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El miedo sí anda en burro…

“Este momento mundial se parece tanto al de la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial que a mí, al menos, sí me aterra. Me da pánico el discurso atrás del Brexit, me horroriza pensar que somos etiquetados en Estados Unidos como criminales solo por ser latinos”.
Opinión
Escritor, profesor en Tufts University. Su última novela, “No me dejen morir así”, es sobre Pancho Villa.
2016-07-24T09:21:44-04:00

Hitler necesitó, para llegar a convencer, de su ministro de propaganda, Joseph Goebells. Donald Trump tiene ya a la sociedad del espectáculo entera como plataforma; solo parece necesitarse a sí mismo para ganar adeptos entre quienes se sienten olvidados por el sistema político norteamericano y ofendidos por los migrantes, los diferentes, lo extranjero. Esa plataforma parece haber sido creada para alguien como él, producto de la televisión y los reality shows. La genialidad del magnate consiste en crear el problema a través de las palabras, provocar miedo –o franco pánico en sus posibles electores– y venderse a ese público como la única solución posible. A quienes lo escuchan parece olvidárseles que es el propio Trump quien ha diagnosticado el mal y se ofrece como curandero y salvador. Parece olvidárseles, también, de qué madera parece estar hecho el candidato republicano: de la blanda consistencia de la mentira que amolda a su beneficio. No importa si explota inmigrantes para hacer sus hoteles o limpiarlos y luego amenaza con deportarlos. No importa si funda una universidad y defrauda a sus alumnos o incluso plagia los materiales didácticos, no importa si su esposa Melania también plagia a Michelle Obama rampantemente. En la historia reciente no conocemos un caso en el que un candidato, sin importar sus errores o engaños, pueda decir con cinismo que él podría disparar a alguien en la Quinta Avenida sin perder un voto.

Viktor Kemplerer estudió el lenguaje del Tercer Reich y cómo el nacional socialismo utilizaba las palabras para provocar, por un lado, rechazo; pero sobre todo miedo al vecino distinto (judío, gitano, homosexual), acusándolo de todos los males propios. Nosotros, los latinos –ejemplificados por los que Alan Reading llamó Vecinos Distantes, los mexicanos– somos uno de los principales grupos marcados por ese rechazo en el discurso de Trump, al llamarnos violadores y drogadictos. Pero también, claro está, los musulmanes a quienes identifica solo con ISIS o el terrorismo. En su discurso Trump también genera miedo a partir de la generalización y la simplificación, como hacía Hitler. Todos los mexicanos –y latinos– son asesinos y violadores, y hay que construir un muro para que ya no crucen la frontera; todos los musulmanes son terroristas y hay que asesinar a sus familias para que no vengan a atacar el país.

La crisis de 2008 aún tiene poderosas secuelas en la psicología del norteamericano que perdió su casa o su coche o su trabajo y no ha podido reponerse. Los partidos tradicionales se olvidan de esa clase blanca trabajadora pauperizada o francamente olvidada y Trump ha sabido endulzarles el oído con la promesa de que si se deshacen de esos malos vecinos y no dejan entrar más escoria América será nuevamente grande. Otra mentira. ¿Qué ha hecho grande a este país? La diversidad y la migración constante de los cinco continentes. El sueño de trabajar para un mejor porvenir, el país de las segundas oportunidades para todos.

Hay que romper con China, romper con México, romper con Japón. Trump afirma que Estados Unidos pierde contra esos países billones de dólares. Otra mentira. La balanza comercial con ellos significa, simplemente, que este país importa más de lo que exporta. Simple economía de preparatoria. Pero eso no importa, lo que importa es anunciar que obligará a Apple a hacer sus productos aquí, que construirá un muro “hermoso”, que deportará a decenas de millones de inmigrantes, que entrará en guerra contra los países terroristas.

Donald Trump ha construido su discurso racista y xenófobo produciendo miedo, como sus antecesores fascistas en el mundo. ¿Y a nosotros no nos da miedo él? ¿Cómo es posible que lo sigan personas educadas, democráticas, solo porque supuestamente es auténtico y dice lo que le sale del alma, porque no es un político tradicional? ¿De qué tamaño tiene que ser el hartazgo de la política y los políticos para no ver dentro de su discurso la mentira, el engaño o el cinismo? ¿No nos da miedo entrar en guerra con el mundo? ¿No nos genera pánico aislar a los Estados Unidos de la economía global que lo sostiene? ¿No nos causa terror pensar en los millones de personas que pasarán por campos de concentración aquí adentro para luego ser deportados y en lugares estratégicos de Medio Oriente, según él también ha dicho, antes de quizá ser admitidos? Ellis Island en alguna época significó la esperanza, pero también el horror. ¿No aprendemos de la historia y queremos repetir lo ocurrido, a pesar de su destrucción?

Este momento mundial se parece tanto al de la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial que a mí, al menos, sí me aterra. Me da pánico el discurso atrás del Brexit, me horroriza pensar que somos etiquetados en Estados Unidos como criminales solo por ser latinos. Un amigo, que tiene quince años viviendo en California por primera vez fue atacado con su hijo en un supermercado. Al escucharlos hablar en español se les acercó un hombre diciéndoles: “Váyanse de regreso a su país de mierda” (en inglés, claro). Mi amigo le dijo, orgulloso, en su idioma: “Yo como usted, también soy americano”. Otros, que tanto hacen por la economía de este lugar no tienen el lujo de una Green card o de la ciudadanía. Pero son seres humanos, no animales. No son criminales. No son drogadictos. Se levantan todas las mañanas a dar lo mejor de ellos para el país y para sus familias. En lugar de tenerles miedo deberíamos agradecerles, como ellos también están agradecidos con este país en el que buscan volver a ser. E incluso, muchas veces, ser por vez primera. Votar por Trump, eso sí que me causa miedo. Y el miedo, señores, en estos momentos sí parece andar en burro.


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