La consigna implícita de los candidatos en México: Vota por mí, olvida mi partido

“En estas elecciones, los partidos representan más un lastre que un activo y sus propios candidatos los debilitan al hacer todo lo posible porque el elector independiente se fije más en su persona que en la institución política que representan”.
Opinión
Director de OCA Reputación
2018-02-21T12:02:39-05:00

El domingo 18 de febrero tomaron protesta Ricardo Anaya, Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade como candidatos de las tres coaliciones que disputarán la presidencia de México en las elecciones de Julio 1. Entre marzo y julio, los candidatos tendrán la difícil tarea de cortejar a los electores indecisos que definirán el resultado de la elección y que en este momento rechazan estas alianzas por temor, hartazgo o por sus contradicciones ideológicas. Eso explica que los tres candidatos se enfoquen en destacar sus atributos personales y proyectos y no su vinculación con los partidos que los postulan.

El caso más claro es el de Meade y su alianza “Todos por México” que es liderada por el Partido Revolucionario Institucional, PRI, que ha dominado a México por casi toda su historia moderna. Como las encuestas de manera consistente muestran a un 40% del electorado decidido a no votar por el PRI, Meade, un exsecretario de Hacienda con perfil de tecnócrata no partidario, se ha concentrado en una estrategia de comunicación con dos componentes: un mensaje conciliatorio más vinculado con un candidato ciudadano que con un golpeador de partido y una oferta constante de ideas sobre los problemas nacionales.

Pero esta estrategia tiene grandes limitaciones: en particular el electorado desea escuchar soluciones para atacar la enorme corrupción que casi la totalidad de mexicanos identifican con el PRI. Muchos de estos no creen que Meade pueda, aunque desee, erradicarla. Si bien en su toma de protesta Meade se comprometió a tener “cero tolerancia” con la corrupción, si no convierte esta lucha en el punto central de su discurso, el votante dudará de su compromiso y el resto de su propuesta sobre salud, lucha contra la pobreza, o reactivación económica, no será escuchada.

Por su parte, la coalición, liderada por López Obrador, un populista de corte izquierdista y nacionalista, está marcada por la desconfianza que generan López Obrador y los cuadros de MORENA, su partido. Para contrarrestar esa desconfianza, el candidato pidió al empresario de Monterrey, Alfonso Romo, quien no está asociado a Morena, que coordinara su propuesta de gobierno “Proyecto 2018” –un compendio muy completo de iniciativas lo suficientemente amplias y vagas como para generar controversia.

Pero la utilidad del Proyecto 2018 no ayuda a mitigar las sospechas del electorado hacia López Obrador, porque no forma parte del discurso cotidiano de su campaña y mucho menos de MORENA. En lugar de hablar de sus propuestas, López Obrador mantiene el discurso de campañas presidenciales pasadas que se enfoca en el ataque a la “mafia del poder” y las prerrogativas de la clase política. De esta forma, la propuesta de gobierno parece sólo un truco para reducir críticas y no un programa del que López Obrador esté convencido.

Las deserciones y la compleja convivencia ideológica entre el izquierdista Partido de la Revolución Democrática y el conservador Partido Acción Nacional o PAN, que conforman la alianza liderada por Anaya, hace inevitable que su campaña se enfoque en su persona. Anaya se ha concentrado en proyectarse como el candidato confiable, valiente, internacional, que plantea un cambio responsable y seguro.

Desde la mitad del espectro electoral, Anaya reta a López Obrador y Meade a que se definan en temas donde considera estar en sintonía con la mayoría del electorado. Hasta el momento, Anaya parece haber cedido el debate a sus oponentes para escoger con cautela el tema y mejor momento para participar en la contienda. Mostrándose enérgico pero prudente, la estrategia de Anaya cumple dos cometidos: dejar que López Obrador y Meade se desgasten y captar el voto de quienes desean un cambio que no ponga en riesgo la estabilidad económica de México ni lleve al poder a un político populista que revierta las reformas del gobierno del presidente Peña Nieto.

Los indecisos están haciendo pagar a los partidos políticos el precio de alianzas antitéticas, liderazgos divisivos y graves errores de gobierno. También han visto a muchos políticos cambiar de bando para alcanzar un puesto electoral a cambio de alabar al candidato que años atrás aborrecían. Si los políticos no tienen lealtad a sus propios partidos, mucho menos la tiene el votante.

Así es como, salvo por el voto duro de sus militantes y su aparato electoral, los partidos en 2018 representan más un lastre que un activo y sus propios candidatos los debilitan al hacer todo lo posible porque el elector independiente se fije más en su persona que en la institución política que representan.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.