Medio Ambiente

La rabia de Chiloé, la isla que no quiere ser el “basurero” de Chile

En medio de la crisis medioambiental más grande de su historia, Chiloé, la mayor isla de Chile, acusa a la industria salmonera de haber “matado el mar”. Tras deponer 17 días de bloqueo, hoy hay rabia contra el Estado, y la sensación de ser haberse convertido en el “basurero de Chile”.
1 Jun 2016 – 6:13 PM EDT

Los recolectores de Mar Brava, una pequeña localidad costera al norte de la isla chilena de Chiloé, estaban contentos. Acababan de recibir el permiso para extraer machas del mar luego de cinco años de veda, y el pueblo, formado por unos trescientos mariscadores, estaba de fiesta. Las machas daban un ingreso mayor que las algas y los moluscos de las que estaban viviendo, pero sólo alcanzaron a entrar al mar a buscarlas dos semanas. Luego ya no hizo falta hacerlo. Una mañana de fines de abril, llegaron solas hasta la arena. Cinco kilómetros, millones de ellas. Todas muertas.

Ya había pasado dos semanas antes, al centro de la isla, cuando 300 toneladas de sardinas vararon en la localidad de Queule, y el gobierno decretó zona de riesgo sanitario. Luego vendrían, en distintos puntos, más varazones: piures, picorocos, cangrejos, lobos marinos y patos muertos. Pero esas millones de machas, que volvieron la playa de color blanco, fueron las que hicieron que en Chiloé se empezara a decir lo que hoy repiten todos: que el mar se murió.



En un restaurante, Vela Molina, una recolectora de 58 años, habla del tema y se tapa la cara mientras llora. La noche anterior ha visto una película de Egipto, en la que un río se convirtió en sangre y mató todos los peces. “¿Qué vamos a hacer? Somos todos pobres, vivimos al día. Ahora la gente se levanta en las mañanas a mirar el mar, pero no queda nada”, dice. “Es culpa de las salmoneras. Nosotros vimos cómo tiraban sus salmones al mar, los vimos…”.

Luego de la mayor expresión de marea roja de su historia, que generó una movilización de pescadores que mantuvo la isla bloqueada 17 días, en Chiloé hay rabia. La mayoría apunta a la industria salmonera, a quienes acusan de acumular toneladas de nutrientes y antibióticos en el mar, en 70 centros de cultivo, favoreciendo la aparición de la marea roja. Y sobre todo del vertimiento, a mediados de marzo, de cinco mil toneladas de salmones descompuestos.

El Servicio Nacional de Acuicultura y Pesca (Sernapesca) autorizó la descarga, a una distancia de 75 millas de la costa, pero en la isla desconfían de que se haya respetado esa distancia. Para lograr frenar las movilizaciones, además de un bono de unos mil dólares por pescador, el gobierno anunció la creación de una comisión científica para investigar los efectos del evento contaminante, pero en la isla desconfían de su independencia. Básicamente, desconfían de Chile.

Durante los 17 días que duró la paralización, las manifestaciones juntaron a miles de personas en varias localidades. En las marchas, la canción más frecuente decía “Ya no hay pescado, porque el gobierno y las salmoneras lo han matado”. Las barricadas, construidas con autos carbonizados, neumáticos en llamas y barcazas viejas, impidieron que la industria siguiera funcionando.



En una de ellas, en Ancud, el soldador Jorge Aguilé, de 57 años, resumía buena parte del sentimiento de la isla. “Yo ya no me siento chileno”, decía, con los ojos inyectados. “¿Qué le va a dejar esta gente a sus hijos? ¿Qué sacamos con un puente de miles de millones para que la gente se muera de hambre?”.

Pese a que los pescadores terminaron su movilización, en los chilotes persiste un deseo de reivindicación. Es común escucharlos decir que son “el basurero de Chile”. Muchos dicen, también, ya no son chilenos.

Las demandas por una universidad y un hospital de alta complejidad, que vienen desde hace una década –hoy los jóvenes abandonan la isla para estudiar, y los enfermos graves son trasladados a Puerto Montt, en un viaje que a veces resulta fatal–, no han encontrado eco frente a la prioridad del país: la construcción, sobre el Canal de Chacao, de un puente de US$ 520 millones, que unirá la isla al continente en 2019.

El proyecto ha sido promocionado por varios gobiernos como la obra capital para mejorar la vida de los chilotes, pero la mayoría de los isleños no están de acuerdo. Según un estudio realizado el año pasado, el 86% cree que ese dinero debería ser ocupado en cosas más importantes. En primer lugar, en un hospital.



Juan Carlos Viveros, un ingeniero comercial de 42 años, lidera Defendamos Chiloé, un colectivo de profesionales que están canalizando el malestar general hacia demandas concretas, y en particular en oposición al puente. Lo ven como la puerta de entrada, explica, a la depredación final de la isla, y apunta que hoy hay 310 concesiones mineras adjudicadas, aunque sólo seis activas.

La pelea que están dando es para que la isla gire hacia un modelo sustentable, en el que tal vez las salmoneras, de no mejorar sus estándares ambientales, no tendrían cabida. Pero sabe que no es fácil: hoy casi 40 mil chilotes viven, directa o indirectamente, de esa industria, que el año pasado produjo 189 mil toneladas. “Esto es un terremoto socioambiental y económico”, dice Viveros. “Y el puente aparece como la extensión de una pala mecánica que va a devastar los recursos de la Patagonia”.

La principal demanda chilota, en medio de la crisis, es un hospital de alta complejidad. El más completo de la isla, el Hospital de Castro, sólo llega a mediana. Gonzalo Pérez, doctor internista, de 48 años, cuenta lo que les falta: un 40% más de camas, una unidad de diálisis para la UCI, unidades coronaria y oncológica. Todos los años, dice, algunos pacientes mueren en el traslado a Puerto Montt, que dura cuatro horas, porque no los pueden tratar con lo que allí tienen. Los habitantes de las otras cuarenta islas del archipiélago de Chiloé pueden tardar semanas en llegar.

Actualmente, hay dos demandas en curso en contra de las salmoneras, Sernapesca y la Armada. Una interpuesta por la alcaldesa del Municipio de Ancud, y otra en nombre de los indígenas lafkenches de la isla. También se presentó una denuncia ante la ONU por genocidio cultural, y las propias salmoneras presentaron una querella contra el Estado, por permitir que los pescadores bloquearan la isla, generándoles pérdidas económicas.

Mientras tanto, en las calles y pescaderías de la isla, muchos hablan del “desprecio de Chile”, y creen encontrar motivos en una razón histórica, de hace dos siglos. Cuando los isleños, en las guerras de independencia, pelearon del lado de la corona española, y se transformaron en el último reducto de la Colonia en el continente.

Luego de eso, piensan muchos chilotes, el país nunca les perdonó esa afrenta. Ni ellos la van a perdonar ahora. No, al menos, mientras el mar del que viven continúe muerto.


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