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Uno no deja de sentirse pobre aunque gane buena plata

Vivir en la pobreza genera profundas cicatrices psicológicas.
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18 Sep 2016 – 12:33 PM EDT

Desde el primer día en mi primer trabajo como recogedor de carritos en Wal-Mart, pasé años viviendo de quincena en quincena. Estuve cerca del umbral de la pobreza, esperando sobrevivir para pagar la renta del siguiente mes. En ese momento se sentía normal. Fue cuando empecé a ganar más dinero que me di cuenta de las cicatrices psicológicas que me había dejado vivir en la pobreza.

Ser pobre no es solo una cifra en un balance de contabilidad. Es un estado mental. Durante años sentí que no valía nada por ser pobre; y como no valía nada, no pensaba que mereciera que me pagaran más. Toda esa culpa, vergüenza y temor me han impedido a mí (y a muchos otros que siguen pasando trabajos) buscar algo mejor. Fue un ciclo interminable de autodestrucción. Si aún te encuentras en una situación así, no pienses que tienes que mantenerte así. El sistema está amañado para hacerte fracasar, pero uno de sus peores mecanismos es hacerte pensar que mereces estar estancado en él.

Tener dinero significa que finalmente eres libre para tomar buenas decisiones


Cuando vivía de quincena en quincena, yo sabía lo que era una mala decisión financiera. Si tenía 300 dólares en mi cuenta y necesitaba 250 para el alquiler y 50 para la comida, entonces ir al cine esa semana era una mala decisión. Por supuesto, a veces tomé malas decisiones. A mí me gusta el cine, entonces a cada rato iba cuando realmente no debía haber ido. A lo mejor haya sido una mala decisión, pero aun así opté por tomarla.

Cuando estás quebrado, la única libertad que tienes es tomar malas decisiones. Pagar alquiler realmente no es tanto una “buena decisión” como un deber. Nadie te felicita por pagarlo. Qué bien cuando puedas hacerlo —uno nunca está seguro de poder hacerlo cuando se es pobre— pero es solo tratar de mantenerse a flote. No tienes la opción de invertir inteligentemente o de guardar dinero para emergencias.

Sin embargo, la primera vez que gané un poco más de dinero, descubrí una flexibilidad en mi presupuesto que era desconocida para mí. De pronto podría elegir si iba a hacer cosas sabias que antes eran para el futuro lejano —como ahorrar para mi retiro—, en lugar de ahorrar 5 dólares al mes, como acostumbraba cuando ganaba menos, lo cual hacía más como un gesto que cualquier otra cosa. Ya podría tomar clases o comprar software que me ayudara en mi carrera. Podría reducir mis deudas. Estas eran todas buenas decisiones y lo más asombroso para mí era que podría elegir lo que quería hacer.

Eso era algo que no entendía cuando estaba quebrado. Solo tenía dinero para sobrevivir, entonces veía la plata como algo que todos querían de mí. Solo busqué ganarme un sueldo más alto porque necesitaba mantenerme a la par con el costo de vida. Hasta me sentí culpable por querer más que el mínimo absoluto que necesitaba. Fue solo mucho después que se me ocurrió que querer ganar dinero no era avaricioso o egoísta. La trampa viciosa de ser pobre era que empecé a adoctrinarme a mí mismo para creer que no me merecía la libertad que todos los demás tenían. Todos los blogs de finanzas me enseñaron a evitar la inflación del estilo de vida, pero nada me preparó para el ajuste psicológico que necesitaba para comprender que yo me había estado incapacitando durante años.

Ponerse al día con el autocuidado es caro


Si eres pobre y estás en tus veinte, es probable que no vayas al médico con mucha frecuencia. No es un secreto que las familias de bajos ingresos pasan por alto el tratamiento médico rutinario porque simplemente no lo pueden costear. Tiene sentido. Si 20 dólares hacen la diferencia entre comer y pasar hambre esta semana, no te los vas a gastar en un copago para una consulta del médico que no sabes con certeza si la necesitas.

En mi caso, ni siquiera tenía esa opción. Tenía dolor de espalda y de muelas y a veces me enfermaba, pero no fui a un profesional para que me revisara porque no tenía el dinero para gastarme ni el seguro para pagar la consulta.

Revisa las cosas que tu seguro cubre. Es normal que el cuidado preventivo se pague generosamente. Hay una razón para ello. Si una compañía de seguros puede pagar 50 dólares por un tratamiento hoy, que ayuda a evitar un tratamiento de 2,000 de aquí a un año, con mucho gusto lo harán. En aquel tiempo no estaba de acuerdo con este punto de vista. Cincuenta dólares era una cantidad imposible de dinero para mí.

En cuanto conseguí seguro médico, tenía que hacer mucho para ponerme al día. Lo peor fue el cuidado dental. Había perdido muchas oportunidades para empastar caries. Conseguir que me arreglaran o repararan lo que quedaba de mis dientes, era caro. Salió mucho más costoso de lo que hubiera sido si pudiera haber ido antes al dentista. Incluso ahora me pregunto si hubiera valido la pena no pagar el alquiler unas cuantas veces o tomar un tercer trabajo para poder costear el seguro que habría necesitado para prevenir esto. Hice la mejor elección que pude en el momento, pero eso no hace que sea menos caro hoy día.

