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El juego que yo jugaba cuando estaba muerta de miedo de ser deportada

‘Papeles, por favor’, una fantasía que puede convertirse en pesadilla.
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18 Sep 2016 – 9:40 AM EDT

En medio de los vendedores de perros calientes envueltos en tocino, los mendigos y los líderes religiosos gritando sermones condenatorios por megáfono, hay un elemento de San Francisco que la mayoría de la gente –incluidos muchos lugareños– desconoce. No es un puente o una sinuosa calle ni nada de eso: estoy hablando de cierta gente que deambula por las calles de esta ciudad. Personas que pueden darte las credenciales para que tu vida realmente importe.

Ver artículo en inglés. (Publicado originalmente en 03/31/14).

La mayoría de la gente ni los nota, pero tú puedes estar seguro de que ellos sí te notarán cuando camines cerca. Tu cara es un libro abierto para ellos: con tan solo una mirada rápida pueden detectar tus ambiciones, tus sueños y aspiraciones, la historia de tu vida. Si tienes un cierto aire, si olfatean que estás en una situación extrema, ofrecen hacerte un pequeño milagro. Todo lo que necesitas es un par de documentos falsos, que ellos te darán con facilidad por un precio, por supuesto. Y listo, tienes ya una nueva vida.

La cosa empieza con un nuevo nombre. Para muchas personas que vienen a este país, usar papeles falsos para adoptar temporalmente un nuevo nombre, o un nombre ligeramente diferente, es prácticamente un rito. Así es como lo he visto funcionar en mi propia familia y con algunos amigos. Crecen en un país del tercer mundo, pasan años ahorrando para pagarle a un coyote que los guíe través de la frontera de Estados Unidos, una empresa tan agotadora que lo más probable es que la persona que se arriesgue a este ‘viaje’ sea joven y tonta. Si logran sobrevivir el desierto mexicano, y si el coyote no decide violarlos o tomarlos como rehenes hasta que sus familias se comprometan a pagar mucho más de lo que acordaron inicialmente, entonces llegan al país –donde tendrán que buscar trabajo, por lo general mal pagado, y después pagar sus impuestos–. Para muchos, esto significa papeles falsos –que podrás obtener si sabes a quién buscar–.

Las personas que venden documentos falsos nunca me hablan a mí personalmente. Creo que se dan cuenta de que soy estadounidense. Casi olvido su existencia, si no fuera porque cometí el error de perder mi tarjeta de identificación y mi pasaporte, algo que sucede cuando uno se emborracha viendo bailarines a gogo en un bar gay. Eso hace que la cosa suene más bien tonta, pero no me malinterpreten: no tener mi identificación conmigo durante unos días fue verdaderamente aterrador.

Recuerdo personas que simplemente desaparecían de mi vida… porque estaban en os agentes de policía o de inmigración se aparecían en los lugares de trabajo o en las casas, a pesar de no tener una orden judicial. A veces pedían papeles. A veces no les importaba un carajo y arrestaban a todo el mundo, legal o no. Ningún discurso elocuente o saber algo de leyes —que pudieran impedir o al menos limitar ese tipo de redadas— podían salvarlo a uno. Para México te ibas derecho con lo que llevabas puesto, incluso si no eras mexicano.

Recuerdo personas que simplemente desaparecían de mi vida… porque estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Era una ocurrencia tan común que los fines de semana los principales canales en español pasaban comedias sobre latinos jóvenes y atractivos que eran deportados por error. ¿Qué podía hacer alguien al respecto, excepto reírse y confiar en que eso nunca le pasaría a uno?

Durante esas dos semanas en que no tuve conmigo ningún documento que probara que yo era quien yo decía ser, me convertí en una persona sumamente ansiosa. Me hice muy sensible a cualquier chiste sobre mi raza, sensible a cada mirada de una persona blanca que parecía preguntarme qué estaba haciendo en su restaurante de cinco estrellas. No sabía que los establecimientos de ‘mi tipo’ nunca podrían encontrarse en una maldita aplicación de teléfono inteligente. Sé que estaba siendo paranoica, pero si tenemos en cuenta las tensiones de clase y raza que han surgido en San Francisco gracias al boom de la tecnología, y si tenemos en cuenta el tipo de cosas alrededor de las cuales crecí, ¿podrían culparme? A veces siento que no soy deseada en esta ciudad, incluso cuando tengo toda mi documentación a mano.

Durante esos días en que no tenía los papeles conmigo, todo me carcomía. Me sentía insegura incluso estando en casa. De alguna manera soy la única persona de color en mi rico barrio de San Francisco, y si antes me preocupaba que una medianoche de regreso a casa alguien pudiera llamar a la policía al ver a una chica con un look extraño (leer: no blanco), eso solo empeoró cuando no tenía los papeles entre el bolsillo.

