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Jezebel

La internet de las chicas muertas

Las mujeres muertas han sido foco de indignación desde la creación de la humanidad.
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18 Sep 2016 – 12:55 PM EDT

En la industria de los contenidos en internet, ciertas verdades se convierten en doctrina: la ira es efectiva; la indignación, aún más. Y las chicas y mujeres muertas –en particular aquellas abusadas, victimizadas y asesinadas– son las que más llaman la atención. Son las santas profanas de internet y siempre han alimentado los medios de comunicación con la venta de periódicos y revistas, y la generación de clics confiables.

Los medios de comunicación feministas no son la excepción, pues de alguna manera dependen del tráfico generado por la chica muerta, los clics y los ingresos que tienen que ver con los detalles espeluznantes de su muerte, y la indignación y la ira de los lectores. La taxonomía de las mujeres muertas es también diferente: el valor del cuerpo de una mujer se calcula de forma diferente en, por ejemplo, Jezebel, que en tabloides o revistas sobre la vida de celebridades.

Los tabloides dan valor a las madres y a los niños, en particular Jon Benét Ramsey, Jessica Chambers y Laci Peterson. Es decir, chicas atractivas y mujeres diseñadas para suscitar sollozos de los lectores. Estas muchachas representan la descomposición ficticia de la familia estadounidense y los peligros internos que de alguna manera están al acecho dentro de ella. Sus muertes amenazan con hacer caer en decadencia a la familia misma.

La jerarquía feminista de las chicas muertas es ligeramente diferente. Motivada por una ideología desinteresada en la preservación de la familia de los suburbios de los Estados Unidos, ha ido perdiendo interés en apariencias hechas a la medida de los tabloides o en revelaciones impactantes sobre los maridos o las madres.

Nuestras propias chicas muertas, en cambio, reflejan nuestros propios valores. La muerte las transforma en sacrificios ofrecidos a un orden social que sabemos que es real. Uno que esperamos poder neutralizar al nombrarlo. Damos un sentido político a sus muertes con el fin de que tengan más sentido. Por medio de las noticias de muertes inmortalizadas, somos testigos de determinados tipos de violencia, de nuestras propias sospechas sobre crímenes de género, y de un conocimiento inherente de que el mundo es inseguro para las mujeres. Cualquiera que haya pasado tiempo en o alrededor de los medios de comunicación relacionados con mujeres, es consciente de la jerarquía de las mujeres muertas: mujeres que han sido asesinadas por un hombre herido por su falta de atención, mujeres asesinadas por sus maridos y novios abusivos, y mujeres que fueron ejecutadas simplemente por pronunciar la palabra “no”. Ellas son nuestras santas profanas, nuestras mártires.

He escrito muchas historias al respecto: un post sobre Caroline Nosal, una mujer de Wisconsin asesinada por un compañero de trabajo después que ella rechazara sus avances; una mujer anónima, asesinada por un compañero de trabajo después que ella lo acusara de acoso sexual. Hay otras, también: una niña de tres años de edad, brutalmente maltratada como represalia después que su madre rechazara a un hombre; una adolescente asesinada a puñaladas por rechazar una invitación al baile de gala estudiantil; una madre de tres niños asesinada por negarse a dar a un hombre su número de teléfono. Estas historias son reales, y son testimonio de los miles de mujeres muertas y sacrificadas a un orden social invisible y despiadado.

Durante la última década, más o menos, la internet feminista ha producido un catálogo de chicas y mujeres muertas en blogs, generando una especie de pequeña hagiografía. Recopilados, nos recuerdan los principios de nuestra religión política: que “no” es una palabra peligrosa y que el simple acto de rechazar, de expresar una preferencia, puede tener consecuencias violentas y mortales. Estas historias son nuestra liturgia, compartidas con un lenguaje ritual que nos es familiar, con un sarcástico “solo dile que no”, con observaciones acerca de la “masculinidad tóxica”, o con una cita de Margaret Atwood. Es un lenguaje tan familiar que aquí, en Jezabel, en nuestra propia sección para comentarios, los lectores simplemente escriben “MA”, como referencia rápida a la cita de Atwood; algo que todo ellos entienden.

Que estas observaciones sean hechas con más fuerza en la internet feminista (en sí misma un ámbito floreciente para la voz, de otra manera trastocada, de las mujeres), parece un argumento implícito a favor de que las cosas están mejor de lo que parecen. Incluso allí, a las mujeres se las acusa de sexismo, sus pretensiones de conocimiento son desechadas (“no todos los hombres son así”), pero estas mujeres muertas son una prueba irrefutable, una evidencia tangible de la violencia y su número de muertos.

