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Honduras

Dos hondureños que lo perdieron todo por intentar cambiar su suerte en EEUU

Dennis Flores y Víctor Alvarado salieron de Honduras el 25 de noviembre del 2019. Como miles de inmigrantes buscaban un sueño que se convirtió en pesadilla porque fueron secuestrados en México y, pese a que tuvieron que vender lo poco que dejaron en Honduras para ser liberados, las cosas se salieron de control.
22 Feb 2020 – 06:41 PM EST

Dennis Flores, de 25 años, y Víctor Alvarado, de 22, dicen que el plazo para pagar la deuda para costear su liberación de manos de un secuestrador que se hizo pasar por coyote se acaba y eso los mantiene muy preocupados.

Aunque conversaron afanosamente, hubo momentos en los que Flores y Alvarado fijaron su mirada en el suelo, sin parpadear.

Para llegar a sus casas hay que subir parte de la cordillera de Montecillos, una reserva biológica ubicada en el centro de Honduras. La belleza y riqueza natural de la zona contrastan de forma impactante con la pobreza de quienes habitan en las faldas de las montañas. Observar las viviendas que como la de Flores y la de Alvarado están construidas de tierra y techo de lámina de zinc, explica el por qué decidieron irse e intentar llegar a los Estados Unidos, de forma indocumentada.


Yo reflexiono en irme porque no hay trabajo, no hay nada aquí. Cualquiera se decepciona pues tantas cosas que hay que darle a la familia y no puedo dárselas”, dice Flores, un discurso nada lejano del emitido por Alvarado, “tengo mi padre, mi niña, mi esposa y no tengo casa. Tenemos terreno pero no dinero para trabajar”, dijo,


Ambos jóvenes viven en una aldea del municipio de Siguatepeque, en el departamento de Comayagua. En la zona el único ingreso lo genera el trabajo en agricultura, el que les permite un ingreso de 120 lempiras por día, es decir, unos cinco dólares. “Pero se trabaja tres días a la semana, salteado, como dos semanas al mes. Nadie puede vivir con eso”, agrega Alvarado.

El secuestro

Es con ese contexto que estos jóvenes, quienes apenas han cursado la educación primaria, emprendieron el viaje al norte. El camino fue como el de todo migrante que atraviesa Guatemala y México “a ratos caminando, de aventones o subidos en la bestia”, dicen.

Sin embargo, al llegar a Apizaco, en Tlaxcala, México, y mientras estaban en la Casa del Migrante, un hombre de origen hondureño y de quien prefirieron omitir su identidad por temor a represalias, les ofreció sus servicios de “pollero o coyote”, para ayudarles a cruzar a los Estados Unidos. Emocionados por la oferta emprendieron el viaje, pero las cosas cambiaron en Celaya porque el presunto coyote los encerró en un hotel y les advirtió que se trataba de un secuestro y que debían darle más dinero a cambio de su libertad.

Nos tuvieron encerrados cuatro días en un hotel que es privado y otros cuatro días en otro hotel porque nos movía para que no se diera cuenta la gente”, afirman los jóvenes. A partir de ese momento llamaron a sus familias para que a como diera lugar, juntaran los tres mil dólares que pedían por cada uno.

En Honduras, las horas se volvían interminables para Justa Alvarado, la madre de Victor y quien sollozando recuerda, “cuando me dicen que están secuestrados, mire, yo corría para un lado, para otro, corría para acá, corría para afuera”.

Ambas familias hicieron un enorme sacrificio para mandar el dinero al secuestrador quien, de acuerdo con Flores y Alvarado, se hacía acompañar por dos personas más para evitar la fuga de ambos, al igual que la de un salvadoreño y una mujer guatemalteca que también estaban encerrados.

“Ese día que me dice, mami, tenemos que hacer esto y esto. Nos dan una hora para juntar el dinero”, rememora Justa Alvarado con una visible congoja en su pecho, mientras agrega que para completar el dinero tuvo que empeñar la casa de Flores por 500 dólares.

No tuvimos otra alternativa, yo le dije a él, te quedaste sin casa hijo. No hay problema dijo él, porque lo que se quería era salvar su vida”. La familia de Alvarado, por su parte, vendió un terreno que su padre le dejó al muchacho de herencia, para pagar su rescate.


Pero los captores querían más y una nueva petición de dinero hizo que el mundo se pudiera para todos al revés. “Pedían mil dólares más; ya no podíamos. Ya tenía mi casa empeñada, tanto como a mi prima la había molestado”, recuerda Flores, quien en ese momento toma junto a Alvarado, la decisión de escaparse a como diera lugar.

Los jóvenes narran que cuando su raptor se quedó solo y se introdujo en la habitación donde estaban el salvadoreño y la guatemalteca, para presionarlos por el dinero, vieron la oportunidad de salir por la puerta principal. Y así lo hicieron. A partir de allí fueron horas tras horas corriendo hasta llegar a un parque en donde estaba un grupo de personas realizando cultos de oración. “Celaya es una ciudad grande, es inmensa. Llegamos con ellos y les pedimos auxilio; nos dieron comida, ropa y nos llevaron a la Casa del Migrante” dice Alvarado.

Ambos afirman que el terror les hizo quedarse callados y no denunciar lo que había ocurrido ante las autoridades. “Si nosotros los hubiéramos hecho en ese momento ellos caen, porque sabíamos en dónde estaban, pero teníamos mucho miedo” dice Flores. Ambos se fueron de allí a la ciudad General Escobedo a esperar el tren que los llevaría a San Luis Potosí y así llegaron hasta Piedras Negras, ciudad fronteriza del noroeste de México, en el Estado de Coahuila.