Durante esas dos y media terribles semanas, hice lo que cualquier nerdo probablemente haría: me refugié en un mundo de fantasía en el que no tenía que preocuparme de mi raza o de mi falta temporal de papeles. Un lugar que me pudiera dar el control. Estoy hablando, por supuesto, de un juego de video.

Todo el que intenta pasar por un puesto de control de inmigración tiene una historia, tanto en la vida real como en el juego independiente de computador Papeles, por favor. Tal vez está visitando a su familia. Tal vez va en busca de trabajo. Tal vez está buscando refugio. Tal vez está simplemente tomando unas vacaciones. O, a veces, y esto es mucho más común en el juego que en la vida real, podría ser algo un poco más peligroso. Tal vez el solicitante es un contrabandista. Tal vez un terrorista. De todos modos, independientemente de sus intenciones, todos en Papeles, por favor te entregan algunos documentos —pasaportes, tarjetas de identidad, permisos de trabajo— y te dicen cuál es el propósito de su visita.

Tu trabajo como jugador consiste en inspeccionar los documentos y tratar de detectar discrepancias o descubrir cualquier comportamiento sospechoso (lo que sea que eso signifique), lo cual quiere decir que tú eres el árbitro del destino de los indocumentados. Obviamente, es el tipo de trabajo que debes tratar con sumo cuidado. La cosa es que, cuando hay docenas e incluso cientos de personas de aspecto cansado esperando en la cola, cuando te has pasado horas comprobando que cada número en cada documento es correcto, y más horas asegurándote de que la cara en el endeble pedazo de papel coincide con la persona de pie en frente a uno, y cuando no puedes realizar un seguimiento de todas las nuevas leyes, a veces arbitrarias, sobre inmigración, comienzas a sentirte cada vez más distante de las personas que tratan de cruzar la frontera. Todo y todos se convierten en sospechosos. Empiezas a dudar de tu propio juicio, y a hacer una doble y triple comprobación de las mismas malditas cosas, y no importará, porque de alguna manera se te colará alguien con una bomba. Es casi la clase de juego pos 9/11 que Estados Unidos ha tenido que aprender a jugar.


Entonces, mientras más juegas más notas lo pequeño de tu puesto, y te das cuenta de que apenas puede hacer caber en él todos los documentos, cartas y libros de reglas y edictos gubernamentales. Es algo muy claustrofóbico. Comienzas a preguntarte cuándo vas a rajarte bajo la presión, y te dsa cuenta de que una tarea sencilla se ha convertido en algo descomunal, imposible, y que si metes la pata demasiadas veces no será difícil encontrar a alguien para que te reemplace. La alegría de vivir en un mundo de distopia.

Yo estoy acostumbrada a estar en el otro lado de ese tipo de interacción. Estoy acostumbrada a estar con personas que entregarán su documentación (a veces falsa), ya que por lo general sirvo como traductora. Es el tipo de experiencia que hace que jugar Papeles, por favor se sienta un poco surrealista.

Una de las cosas que más me llamó la atención sobre Papeles, por favor, es la frecuencia con la que terroristas o personas con documentos claramente falsos tratan de cruzar la frontera. Tendrías que haber perdido la maldita cabeza para ponerte en una situación en la que eliges voluntariamente darle a un oficial tus documentos falsos. Obviamente, eso sucede a veces, pero en mi experiencia las personas que consiguen papeles falsos esperan no tener que usarlos nunca. Los papeles falsos son el último recurso, el tipo de cosa que tu presentas cuando la has embarrado totalmente.


A modo de ejemplo, antes de conseguir los papeles para estar aquí legalmente, mi padrastro tenía una licencia de conducir que compró en un mercado informal —sí, hay una industria en torno a engañar a la gente llevándola a gastar dinero para adquirir documentación que en realidad es legalmente inútil–. Mi padrastro siempre la llevaba consigo. Aun así siempre conducía con el mayor de los cuidados y, para ser franca, con gran paranoia, para que nunca lo fueran a detener, porque si lo hacían no le tomaría mucho tiempo al oficial averiguar que esa licencia no era legítima. En otras ocasiones, te las ingenias para no mostrar nada en absoluto. Recuerdo una vez cuando yo era pequeña y un tío conducía el auto, y el oficial que lo paró lo dejó ir después de que yo le prometí que estábamos conduciendo directamente a casa y que estaba cerca.

Es decir, incluso si tuvieran consigo documentación falsa de primera categoría, a la larga no importaría. El miedo dicta la forma en que te comportas. Cuando estás en este país ilegalmente, te da tanto miedo de que te devuelvan (a la pobreza, a la violencia, lejos de la familia o del mundo al cual te has acostumbrado), que te obsesionas con la forma correcta de presentarte –no solo con tener la ropa adecuada, claro, sino con la idea de "actuar" como estadounidense–. Es posible que te estés preguntando, ¿qué demonios significa eso? A decir verdad, no tengo una respuesta clara para esto. Es algo con lo que yo aún lidio todos los días, después de crecer en la pobreza y ascender a la clase media a través de la industria de la tecnología. Sin embargo, hay veces en que me doy clara cuenta de que eso es un tema –como cuando estoy haciendo cola en un barrio completamente latino, donde el cajero habla en español con todo el mundo menos conmigo, incluso después de dejar en claro que también puedo hablar español, e incluso cuando queda claro que él tampoco puede realmente hablar inglés–.

