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Lo que mis citas en el exterior me enseñaron sobre el racismo en EEUU

“Tan pronto como salí del país me torné interesante y atractiva para los hombres”.
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18 Sep 2016 – 12:12 PM EDT

Por Jihan Crowther

Cuando tenía unos 25 años de edad, después de años de tener citas tanto dentro como fuera de Estados Unidos, llegué a esta terrible y desoladora conclusión: los varones estadounidenses no me encontraban atractiva.

La primera vez que alguien me invitó realmente a salir, pensé que estaba jugando conmigo. Estudiaba en el exterior, en Londres, y el rechazo continuado que sufrí por años, junto con la insistencia diaria de mi macho intimidador en recordarme que yo era “demasiado oscura” o “demasiado negra”, me convencieron de que nunca creería cuando alguien me dijera que yo era hermosa. Estaba vacunada contra galanterías, así que lo mandé al carajo.

Lo que no sabía entonces, y no lo entendería hasta mi regreso a Londres para un posgrado, era que él no había estado maquinando un juego cruel. Después de vivir algún tiempo por fuera –luego de mi semestre en Londres, salí y regresé varias veces para tomar vacaciones, hacer una pasantía y un posgrado– empecé a darme cuenta de que mientras que yo había nacido para sentirme en los Estados Unidos como un torpe y horrible monstruo, tan pronto como salí del país me torné interesante y atractiva para los hombres.

La vida en Londres resultó una revelación. Suena medio ridículo, pero no puedo imaginarme quién sería yo o qué habría llegado a pensar de mí misma, si no hubiese tenido la gran suerte de viajar al exterior. La canción ‘Milkshake’, de Kelly, podría lógicamente haber proporcionado la pista sonora de todo mi viaje; era como un montaje fílmico de los años 1980 en el que la chica tonta se quita las gafas y pone a sudar a todos los muchachos. Es probable que mis experiencias fueran consideradas por otros veinteañeros solo como un martes común y corriente, pero a mí me cambiaron la vida. Por ejemplo, una vez conocí a un joven en una fiesta y bailé con él toda la noche. Nada extraordinario, ¿verdad? Luego estuvimos saliendo hasta que el romance llegó a su fin por razones muy normales. Fue una experiencia determinante.
Cuando salí de los Estados Unidos, sentí como si alguien hubiese encendido una lámpara, y sentí como si alguien la hubiese apagado en el momento mismo de mi regreso.

En la segunda temporada de la serie televisiva Parks and Recreation, hay un episodio en el que llega de visita una delegación de Venezuela. Todos los hombres empiezan a sentirse atraídos por Donna, lo cual confunde a sus compañeros de trabajo. Donna dice frente a la cámara: “No me sorprende. He estado en Sudamérica y me ha ido muy bien allá”. Entiendo muchísimo esta verdad. Antes de mi primer viaje al exterior, le pedí a un viejo amigo que fuéramos a cine. El aceptó gustoso y yo estaba muy contenta. Pero pronto me dijo que sus amigos lo molestaban porque iba a salir conmigo y canceló la cita, y bromeó diciendo que de todos modos no iba a poder encontrarme en la oscuridad, puesto que yo tenía la piel tan oscura.

Cuanto más viajé y viví en el exterior, mayor era el contraste. Desde Escocia a Italia, y a la República Dominicana, hasta la pura frontera con Canadá, se me recibía con la misma reacción positiva. Era lo opuesto a mi experiencia en los Estados Unidos donde, de la Costa Este a la Oeste, tanto en ciudades como en suburbios, los hombres me trataban con indiferencia. Luego de cada viaje, yo regresaba al país confiada, emocionada y decidida. Imaginaba que había vencido un obstáculo imaginario, y me creía liberada de mi vida de convento a la que había renunciado. Las cosas ahora serán distintas, me decía. Pero nunca lo fueron.

