Cuidado con la falsa narrativa de una guerra de religión

Igual que para miembros de la extrema derecha, inherente a la visión estratégica de ISIS es la creencia de que los musulmanes son figuras unidimensionales y reclutas potenciales.
3 Ago 2016 – 12:01 PM EDT

El 26 de julio, menos de dos semanas después del atentado de Niza, dos hombres entraron en una iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray, mataron al sacerdote residente, Jacques Hamel, de 85 años y tomaron como rehenes a cinco personas, hiriendo a una gravemente. Poco después, una agencia de noticias vinculada con ISIS declaró que esos hombres eran sus “soldados”. Citando a una “fuente de seguridad”, la agencia noticiera Amaq alegaba que: “Los perpetradores del ataque contra la iglesia en Normandía son soldados del Estado Islámico que han realizado el ataque en respuesta a llamamientos a fijar como objetivo a los países de la coalición de Cruzados”.

La respuesta oficial del gobierno francés ha sido reiterar el papel que desempeña en luchar contra ISIS militarmente y a la vez declarar que este tipo de ataque busca amenazar la cohesión de la sociedad francesa. Hablando a reporteros, el presidente de Francia, François Hollande, manifestó que: "Daesh nos ha declarado la guerra. Tenemos que ganar esa guerra”. La pregunta que parece estar circulando por toda Europa es, ¿qué clase de guerra?

¿Una guerra de religión?

El ataque contra una iglesia, por parte de individuos que dicen apoyar un llamado yihadista global, ha motivado a ciertas figuras a preguntarse si Francia y Europa están presenciando un retorno a una Guerra de Religiones. El fundamento de esta narrativa se puede encontrar en la retórica divisiva y reduccionista de líderes como Marion Maréchal-Le Pen, parlamentaria de extrema derecha del partido Frente Nacional y sobrina de Marine Le Pen, presidenta del partido, y quien mantiene que Francia se encuentra en medio de una 'guerra de identidad’ . Tales creencias dibujan un agobiante paralelismo con la propaganda de ISIS que busca retratar un enfrentamiento inevitable entre las civilizaciones y la necesidad de una yihad (guerra santa), global para defender la “civilización musulmana”.

Desde 1562 hasta 1598, católicos y protestantes lucharon entre sí en Francia en lo que se conoce como las Guerras de Religión. El evocar un capítulo tan oscuro de la historia del país minimiza la violencia y las amenazas que Francia enfrenta haciendo de ellas un simple producto secundario de una colisión de culturas y religiones. En una visita a la Universidad de Cambridge, en febrero de 2013, Marine Le Pen sostuvo que las “dos ideologías totalitarias del siglo XX fueron el fascismo y el comunismo”. La presidenta del Frente Nacional también manifestó que “el islam y la globalización eran las dos ideologías totalitarias del siglo XXI” Tal declaración intenta no sólo representar a los musulmanes como personas externas y apartadas pero también como adherentes a un amenazante sistema de creencias y a una civilización rival.

A diferencia de lo que fue en el siglo XVI, Francia ahora es un país secular fundamentado en la promesa inclusiva del cosmopolitismo. Los ciudadanos franceses no se identifican ni interactúan entre sí simplemente a base de sus creencias religiosas o la falta de ellas. La caracterización de los ataques terroristas en Francia como consecuencias de las guerras de religión o de identidad, socava este espíritu de inclusión, y sugiere que Francia no es un estado multidimensional sino que está dividido según líneas sectarias; particularmente entre los musulmanes presentes en Francia y los del resto del país. Por lo tanto, esta peligrosa lógica degrada a individuos y comunidades teniendo creencias o trayectorias musulmanas, convirtiéndolos en un subconjunto único de la sociedad que serían marcados principalmente, o tal vez únicamente, por su religión o patrimonio cultural.

Atrapados entre el fuego cruzado

Consecuentemente, en Europa, donde un número considerable de la ciudadanía es musulmana, la frecuencia de los ataques ha desencadenado un debate sobre el papel que se debería desempeñar en esta “guerra”. Por ejemplo, el intelectual francés Jean-François Bouthors les ha instado a los ciudadanos musulmanes a disociarse del islamismo.

La expectativa de que los musulmanes europeos condenen el terrorismo, repudien el islamismo, o la suposición de que tengan algún papel en particular que desempeñar para frustrar ataques provenientes de grupos como ISIS, no sólo supone que millones de personas comunes en Europa estarían vinculadas de alguna manera con redes terroristas y familiarizadas con sus maquinaciones sino que también, a diferencia de los demás miembros de la sociedad, podrían ser identificadas estrictamente por su religión de origen o de opción. Esta visión estrecha, particularmente en el caso de un estado secular tal como Francia, suscita preguntas urgentes en cuanto a la manera en que hoy se define y se valora a la ciudadanía.

