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El odio no pasará: carta a quien se opone en México al matrimonio igualitario

“Lo aprendí de la religión y de un precepto fundamental de fe que establece que debemos amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos”.
Opinión
Académico y periodista independiente
2016-09-13T06:56:34-04:00

Usted, un adulto con pleno de uso de sus libertades políticas, decide salir a las calles para manifestarse en contra de lo que considera es una abominación porque, de acuerdo con sus creencias personales y religiosas, es totalmente inmoral que dos personas del mismo sexo contraigan matrimonio y mucho más lo es el que estas piensen en adoptar, pues eso sería la cúspide del mal que está carcomiendo nuestra sociedad y la conciencia de los niños.

Usted, un creyente fervoroso de sus ideas, considera que no hay ningún argumento que esté por encima de sus razones porque los preceptos, sus preceptos, religiosos deben respetarse porque quien va en contra de ellos merece su total desprecio; sin embargo, en su derecho a la libre expresión y manifestación de sus ideas, olvida algo que es extremadamente importante: los derechos humanos no se negocian porque no estamos hablando de pecados sino de libertades que están más allá de una condición religiosa.

Sé que me dirá, pese al anterior punto, que Usted es libre de salir a la calle a manifestar sus ideas y, en efecto, tiene la libertad de apropiarse del espacio público, el cual es un espacio social de todos, no solo de Usted; la gran diferencia estriba en que nuestra presencia en el espacio público-político debiera estar encaminada al respeto, promoción y ampliación de todo derecho humano, pero no a su restricción.

Los derechos humanos, que son igualmente suyos, son garantías que están encaminadas a que todos –incluido Usted– podamos vivir una vida plena donde no quepa el menor menoscabo a nuestra identidad y dignidad. Los derechos humanos, por si no lo sabe o quizá lo obvia, están ahí para restituir esas libertades que otros –por ejemplo, Usted que decidió marchar en México en contra de la diversidad sexual– han querido quitar a otras personas porque consideran que estas, al salirse de la norma social o el mandato religioso, no deberían tener derecho a casarse, adoptar, tener una familia o vivir sin discriminación.

Sé que igualmente me dirá que esto lo hace por los niños, porque nadie, mucho menos la educación de un “Estado laico”, tiene derecho a enseñarles que la sexualidad es diversa y que en alud a esta libertad de decidir pueden existir diversos modelos familiares y múltiples formas de amor cuyo único límite son las condicionantes sociales y jurídicas que en muchos países, no en México donde la Suprema Corte de Justicia ya ha declarado el respeto irrestricto al matrimonio igualitario, no permiten que dos personas del mismo sexo contraigan matrimonio civil y muchos menos que puedan acceder a un proceso de adopción para incrementar lo que desde su unión es ya un núcleo familiar. Es por los niños, me dirá.

¿Y si a esos niños que llevó a la calle haciéndoles creer que todo esto era por la familia les enseñara a abrazar toda diversidad? ¿Qué pasaría si, tan solo por un momento, se detuviera a pensar que ellos, sus niños, tienen derecho a la libre manifestación de sus ideas y, por tanto, ellos podrían decirle si están o no de acuerdo con que utilicen su “indefensión y nombre” para minimizar y restringir los derechos humanos de otras personas? ¿Qué hubiese pasado si su campaña dirigida a “no meterse con sus hijos” la hubiese enfocado a “no meterse con los derechos de otros”? Piénselo un momento, tan solo un instante.

En la historia de la humanidad podemos repasar tres distintas maneras de acercarnos a lo que consideramos distinto: la primera, es incrementar el odio y provocar una guerra para exterminar a quienes no son como nosotros; la segunda, es generar barreras para que por ningún motivo podamos mezclarnos con los diferentes, y la tercera, implica abrir un diálogo para mirar qué de nosotros encontramos en ellos y viceversa: es un encuentro.

Las marchas multitudinarias que se llevaron a cabo en México durante el 10 de septiembre para manifestar su rechazo al matrimonio igualitario y la educación sexual en la educación básica son la prueba de que en nuestro país no hemos abierto todas las puertas al entendimiento y la comprensión, ya que, en la convulsa realidad en que vivimos, donde la violencia nos azota día a día en lugar de tender puentes, creamos barreras y provocamos tensiones innecesarias cuando lo que debiéramos construir es paz y amor.

Lo anterior, mi estimado asistente a la marcha por la familia, lo aprendí de la religión y de un precepto fundamental de fe que establece que debemos amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. El odio que promueven sus acciones no pasará porque los derechos humanos no son negociables ni pueden reducirse a una visión de pecados; pensar en esto debería ser fundamental en la enseñanza que, Usted y yo, tenemos la obligación de dar a las nuevas generaciones; porque en un presente y futuro estas podrían pensar que los derechos humanos no son para todos y que está bien promover el odio porque los únicos sujetos de derechos son quienes marcharon junto a Ustedes.

Si Usted de verdad quiere defender a su familia, enséñele a amar y abrazar toda diversidad porque así estaremos más próximos a generar una comunidad y un espacio donde todos, no solo Usted o los suyos, podamos vivir con dignidad. Todos, absolutamente todos.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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