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Las mujeres muertas de la internet feminista son una réplica sin palabras a los críticos que dicen que los temores de las mujeres a hablar con palabras sencillas, son irracionales. Estos son los mismos críticos que afirman que la esfera pública y la historia de nuestra nación valoran la libertad de expresión, la libertad de expresar cualquier opinión, sin importar qué tan impopular sea. Las mujeres entienden que aún no están dentro de los límites que delimitan las acciones y palabras aceptables en nombre de la seguridad. Si es que estos límites de hecho existen, son en realidad falsos. Las muertas son testigos de esta falsedad. Insisten, en su ausencia, en que la violencia que resulta de las jerarquías de poder de género no es simplemente un invento de las mujeres.

La mujer muerta ha sido el foco de la evidencia y la indignación desde la creación de la humanidad. El Antiguo Testamento cuenta la historia del levita y su concubina, una mujer anónima (en todo caso, su nombre no es importante), que se entrega a un grupo de hombres benjamitas para calmar su aparente necesidad de violencia sexual.

El pasaje, en Jueces 19, es particularmente brutal, incluso para el Antiguo Testamento:

[...] el hombre tomó a su concubina y la envió afuera donde ellos, y ellos la violaron y abusaron de ella durante toda la noche, y al amanecer la dejaron ir. 26 Al amanecer, la mujer volvió a la casa donde se alojaba su amo, cayó delante de la puerta y se quedó allí hasta ver la luz del día.

27 Cuando su amo se levantó por la mañana y abrió la puerta de la casa y salió para seguir su camino, allí yacía su concubina, tendida a la entrada de la casa, con las manos sobre el umbral. 28 Y él le dijo: “Levántate; vámonos”. Pero no hubo respuesta. Entonces el hombre la puso sobre su burro y se dirigió a su casa.

La concubina estaba, por supuesto, muerta, pero resultó de más valor muerta que en cualquier momento cuando estaba viva. Su marido montó su cuerpo sobre el burro para devolverla a casa, no para el entierro o por luto, sino para cortar su cuerpo “miembro por miembro”, y dispersarlo por todo Israel. A medida que las piezas de su cuerpo eran distribuidas y recibidas, los israelitas se indignaron y atacaron a los benjamitas, quemando sus granjas y asesinando a las vírgenes de la tribu. Los benjamitas buscaron la paz con las otras tribus de Israel y, como recompensa, se les permitió violar y llevar a las mujeres de la tribu Shiloh como esposas.

Con suficientes mujeres violadas y asesinadas, la historia llega a su conclusión, y su moraleja se encuentra en Jueces 21:25, “En aquellos días, no había rey en Israel; cada cual hacía lo que bien le parecía”.

La historia del levita y su concubina es terriblemente sucinta. En unos pocos cientos de palabras, relata el valor de las mujeres muertas: una mujer ha muerto, más mujeres son asesinadas y las mujeres son violadas, todo para mantener el orden cultural y la paz de los hombres.

El escriba anónimo de Jueces, al igual que los artistas que dibujaron la escena siglos más tarde, se centraron todos en un sencillo detalle conmovedor: las manos en el umbral. Las manos que yacen, pero que no tocan o sienten porque no tienen vida. El detalle reproduce una imagen escultural de dos objetos inanimados, uno encima del otro; una imagen y su soporte.

Ninguna mujer jamás habla.

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En mayo de 2014, Elliot Rodger mató a seis personas cerca de la Universidad de California en Santa Bárbara. Entre los muertos había dos mujeres; dos hermanas de una hermandad estudiantil. En su manifiesto de 141 páginas, Mi torcido mundo, Rodger se creía inocente. Él fue víctima de chicas guapas y rubias y su “sexualidad defectuosa”, un defecto evidente que radicaba en su negativa a reconocer el evidente poder que él tenía. Rodger creía ser una especie de santo, “condenado a sufrir el rechazo y la humillación a manos de las mujeres”. “Ellas se sienten atraídas por el tipo equivocado de hombre”, escribió.

Después de haber completado su memorial de rechazos y prerrogativas amargas, Rodger compró unas cuantas pistolas y cuchillos, se metió en su BMW y se dirigió al centro de la ciudad. Después de apuñalar a tres compañeros de alojamiento, Rodger subió un vídeo a YouTube y envió su manifiesto por correo electrónico. Luego se armó con dos pistolas, una Glock 34 y dos Sauer P226s SIG, armas que en su manifiesto menciona como objetos que reflejaban su masculinidad letal, y se dirigió a la casa de la hermandad estudiantil Alpha Phi. Las dos mujeres que asesinó no eran de Alfa Phi. Simplemente estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Se metió de nuevo en su auto, mató a otro estudiante varón e hirió a más personas.
La matanza de Rodger, impulsada como estaba por una misoginia salvaje (en la jerga de la internet feminista, una “masculinidad tóxica”), avivó el hashtag #yesallwomen en los medios sociales.