Haber sido pobre significa que me estoy quedando más pobre de lo que debería ser ahora. Incluso si pudiera haber costeado el cuidado preventivo que necesitaba para mis dientes, también había otras cosas que descuidé y siempre me costará más ponerme al día con ellas. En cuanto empecé a ganarme un sueldo decente, prioricé ponerme al día con todos los asuntos de salud que había estado evitando, antes que se volvieran todavía más caros. Si puedes, no descuides tu salud si tienes la capacidad de cuidarla. Sin embargo, sé demasiado bien que a veces eso no es una opción.

En cuanto tengas dinero, perderlo te aterra

Cuando estás sin dinero, la idea de tener dinero parece como un sueño. Cuando lo logres, uno se dice a sí mismo, “todo estará bien. La vida será mejor”. Te convences de que lo único que necesitas es un poquito más de dinero para romper con el ciclo de vivir de sueldo a sueldo, y que todos los problemas con los que luchas se te quitarán de encima.


Y tienes razón. Claro, hay un límite en que el dinero no te hace más feliz, pero tenerlo es indudablemente mejor que no tener ninguno. En cuanto tengas plata, puedes costear cosas que harán que tu vida sea mejor. Puedes comprar tu comida en grandes cantidades o comprarte un auto que no se descomponga cada semana. El dinero indudablemente puede hacerte más feliz. Y es por eso que pensar en perderlo resulta aterrador.

Cuando uno es pobre, “recibir dinero” suena como un escalón que marca que se está ingresando a una nueva y permanente etapa de la vida. En realidad, dicho dinero probablemente llegue en forma de algún tipo de salario… un salario que uno constantemente se recordará que puede perder en cualquier momento.

Cuando trabajé en Wal-Mart, había veces en que pensaba que podía perder mi trabajo. A lo mejor cometería un error o quizás mi jefe tendría un día difícil y se desquitaría conmigo. Estaba preocupado de perder mi trabajo de salario mínimo moviendo carritos por un estacionamiento. ¿Y qué? Incluso cuando estaba preocupado, nunca estuve tan preocupado.

En cuanto conseguí un mejor trabajo, aquel temor se volvió exponencialmente peor. Cada vez que tenía una semana mala, me aterraba pensar que todo se iba a derrumbar. Si me despiden, ¿quién me contratará? No hay manera de tener la suerte de conseguir un trabajo como este. Tendré que conseguir un empleo peor ganándome menos dinero y perderé todos mis lujos exquisitos como ir al dentista.

En parte esto se debe al síndrome del impostor asomándose, pero también se trata de un miedo más visceral que proviene de saber lo que puedes perder. Durante años no pude costear una consulta con el médico o ir a un bar o disfrutar pasatiempos como el juego de disfraces cosplay. Alguien que se crió con dinero quizás teme perder su trabajo y no tener acceso a esas cosas hasta encontrar otro, pero para personas como yo, no es solo miedo, es un recuerdo.

Uno nunca deja de sentirse pobre

Ya hace unos tres años que me pagan un salario mayor que las pautas federales en cuanto a la pobreza. No se trata de un montón de tiempo, pero es suficiente para pensar que ya es hora de que me haya adaptado a mis nuevas circunstancias. Pero no lo he hecho. Un gasto repentino de 20 dólares me sigue provocando ansiedad. Mentalmente, sigo suponiendo que no puedo costear nada que cueste más de 100 dólares sin atormentarme con la decisión que deba tomar. Sin duda, esto me ha ayudado a mantenerme austero, pero resalta lo arraigada que es la actitud mental de ser pobre.


Me di cuenta del impacto de esta actitud hace unos meses, cuando decidí comprarme un Xbox. Tengo una PC buena para videojuegos (que compro mucho después de ser lanzados al mercado, siempre cuando están en venta especial y normalmente por 5 dólares). Había ido mejorando mi PC pieza por pieza, por lo cual nunca necesité gastarme más de 100 dólares a la vez. La idea de gastarme 300 en una consola parecía una locura imposible.

Me tomó meses tomar la decisión de comprarla… hasta que me di cuenta de algo. No necesito justificar la compra de algo que quiero, si lo puedo costear. Incluso escribir esta frase se siente como una traición. Aún así, me di cuenta de que estaba pagando mis cuentas, ahorrando para el futuro y reduciendo mis deudas. Siempre habrá algo mejor que pueda hacer con mi dinero, pero finalmente tenía la opción de comprar algo solamente porque yo lo quería y no porque encontré alguna razón externa que comprobara que era una buena decisión.

Todavía me siento culpable de comprar aquel Xbox. Probablemente siempre me sentiré así. Claro, podría haber usado ese dinero para otras cosas o haber probado algo diferente para jugar en mi sala, o simplemente conformarme con lo que tengo. Puedo oír todas esas críticas porque son lo que me digo a mí mismo todo el tiempo. Años de ser pobre me han enseñado todas las múltiples maneras en que mis decisiones financieras pueden estar equivocadas. Esa voz no desapareció cuando mi salario cambió. Probablemente nunca desparecerá. Sin importar qué tanto me esfuerce por salir del hueco financiero en que estaba, siempre llevaré una parte del hueco conmigo. No es necesariamente algo malo. La cosa simplemente es así.

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Ilustración de Angélica Alzona. Fotos de Getty Images,, US Army Africa, Rafael J M Souza, andjridgewayphotography.


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