Era ingenua, pero estaba decidida a averiguar qué era lo que hacía que mis experiencias con hombres en los Estados Unidos América fueran tan diferentes a las de afuera. Yo sabía que los estadounidenses podemos ser muy específicos respecto a nuestras preferencias en cuanto a citas, así como respecto a cada cosa que consumimos. Parece que tenemos un punto de vista más obtuso sobre lo que es atractivo, como me lo hacía notar una prima británica parecida a mí, y a la que casi nunca le falta un novio. “¿Cuál es tu tipo?” es generalmente la primera pregunta que se escucha en los Estados Unidos cuando alguien quiere buscarle novio a una amiga. Esta sigue siendo una pregunta con la que todavía no me he topado en otros países. Lo que me tomó más tiempo fue entender con qué frecuencia la respuesta incluía preferencias y prejuicios raciales.

Yo me resistía a aceptar del todo lo que de manera subconsciente sabía era un gran problema, pero esta ignorancia voluntaria no podía durar mucho. Leí el estudio de OKCupid, How Your Race Affects The Messages You Get (De cómo su raza afecta los mensajes que recibe), en el que se establece de manera definitiva que “los hombres no responden los mensajes de las negras”, a pesar de que generalmente sí responden a las demás. Una de mis mejores amigas, también negra, me llamó bastante afectada cuando leyó el estudio. “¡Por fin! Esto es lo que he estado diciendo, pero nadie me cree”, me dijo. “¡Ahora hay una prueba! Si alguien me pregunta por qué aún no he encontrado a nadie, lo remito al estudio”. Ella cerró su cuenta de OKCupid. Su alegría por encontrar evidencia era comprensible. Es increíble ver, sin embargo, lo que cuenta como una buena noticia cuando uno se encuentra en una situación dolorosa. Pronto, yo también cerré mi cuenta.

También leí la publicación en un blog de Psychology Today en el que se afirma que está científicamente comprobado que las mujeres negras son menos atractivas que las otras y, como el resto de mis compatriotas, también leí la extraña entrevista de John Mayer en Playboy, donde demeritaba a las negras como parejas sexuales a causa de su pene tipo “David Duke”. La publicación de Psychology Today fue eventualmente retirada del sitio web, pero su desafiante y casi elogioso fanatismo era el producto de algún sistema dañado que permitía a Mayer, cuyo trabajo estaba enraizado en la cultura negra, sentirse cómodo al hacer referencia al Ku Klux Klan para expresar su aversión hacia las mujeres negras.

Cuando cumplí 30 años, me resigné a este estado de cosas. Hace pocos meses, me encontraba de nuevo en Londres para la boda de una amiga cercana. Hacía años que no la visitaba y yo estaba tan imbuida de la manera de pensar estadounidense que no reconocía cuando los hombres me estaban coqueteando. Cuando alguien me invitó a un trago, quedé sorprendida, luego encantada, y después triste al pensar que tendría que volver a mi país a la mañana siguiente, donde muy pronto la luz se apagaría de nuevo. Por supuesto, no hay solución sencilla para un acertijo tan complejo, pero lo que resultaba innegable en el ámbito personal era que los hombres estadounidenses no me hallaban atractiva. Así como el programa de reconocimiento de rostros de Hewlett-Packard no reconoce las caras de negro como caras humanas, a mí generalmente tampoco se me reconoce como una opción romántica.

Mientras permanezco en mi país soñando con mi próximo viaje al exterior, me siento feliz y afortunada por tener otros tipos de amor en mi vida, tan importantes como el amor romántico. Pero, al igual que cualquier otra persona, deseo compañía, o al menos encuentros casuales. Da pena pensar que mis posibilidades de tenerlos disminuyen dramáticamente mientras esté entre estas fronteras. Y ningún chispeante recuerdo de una pasantía en Londres puede aliviar ese hecho.

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Jihan Crowther iescritora. Puede encontrarla en jihancrowther.com y en Twitter @jin_crow.

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