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Joel Simon: ¿Quién dice que Sean Penn no es un verdadero periodista?

Joel Simon: ¿Quién dice que Sean Penn no es un verdadero periodista?

Para el autor, el periodismo de celebridades es parte del paquete del derecho de expresión

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Por Joel Simon ( @Joelcpj ), director ejecutivo del Comité para la Protección de los Periodistas ( CPJ ) (*)

La carrera de Sean Penn como periodista no está exenta de logros. A través de los años, Penn ha obtenido entrevistas con el presidente Hugo Chávez de Venezuela y Raúl Castro de Cuba. Se ha enfrentado a gobiernos autoritarios, como en 2015, cuando funcionarios iraníes le confiscaron la cámara mientras realizaba un reportaje para el San Francisco Chronicle en Teherán.

El estilo sibarita de Penn rechaza las reglas del periodismo convencional. Se presenta como si fuera más intrépido y valiente, más independiente y de más recursos que los periodistas en general. Su desprecio por los medios y la función que desempeñan es incluso más pronunciado cuando es él el objeto de escrutinio. En 2010, agredió físicamente a fotógrafos que asediaban su casa de Los Ángeles, un incidente captado en video. Incluso se distanció de los periodistas que trataban de cubrir su trabajo de ayuda social en Haití.

Lo irónico es que el estilo periodístico de Penn es muy similar al periodismo de celebridades que dice menospreciar: su enfoque en famosos, sus preguntas ligeras, su prosa exagerada y la aprobación previa a la publicación. Esta paradoja (para usar una palabra del mismo Penn), se evidencia en su más reciente incursión periodística en México para entrevistar a Joaquín Guzmán Loera, el cabecilla del cartel de Sinaloa, mejor conocido como “El Chapo”.

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Según el recuento de Penn de su encuentro con “El Chapo”, publicado en Rolling Stone, la entrevista se pudo realizar gracias a la intervención de la actriz mexicana Kate del Castillo. Tras protagonizar a la cabecilla de un cartel de narcotraficantes en una telenovela mexicana, del Castillo publicó un mensaje en Twitter exhortando a “El Chapo” a que “trafique con amor” en lugar de drogas. Guzmán respondió enviándole flores a del Castillo a través de un intermediario.

De allí empezaron a escribirse con regularidad. Guzmán quería proponerle a del Castillo que produjera una película basada en su vida. Penn hizo los arreglos para acompañar a del Castillo en un encuentro con Guzmán para hablar sobre la posibilidad de una película. Antes del viaje, Penn se aseguró de que Rolling Stone le comisionara una entrevista con Guzmán, pues veía que la glamorosa actriz podía proporcionarle acceso exclusivo al fugitivo barón de la droga.

La impresionante extensión del reportaje de Penn, de 11,000 palabras, es una mezcla de racionalización política, narración de viaje y clima, y una corta entrevista por video con Guzmán, realizada por ese medio cuando no logró que aceptara una entrevista cara a cara. ¿De qué nos enteramos? De que “El Chapo” es un narcotraficante, no solo un simple agricultor como antes se había dicho. Que los expertos en túneles que ayudaron a escapar a Guzmán de una prisión de alta seguridad recibieron entrenamiento en Alemania. Que algunos de los abogados que visitaron a Guzmán en prisión eran en realidad sus lugartenientes.

Estos nuevos elementos son interesantes, pero no tienen nada de sorprendente. Penn admitió que no se presentó a la entrevista con Guzmán preparado a hacerle preguntas difíciles. Ni siquiera tenía un bolígrafo. No habla español. Pasó siete horas con Guzmán, pero no nos dijo mucho de lo que hablaron. En una corta entrevista de seguimiento, captada en video, se ve claramente que Guzmán lleva la batuta, y sus respuestas a preguntas triviales son mayormente insulsas.

“Esta es la versión de la historia autorizada por “El Chapo”, dijo Lydia Cacho, que está considerada entre los principales periodistas de investigación en México y ha escrito reportajes y libros sobre la corrupción y complicidad entre el gobierno y el mundo criminal. “Ningún periodista que se respete negociaría una entrevista como ésta; ciertamente nadie de nosotros que ha arriesgado su vida en México”, me dijo.
México es uno de los países más peligrosos en el mundo para la prensa, donde más de 50 periodistas han sido asesinados o han desaparecido en los últimos ocho años.