Ese hashtag, que Rebecca Solnit describe como “un momento decisivo en el que la conversación cambió... abriendo algunas mentes y renovando ideas”, fue un testimonio de la mundanidad de la violencia de género. Bajo el hashtag, las mujeres documentaron sus experiencias personales con la discriminación y la violencia en el lenguaje familiar de la liturgia. Yes All Women (sí todas las mujeres), como sugiere Solnit, al mismo tiempo predicó al coro y sirvió como testimonio de las almas perdidas, convenciendo de la manera correcta, con las ideas correctas. En una búsqueda de una narrativa articulada sobre el dolor –un lenguaje que, en su mejor momento, es fragmentado– el manifiesto de Rodger y las dos chicas muertas que dejó a su paso se convirtió en un impulso, un símbolo de una antigua expresión que se hace cada vez más y más clara y, sin embargo, nunca lo suficientemente clara.

En su forma más reductiva, Yes All Women fue escrito en los cuerpos de dos mujeres, victimizadas por todo aquello que el feminismo entiende que está mal con el poder y con la masculinidad. Aún así, a pesar de que lo que dice Solnit es correcto, y de que el hashtag era toda una fuerza al mando, fundamentalmente hizo que dos mujeres muertas se hicieran invisibles. Sus nombres eran Katherine Cooper y Veronika Weiss.

Sin esta violencia contra Cooper y Weiss, no habría habido ningún movimiento, ningún punto de inflexión. Esta es la paradoja fundamental de las muertas de la internet feminista: se requiere que surjan para poder tomar medidas. No hay nada para servir de testimonio si no hay nadie muerto. No hay contemplación sin santos.

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En agosto de 2015, Alison Parker, una reportera en una filial de la CBS en la Virginia semirural, fue abatida a tiros en la televisión en vivo. Tres tomas del video, desde la perspectiva del asesino de Parker, aparecieron al día siguiente en la portada del New York Daily News acompañadas de texto en negrita blanco que simplemente decía, “Ejecutada”.

El video fue impactante, pero la primera página del NYDN, dispuesta como un tríptico retablo, tenía la calidad meditativa de una pintura religiosa. La imagen en tres partes invitó a la introspección y negaba un cierre. El terror, tanto de Parker como de los espectadores, se repite en un bucle infinito en el que Parker y el espectador contemplan el peligro que colectivamente nos cuesta trabajo nombrar.

En el primer panel, Parker yace parada sin percatarse del arma que se asoma en el primer plano, vistiendo el uniforme estándar de una reportera de televisión, mientras alegremente entrevista a un sujeto. En el segundo panel, la bala ha sido disparada, hecho evidenciado por el destello que sale de la boca del arma, pero Parker aún tiene que girar hacia la toma (paradójicamente, en inglés shot se refiere a una toma de video o a un disparo). En este momento, su muerte es inminente para el espectador. Va a ocurrir. Sabemos que va a ocurrir. Roland Barthes describió esa tensión en particular, ese conocimiento inherente de la muerte que cada fotografía lleva consigo, como una “catástrofe” emocional. En el panel final, Parker se voltea hacia la pistola, con la boca abierta de miedo. Ahí está: la catástrofe.

La portada del diario inevitablemente genera polémica (al igual que la fácil disponibilidad del video del asesinato de Parker). Las respuestas variaron desde gritos fervorosos para borrar el video y la fotografía, hasta las defensas de la decisión del NYDN de exponer a los lectores a la catástrofe. En el New Republic, Jeet Heer argumentó que ver la muerte de Parker iba a convertirnos en “voyeristas de [su] asesinato”. En Gawker, Sam Biddle argumentó que el ver las imágenes nos obligaría a enfrentar las realidades de una cultura de las armas ingobernable. Mira o mirar hacia otro lado, la compasión o la confrontación, esas eran las opciones. Tal vez ambas estaban mal. “La indignación moral, como la compasión”, escribió Susan Sontag en Regarding the Pain of Others (en lo que respecta al dolor de los demás) , “no pueden dictar las acciones a seguir”.

La misma Parker, como todas las mujeres muertas, estaba en el centro de los acontecimientos, y por lo tanto casi no viene al caso. Su muerte la había hecho a la vez importante y muda. Se discutió mucho sobre el voyerismo y la explotación. La certeza moral, como siempre, era lo que buscábamos. Apartar la mirada de las imágenes era una especie de superioridad moral, un credo utópico que hace que negarse a ser un “voyerista” de alguna manera nos absuelve. Por otro lado, mirar las imágenes también era visto como una confrontación heroica de la realidad. Sin embargo, ninguna de las dos parecía lo suficientemente cierta. El debate en sí era explotador, ya que no había ninguna moral para ser analizada, ni manera de argumentar sin la chica muerta.