Los jóvenes tomaron rumbos distintos en esa zona. Flores intentó cruzar por Texas hacia los Estados Unidos, pero fue devuelto en dos oportunidades a México por agentes de migración de Estados Unidos. Es entonces cuando ambos desistieron de cruzar, se entregaron a migración y fueron retornados a Honduras.


Un boleto de regreso y de vuelta a la realidad

Flores fue retornado el 4 de febrero y Alvarado un día después. Pero el susto por la experiencia vivida solo fue superado por la realidad de regresar a su país a la nada, dicen.

Los dos fueron enviados a la ciudad de San Pedro Sula. “Allí nomas solo se baja del avión y está el busito del Estado, que lo lleva a una caseta donde le pasan nombre, recoge su maleta, de allí lo montan al bus y lo van a dejar a la terminal”, cuenta Flores, quien rememora que tuvo que dormir sobre el duro piso de esa estación de buses. “Cené porque pedí a personas que no conocía, que me dieran un bocado”, dice, mientras en su rostro asoma levemente la tristeza.

Ambas familias están felices con el retorno de los jóvenes. Sin embargo, la preocupación por no tener un ingreso para el sustento de sus familias, más la deuda que acumularon, Flores con el empeño de su vivienda y Alvarado con la venta de su terreno, los mantiene muy preocupados.

Lastimosamente a lo mismo venimos, sin trabajo y con necesidad de un empleo. Que tengan la consciencia, que nos ayuden con un trabajo. Necesitamos un fondo para trabajar porque a nosotros nos gusta trabajar la tierra, pero no tenemos nada de dinero”, refuta Alvarado al gobierno de su país.

De acuerdo con el Observatorio de Migrantes de la Cancillería de Honduras, durante el 2019 fueron retornados 109 mil hondureños que salieron solos o en caravanas, mientras, en lo que va del 2020, han sido retornados 11 mil 399 personas. A esas frías cifras estos muchachos le agregan, “somos de los miles que a diario retornan al país y a lo mismo vienen o peor, mire lo que a mí me pasó y a otros les pasan cosas peores, pero no lo sacan a la luz”.

Y es que ambos no están alejados de la realidad porque según el Observatorio de las Migraciones Internacionales en Honduras, dependiente de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), del total de los retornados el 35 porciento son jóvenes que han intentado cruzar hasta los Estados Unidos entre tres y siete veces, generando una preocupante reincidencia migratoria.


Oportunidades

“Porque no están viendo aquí las oportunidades respecto al empleo, oportunidades socio-laborales o el tema de inseguridad; si bien, hay una atención inmediata de parte del gobierno, no están dándose los programas de reinserción, sostiene R olando Sierra, Director del FLACSO-Honduras.

Las estadísticas indican que entre un 25 y un 30 porciento de los jóvenes que lo intentan, logran llegar a los Estados Unidos. El resto se queda en el camino ya sea en Guatemala o en México, intentando siempre llegar a los Estados Unidos. Sierra dice que en Honduras existe una doble problemática: “por un lado hay causas o factores estructurales por los cuales los hondureños están emigrando en alto porcentaje y básicamente por la falta de oportunidades y por la violencia".

Por otro, agrega, ya sea retornados o deportados, vuelven a una misma realidad de la cual salieron porque no hay programas y proyectos capaces de reinsertarlos.

Urge replanteamiento para enfrentar la crisis migratoria

Juan Flores salió de Honduras en el año 2007. Por un problema de inseguridad personal y jurídica en su país, pidió asilo político en Estados Unidos y desde entonces vive en ese país del norte. Dice que debido a la crisis migratoria y a las necesidades múltiples que presentan sus compatriotas, decidió crear la Fundación 15 de septiembre. Esa estructura, que funciona en el sur de Miami, brinda orientación y apoyo a los migrantes para “empoderarlos” sobre el potencial político y económico que representan tanto en Estados Unidos como en sus países de origen.

Sin embargo, parte del objetivo de la Fundación es también el desarrollo de una estrategia de acercamiento e involucramiento del gobierno de Honduras con los migrantes en Estados Unidos. “Tenemos muchos casos de hondureños que están desesperados pidiendo ayuda, pidiendo asistencia consular y lo que queremos es que el gobierno se siente con la comunidad hondureña para ver qué solución le encontramos al problema de la migración”.

Flores dice que la crisis migratoria abarca a los 45 mil hondureños adscritos al Estatus de Protección Temporal (TPS), a los miles que están en México varados luego de salir en caravanas y a los que son retornados a Honduras y no cuentan con asistencia por parte de las autoridades. El problema es macro y piden al gobierno acercarse a la comunidad de migrantes para dialogar sobre el problema migratorio, desde una perspectiva real. “Por enésima vez se lo pedimos”, dice.

Fue a través de esta Fundación que Univisión conoció del caso de Dennis y de Víctor, dos migrantes que como miles, viven las consecuencias de la ausencia de políticas públicas que frenen la migración irregular. “Nuestra gente no puede seguir exponiéndose. Nosotros prácticamente estamos caminando solos, sin ayuda gubernamental. Estamos siendo un objeto en el que todos invierten, todos ganan, menos nosotros los emigrantes” dice Flores.

Los migrantes son el brazo fuerte de la economía de Honduras y es por eso que le insisten al gobierno la apertura a un diálogo, agrega. “Al Presidente Juan Orlando Hernández, al Presidente del Congreso les decimos, urge una reunión con la comunidad hondureña para buscarle una solución a este macro problema", dice Flores.

Pero mientras Flores lucha por sentar ante él a las autoridades, en Honduras Flores y Alvarado sufren en silencio. No tiene idea de dónde sacar el dinero para recuperar, Flores su casa y Alvarado su terreno. Peor aún, dicen, como darle de comer a diario, a sus familias.


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