El marco de una Guerra de Religiones también supone erróneamente que las víctimas de los ataques terroristas dentro y fuera de Francia simplemente no son musulmanas. Entre la muchedumbre celebrando el Día Nacional del Catorce de Julio en Francia había musulmanes, cristianos, judíos, hindúes, sijes, ateos y miembros de todo el diversificado entramado social de Niza. Sólo un fragmento de estas víctimas, sin embargo, estaban bajo sospecha de tener ‘información interna‘ sobre los ataques e indirectamente figurados como cómplices en la matanza. Es más, por el mundo entero, habitantes de países con mayoría musulmana, tales como Irak, Siria, Turquía y Paquistán, sufren el mayor número de ataques y víctimas provenientes de organizaciones como ISIS. La perspectiva limitada de un enfrentamiento de identidades y religiones no toma en cuenta estas pérdidas, y al ignorar el sufrimiento y las pérdidas de los musulmanes en manos de grupos terroristas, desvalora sus vidas y sus muertes.

Convirtiendo la retórica en política de Estado

Cualquier guerra requiere de un ejército y quienes están convencidos de la existencia de una Guerra de Religiones miran y representan de manera errónea a los musulmanes—dondequiera que sea en el mundo—como si fueran soldados potenciales y no conciudadanos. La retórica utilizada por ISIS y sus afiliados ha instado de manera unilateral a más mil millones de musulmanes alrededor del mundo a abandonar sus hogares, a sumarse a su ‘Califato’, a reunirse en sus ‘territorios’ tanto en Irak como en Siria, y a forjar ese ejército. Estas demandas estrafalarias han sido utilizadas por los líderes de la extrema derecha, tales como el senador conservador francés Jean-Louis Masson, para promover políticas que perfilan a los ciudadanos musulmanes, tales como el movimiento para dar prioridad a la vigilancia sobre los ciudadanos musulmanes o la propuesta de Les Républicains (Partido Conservador Francés) para permitir el encarcelamiento preventivo de personas sospechosas de actos de terrorismo . Estas tendencias preocupantes sugieren que la retórica inflamatoria conlleva el riesgo de materializarse en política de estado.

Por consiguiente, estas políticas discriminatorias caben dentro de la estrategia clave de ISIS de catalizar la exclusión de los musulmanes de las sociedades occidentales bajo la creencia de que tales acciones incrementarían la habilidad del grupo de atraer más reclutas. Sencillamente, un impulsor clave tras la matanza que arrasa por toda Europa es la paulatina erosión de los complejos sistemas de cosmopolitismo y el desmoronamiento de la inclusión. Igual que para miembros de la extrema derecha, inherente a la visión estratégica de ISIS es la creencia de que los musulmanes son figuras unidimensionales y reclutas potenciales. No obstante, las voces de la extrema derecha, promoviendo las políticas y la retórica de exclusión, no son meramente pelanas en el juego de ISIS; también expresan aterradoras aspiraciones de forjar estados homogéneos. Marion Maréchal-Le Pen, en una reciente entrevista, manifestó que “ las culturas extranjeras están bien con tal de que se queden en el exterior”.

No existe ninguna guerra de religión

Hay una deficiencia clave en la lógica detrás del concepto de la Guerra de Religiones: la identidad religiosa no es el único marcador de la participación de un individuo en la sociedad y el Estado. La perspectiva unidimensional sobre los individuos, no como conciudadanos con identidades, preferencias y creencias multifacéticas y complejas, sino apenas como miembros de una comunidad religiosa monolítica, potencialmente podría estremecer los cimientos de las sociedades pluralistas.

No existe ninguna guerra de religión. Hay, sin embargo, un intento por parte de diferentes actores con diferentes motivos —sea para avanzar políticas xenofóbicas, o para desestabilizar países— destinado a excluir a las minorías en Francia y el resto de Europa, fracturar el entramado progresista y cosmopolita de estas sociedades, y servir para reducir con etiquetas malintencionadas a las personas y las identidades complejas. Es un discurso ignorante y lleno de odio que tiene verdaderas consecuencias para la política de Estado, especialmente en cuanto a la inmigración, la seguridad nacional y las libertades civiles. Es absolutamente necesario para la supervivencia del pluralismo retar esta falsa narrativa, revelar sus venenosas raíces y su lógica engañosa, y rechazar su insidiosa meta de división y exclusión.

Fadi Nicholas Nassar es becario doctoral del Centro de Políticas de Seguridad de Ginebra (Suiza). Nadim Abillama es analista político.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.


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