Parker no fue la única persona asesinada ese día. Su compañero de trabajo, Adam Ward, también lo fue. Nadie discutió sobre si la fotografía del Daily Mail de su cuerpo sin vida era explotadora. Pero es que él no era joven, ni bonito ni mujer. Él no cumplía los requisitos para el debate.

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Dado que las imágenes de las mujeres muertas son controversiales, los niños muertos son a menudo utilizados en su lugar. Los niños muertos están de alguna manera vinculados visualmente a las mujeres muertas. Por eso es que es tan débil la diferencia entre los términos “mujer muerta” y “muchacha muerta” en inglés ( woman y girl). Los niños, como “todas las mujeres” en el lenguaje feminista, son culturalmente inocentes y victimizados por sistemas fuera de su control. En ese sentido, los niños también son mudos y la corrupción generada por los adultos, que es responsable de sus muertes (armas de fuego, la crisis de los refugiados, el extremismo y la violencia ocasional), representa un sombrío contraste con su pureza. Los niños, al igual que el tipo correcto de mujeres, generan sentimientos de dulzura. El niño muerto es la chica muerta magnificada.

Se nos “permite” reproducir imágenes de niños muertos. Sus cuerpos son la materia de las fotografías “icónicas”, de llamadas a tomar acción. Tome por ejemplo la fotografía de Alan Kurdi sin vida en una playa, el refugiado sirio de tres años de edad, cuyo calzado y manitas mirando hacia arriba se convirtieron en el centro del debate sobre la crisis de los refugiados, así fuera por solo un momento.

O la fotografía de Baylee Almon, la niña de un año que sacaron de los escombros tras el bombardeo del edificio Alfred P. Murrah en Oklahoma City. Hace más de 20 años, un fotógrafo aficionado llamado Charles H. Porter IV tomó una fotografía del cuerpo quemado y ensangrentado de Almon acunado por un bombero. Almon ya estaba muerta, y sin embargo apareció en la portada de casi todos los grandes periódicos. Porter finalmente ganó un Pulitzer. La imagen es difícil de resistir pues se asemeja a una Pietà invertida y de otro tiempo.

La fotografía tiene que tener un trasfondo religioso, porque la muerte de Almon, con sus piernas flácidas y sus calcetines blancos sucios, no pueden no tener sentido. Tanto el niño muerto como la niña muerta tienen que representar sacrificios a la crueldad del mundo. La reflexión piadosa escapa a cualquier cargo por explotación.

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Y es que escribir sobre las chicas muertas es una forma de explotación. No hay manera de resolver la difícil relación entre la violencia perpetrada contra estas mujeres y su examen post mortem. No hay manera fácil de resolver los estrechos vínculos entre la veneración y la violencia, pues están demasiado ligados el uno al otro.

Una chica muerta, sobre todo en la internet feminista, es siempre viral. Una publicación sobre su muerte siempre será compartida en redes sociales. Siempre va a obtener clics. Es imposible resistirse e imposible de ignorar.

Sin embargo, no es tan simple como etiquetar este tipo de explotación como algo intrínsecamente “malo” o inmoral para posteriormente abandonar todo el asunto. En sitios web como este, dar testimonio de la vida de las mujeres es parte integral de lo que hacemos. La violencia mundana es, simple y tristemente, una parte de todo eso.
Incrustado en esta práctica yace un elemento de espectáculo: la indignación y la incómoda relación entre la violencia y la obtención de ingresos. Hay poco espacio en ese ciclo de luto, de vidas perdidas o un recuento de cuerpos tangible. En internet, al menos, la chica muerta individual es necesariamente abstracta, una representación de una ideología en lugar de un individuo. La brecha entre este largo rastro digital de chicas muertas y la mujer real (la “buena amiga” o “la hija amorosa”), es necesariamente catastrófica. Se transforma al individuo en un cuerpo. En un objeto especialmente confeccionado para la veneración. Así es como la chica muerta genera el ciclo de noticias.

El nombramiento feminista de la rutinaria violencia física y sexual es algo en lo que creemos profundamente. Da forma a nuestra visión del mundo y, literalmente, esgrime límites sobre las vidas de las mujeres: dónde podemos ir, cuándo podemos ir, y con quién. Merece reflexión y contemplación. Esa es la cruel ironía de la internet feminista. Además, ¿quién más podría catalogar el número interminable de mujeres asesinadas y maltratadas? ¿Quién más podría reclamar esas chicas muertas?

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