Una gran cantidad de las personas que vienen a este país ilegalmente no solo es probable que tengan que adoptar trabajos serviles, y a veces degradantes, sino que también aprenden a ser actores. Los actores son capaces de convencer a todo el mundo a su alrededor de que ellos también son estadounidenses. Pero el premio mayor para algunos de los mejores actores de nuestro tiempo no es un Oscar. Es que se les permita permanecer en este país, al igual que al resto de nosotros. Cuando consideras lo hiper-vigilantes que se vuelven las personas en cuanto a su imagen pública y en cómo se ven ante las demás, se podría decir que la “película” en la todo el mundo está actuando es algo por el estilo de 1984.

Este es el tipo de cosas en las que pienso cuando veo que alguien está tratando de cruzar la frontera en Papeles, por favor. Porque sé que si todo va bien en cuanto a la documentación, probablemente hay cosas más sutiles, más allá de los simples visados e identificaciones, que influyen en la forma en que juzgas a alguien, y que tal vez el juego no tiene en cuenta. Por ejemplo, la forma en que las personas responden cuando las interrogo. Qué tan fluidos son al hablar en inglés. Cuál es el color de su piel. Su perfil en relación con su nombre –en la vida real uno puede obtener documentos perfectamente falsificados, pero aún existe la pregunta de si usted se “ve” o no como el nombre que aparece en la documentación. Piense en McLovin en Superbad, por ejemplo.

En el juego yo también sospechaba de gente acerca de la cual no tenía absolutamente ninguna razón para sospechar. Ese es el tipo de ambiente opresivo que cultiva el juego, incluso sin que en él aparezcan verdaderas naciones o razas. No puedo imaginar lo revelador que sería si las incluyera. Claro que no ayuda el hecho de que en Papeles, por favor, el gobierno ha tomado a tu familia y que cada error que cometas te cuesta dinero que necesitas para la calefacción (o el aire acondicionado), la renta, alimentos y medicinas. Cuando tal es el caso, escuchar las historias reales y humanas detrás de las tarjetas de identificación falsas puede no ser suficiente. ¿Quieres ser un héroe –este es un juego de vídeo, recuerdas?– ¿O quieres mantener a tu familia? ¿Vale la pena entrar a alguien de contrabando por la frontera si eso podría significar que su familia pase hambre? ¿Y qué si tú fueras lo único que se interpone entre ellos y la esperanza de una vida mejor?


Me identifico con el personaje y su desafortunada situación, pero sólo hasta cierto punto. No sé, hay algo acerca del papel como inspector de inmigración que me recuerda que incluso cuando un juego se las arregla para ser diferente de la mayoría, aún así es probable que sea muy difícil tener un papel que no esté definido por el poder. Estás controlando las vidas de tantas personas –incluso puedes escoger tener algo qué ver en la toma de algún gobierno, si juegas bien tus cartas–. Cuando pienso en la forma en que habla mi abuela sobre la época en que no necesitabas un pedazo de papel para probar que la tierra en que la que viviste durante generaciones es realmente la tuya, el hecho de que la actividad principal en el juego sea revisar los papeles hace que el juego se sienta profundamente blanco. Una fantasía de poder bien disfrazada.

Es un juego interesante, claro que sí, pero terminé preguntándome, como hago con tantos otros juegos que me ponen en los mismos roles gastados, lo que sería jugar en el papel de los desposeídos. Eso daría para una historia fascinante, ¿no?

Recuperar mi identificación y mi pasaporte tomó mucho papeleo y días de apretar los dientes. Obviamente, la experiencia palidece en comparación con las décadas que algunas personas en mi familia tuvieron que esperar antes de poder adquirir legalmente determinada documentación para vivir en este país. Irónicamente, de todas las personas, fue mi padrastro quien acabó acompañándome a la agencia de pasaportes para jurar, ante un funcionario de inmigración, que yo era, efectivamente, Patricia Hernández. El oficial ni siquiera levantó la mirada en todo el tiempo que estuvimos allí, al igual que yo a veces ni siquiera miraba a la persona que tenía delante de mí en Papeles, por favor, si todos sus documentos parecían estar en orden.

Ese oficial de inmigración en el mundo real no podía ver lo asustada que yo estaba porque otro oficial de seguridad diferente bromeó acerca de lo mexicana que yo parecía, y ella no podía ver lo emocionado que estaba mi padrastro de poder sacar de repente su tarjeta de identificación legítima tan arduamente ganada. No éramos personas, realmente, sólo números y firmas para enviar y archivar.

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@xpatriciah Deputy editor, Kotaku.


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