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¿Viralizar el horror?

“En la confusión informativa que suele producirse tras un atentado de alto perfil no es fácil dirimir qué es información y qué una contribución a la propaganda de tal o cual agrupación, pero la lección ética que muchos medios están aprendiendo es que la comunicación de esos actos debe, por lo menos, respetar la dignidad de las víctimas y de sus familiares, y condenar el amarillismo en todas sus formas”.
Opinión
Periodista independiente, autora de “Todo lo que necesitas saber sobre terrorismo”, de reciente publicación en Argentina y México. Vive en Buenos Aires.
2016-07-15T17:25:48-04:00


A poco de conocerse la noticia de que un camión había embestido a por lo menos 30 personas en Niza durante las celebraciones del Día de la Bastilla (el saldo ahora es de 84 muertos y podría aumentar), recomendé en mi cuenta de Twitter no difundir imágenes explícitas de las víctimas para evitar nutrir el círculo vicioso terrorista. El tuit fue compartido más de 700 veces, pero recibió decenas de observaciones que suelen aparecer cada vez que se producen situaciones de violencia masiva, entre ellas, que es imprescindible ver los cuerpos y la sangre para tomar conciencia de la envergadura de lo ocurrido. También recibí mensajes en los que se argumentaba que evitar la difusión de esas imágenes equivalía a “tapar el sol con la mano”, y otros en los que se me cuestionaba (e insultaba) por no haberme opuesto a la difusión de la fotografía de Alan Kurdi, el bebé sirio arrojado a las costas del Mediterráneo turco en septiembre de 2015, o a la de los niños asesinados por un misil israelí en una playa de Gaza en julio 2014, que ganó al año siguiente un premio World Press Photo.

Más allá de que Twitter no sea precisamente una plataforma que tenga el potencial de favorecer discusiones productivas, el problema de la mayoría de esos cuestionamientos es que confundía el componente propagandístico del terrorismo con la ética periodística y la labor fotoperiodística.

Los actos terroristas son, por definición, actos criminales con una dosis imprescindible de propaganda. Tal ha sido la importancia que las agrupaciones que adoptan el terror como estrategia han dado históricamente a la difusión masiva de sus atentados, que a fines de los años 1970 el semiólogo italiano Umberto Eco señaló que “si no hubiera medios masivos, no se producirían esos actos destinados a ser noticia”. Un ejemplo notable de la época fue el del venezolano Carlos “El Chacal”, que en diciembre de 1975 se negó a abandonar la sede austríaca de la OPEP con sus numerosos rehenes hasta que llegaran las cámaras de televisión. Otro ejemplo, más cercano a nuestro tiempo, fue el atentado de Al Qaeda en Nueva York en septiembre de 2001, cometido tan temprano que garantizó largas horas de luz natural para el aire televisivo.

Por razones así los medios han sido criticados por contribuir al estado de ansiedad que el terrorismo quiere provocar, y además han sido acusados de:


  1. proporcionar una plataforma de comunicación a los terroristas;
  2. restar eficacia a las acciones policiales;
  3. promover un “efecto de contagio”, por el que los actos vistos en la pantalla podrían ser imitados por otros;
  4. presionar a las autoridades a cumplir con las demandas de los terroristas;
  5. reforzar el sentido de poder de los terroristas;
  6. proporcionarles información valiosa;
  7. explotar el efecto sensacionalista del terrorismo, y
  8. magnificar desproporcionadamente su poder destructor.

En la confusión informativa que suele producirse tras un atentado de alto perfil no es fácil dirimir qué es información y qué una contribución a la propaganda de tal o cual agrupación, pero la lección ética que muchos medios están aprendiendo es que la comunicación de esos actos debe, por lo menos, respetar la dignidad de las víctimas y de sus familiares, y condenar el amarillismo en todas sus formas. El argumento de que es preciso ver ríos de sangre para tomar conciencia la magnitud de los eventos es de hecho abono para agrupaciones como ISIS, que comprenden muy bien la relación morbosa de la sociedad global con la espectacularidad de la violencia, y por eso distribuyen matanzas en alta definición y formato viralizable que no solo consumen sus potenciales reclutas.

Por último, es falaz hacer una equivalencia entre el fotoperiodismo de conflictos y la viralización de un video filmado por un transeúnte que muestra cómo decenas de personas son embestidas en Niza. El fotoperiodismo serio documenta y condena las imágenes insoportables que plasma. La viralización de un video desgarrador tomado por un anónimo y compartido impune y rápidamente, sin chequeo y sin un marco ético alguno, no es una condena ni una denuncia; solo un acto reflejo de reproducción y un regalo para cualquiera que quiera glorificar ese reguero de muertes.

No compartir imágenes explícitas de una matanza terrorista no terminará con el terrorismo. Pero como ciudadanos del mundo es el mínimo esfuerzo que podemos hacer por coartar su propaganda y respetar la dignidad de esas víctimas que podríamos ser nosotros, que podría ser cualquiera.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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