Los carteles de la droga usan la violencia y la intimidación para controlar la mayor parte de lo que se publica o no en extensas regiones del país. Quienes desafían el sistema de manejo de información de los carteles arriesgan su vida.

“He tenido muchas oportunidades para entrevistar a los grandes capos, su gente me ha buscado”, agregó Cacho. “No acepté, no solo porque dudo de que tales entrevistas sean periodísticamente pertinentes, sino porque han matado a muchos colegas, porque han arrojado bombas en periódicos donde he publicado. Sé de primera mano que su crueldad ha causado enorme sufrimiento en mi país y una entrevista de tal naturaleza implica un acuerdo táctico con mafiosos que mi ética me impide aceptar”.

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Otros importantes periodistas mexicanos con los que consulté comparten la opinión de Cacho, pero defienden firmemente el derecho de Penn a reunirse con El Chapo y para expresar sus ideas. “No considero que Sean Penn sea periodista, lo considero un excelente actor”, dijo Adela Navarro, la valiente editora de Zeta, un semanario en Tijuana que ha sufrido el asesinato de varios de sus reporteros por narcotraficantes. “Sin el contexto de las calles, sin ser periodista en nuestro país, Penn se limita a hacerle preguntas personales a ‘El Chapo’ que no tienen valor periodístico ni son de interés para la mayoría de los mexicanos. Queremos saber a quién le pagó para que lo dejaran escapar, quién en el gobierno y qué grandes corporaciones lo ayudan a lavar dinero, cuánta gente ha mandado matar; preguntas así”.

“Si Sean Penn fuera periodista, la primera pregunta que le habría hecho a ‘El Chapo’ habría sido: ‘¿A cuántos periodistas mexicanos mandó matar?’”, dijo Alejandro Páez Varela, editor de la página de investigación Sin Embargo.

Yo veo este tema desde una perspectiva diferente. Si bien me habría gustado que Penn se hubiera identificado más con los reporteros mexicanos que tanto han sufrido al cubrir el narcotráfico y la red de corrupción que lo protege, no tengo duda alguna de que estuvo en México en calidad de periodista. Después de todo, tenía un encargo de Rolling Stone y la intención de su estadía era obtener información que deseaba diseminar al público. Al exponer ejemplos de complicidad casual, como los soldados de los controles de carretera que dejaban pasar a los hombres de “El Chapo”, el reportaje de Penn ayudó a contradecir la narrativa oficial en México.

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Pero al final, lo que Penn produjo no fue una entrevista, y ciertamente no se trata de periodismo de investigación. Su trabajo se asemeja mucho a otro género periodístico: el perfil de celebridades. El reportaje de Penn es un ejemplo de creación de mitos que mayormente permite que “El Chapo” cuente su propia historia.

Irónicamente, la arrogancia, tanto de Penn como de su entrevistado, parece haber llevado a las autoridades mexicanas a la puerta del “El Chapo”. Las fotos de vigilancia publicadas en el periódico El Universal de la Ciudad de México, muestran que la inteligencia mexicana estaba siguiendo a Penn y del Castillo desde el momento en que aterrizaron en México desde Los Ángeles.

Además de revelar el escondite de “El Chapo”, Penn también cometió otro pecado periodístico: confundir el riesgo que tomó para reportar la historia con el valor de la información que obtuvo. Obviamente, se requieren agallas para viajar a México y conseguir una entrevista con “El Chapo”. También se requiere valor para plantar una cámara en la cara de Sean Penn. Si bien ninguno produce información importante, el periodismo de celebridades es parte del paquete del derecho de expresión. Si las autoridades mexicanas tratan de acusar a Penn, algo que han amenazado hacer, yo seré el primero en defenderlo.

(*) Columnista de Columbia Journalism Review ( CJR). Su libro The New Censorship: Inside the Global Battle for Media Freedom, fue publicado por Columbia University Press en noviembre 2014. Esta columna apareció originalmente en inglés, en Columbia Journalism Review.

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Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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