquiera forma más de 130,000 médicos, garantizando un médico por cada 130 personas, con el mayor índice de médicos per cápita del mundo”.

Las estadísticas quizás sean correctas, pero en la Cuba que yo vi también descubrí otras cifras. Según el Grupo Internacional para la Responsabilidad Social Corporativa, el 20% de la población cubana está desempleada. Y yo conocí en La Habana a una de ellas con nombre y apellido: Tanya Cabrera asegura que junto a su esposo, Pabel, llevan varios años esperando una ayuda del gobierno cubano para aliviar en algo el drama en el que él se encuentra. Con sus piernas atrofiadas, Pabel tiene que arrastrarse hasta el segundo piso de su humilde vivienda para poder descansar.


A pesar de que la atención médica es gratuita para toda la población, esta familia me asegura con lágrimas en los ojos que lleva esperando varios años por una silla de ruedas. “Lo barato sale caro. En vista de que es gratis, es como le dé la gana al médico de atenderte. De hecho, si tú estás ahí con algún problema y llega un extranjero, al extranjero le atienden primero que a ti”.

En efecto, la ecuatoriana Elizabeth Castelli visita la isla constantemente, a veces para curar una dolencia en su cadera. Ella dice que recibe atención de primera y su estilo de vida es muy distinto al de cualquier cubano.

Quienes trabajan cerca de los turistas o quienes tienen familiares en el extranjero pueden acceder a la divisa de mayor valor. El resto vive de su trabajo, que mensualmente les deja unos 30 dólares en el bolsillo.

Carolina Sampértegui es una de las 1,500 doctoras extranjeras que se gradúan cada año en Cuba. Su salario mensual, después de varios años de estudios, es de 60 dólares mensuales. La renta de su departamento es casi tres veces su sueldo. Haga usted la cuenta.

Mi aventura también me llevó a los campos agrícolas en las afueras de Bayamo, en la provincia de Granma. “Aquí lo que hacemos es que chapeamos hierba para llevarla a Holguín”, me cuenta Luis Ricardo, un guajiro que se atrevió a conversar con este reportero. Para un equipo de noticias no es sencillo conseguir el testimonio de los agricultores que labran las tierras de Cuba. Muchos aseguran que han sido perseguidos por tener machetes cuando no se suponía que los tuvieran, peor aún si hablan con la prensa.


Hasta aquí la palabra “revolucionario” ya no estaba en mi lista para referirme a Fidel. Lo que vi en Cuba me llevó a entender que las verdaderas revoluciones, o al menos las que yo aspiro perseguir, son aquellas que reconocen lo que el psicólogo y pensador canadiense Steven Pinker dice: "Que todos los seres humanos tenemos un deseo innato por la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".

El hecho que terminó desechando otros términos fue el darme cuenta de la enorme y agresiva prostitución que existe en Cuba. Si tiene la oportunidad de visitarla, se dará cuenta de inmediato. En una noche, una jinetera puede ganar lo que un profesional obtiene en un mes.

Por otro lado, una administración en donde no hay otro partido político, no hay plebiscito y menos aún elecciones; en donde la sucesión de poder es hereditaria, al igual que las monarquías –en las que tampoco creo–, no se hace acreedora a ser nombrada como “presidencial”. Así, las palabras presidente, gobernante y mandatario tampoco se ajustan a mi moral.

Cuba es una isla de contrastes extremos. Es difícil explicar cómo un país donde, según el gobierno, la esperanza de vida rebasa los 77 años, donde la tasa de analfabetismo es prácticamente nula y donde la salud es gratuita, la realidad en el terreno sea muy distinta a las estadísticas que predica el régimen de los Castro.

Si me quitan a Papá Noel, si me internan por creer en algo, si restringen mi internet, si fomentan en mí la mediocridad con esos salarios tan bajos, si prohíben que labre la tierra cuando a mí me dé la gana, si intentan censurarme, si me obligan a vender mi intimidad por unos centavos, jamás los recordaré como líderes.

Por todo esto que vi, el mejor adjetivo que se ajusta a mi coherencia es llamar al ausente Fidel "dictador".

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