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Viaje a la zona más castigada por los sismos en Puerto Rico: “Tengo miedo. La tierra me quiere tragar y Dios no me contesta”

Escarmentados por la falta de respuesta del gobierno local y del federal tras el paso de María, los puertorriqueños han decidido ocuparse ellos mismos de hacer llegar la ayuda a las víctimas de los temblores.
14 Ene 2020 – 05:10 PM EST

La mujer estaba orando sola, sentada en un catre militar que desde hace una semana es su cama. Pero la interrumpí, sin querer, con un saludo. Me respondió, sin palabras, con una mirada cansada, las manos puestas juntas y sucias. Entonces, hizo una genuflexión, pausó, y me dijo: “Yo le pido al Nazareno, pero no contesta mis oraciones”.

Casilda Ortiz, de 69 años, con dos trenzas de un cabello que va dejando de ser azabache, tiene debajo de los ojos pequeños sacos de insomnio y miedo que dejan docenas de temblores de tierra. Como ella, casi 3,200 de sus compueblanos se refugian en los 24 centros de ayuda en Guánica, al sur de Puerto Rico. Los fuertes sismos que desde el 28 de diciembre han estado sacudiendo el área, siendo el más fuerte de magnitud 6.4 el 7 de enero, mantienen a miles de personas fuera de sus hogares o, en el peor de los casos, sin uno.

Según datos del Centro de Operaciones de Emergencias de Guánica, el municipio tiene sobre 700 viviendas afectadas, una escuela colapsada, cerca de una decena de edificios públicos dañados, derrumbes constantes en al menos seis vías de tránsito y toda una población temerosa. A la fecha, estiman que tendrán que demoler 52% de las viviendas de la municipalidad. La escena se repite en los municipios de Ponce, Peñuelas, Guayanilla y Yauco, donde las cifras de refugiados y daños estructurales incrementan con cada réplica.

Horas después del terremoto de la madrugada del martes el presidente Donald Trump firmó una declaración de estado de emergencia en la isla. No obstante, debido a la continuidad de los movimientos telúricos en la región del sur, la gobernadora de Puerto Rico, Wanda Vázquez Garced, solicitó una declaración de desastre mayor el sábado, 11 de enero. Como Casilda y los miles de refugiados en el sur, la petición también espera por una respuesta del presidente.

Puerto Rico también aguarda por la llegada de $20,500 millones del programa de desarrollo comunitario para atender desastres (CDBG-DR, por sus siglas en inglés) del Departamento de Vivienda de Estados Unidos como parte del proceso de recuperación por el paso del Huracán María en septiembre de 2017.

Pero Casilda insiste en que el Nazareno no le contesta. “Le pregunto qué nos ampara y siguen los temblores de tierra”, dice.

"Nosotros por nosotros mismos"

Cuando el terremoto de la madrugada del martes pasó, Casilda estaba despierta en el campamento. Llevaba noches en vela esperando lo peor. Menos de 24 horas antes casi una decena de casas en su pueblo y municipios cercanos habían colapsado por un terremoto de magnitud 5.8. Entonces, el sismo del 7 de enero acabó por poner en riesgo la estructura donde ha vivido en los últimos meses en el residencial público Luis Muñoz Rivera. Las grietas en las paredes lucen como tatuajes mal hechos, y amenazan la integridad de la estructura.

“Esta tierra ya no es firme […] Me siento así”, dice mientras coloca sus manos temblorosas sobre las mías.

“Tengo miedo. La tierra me quiere tragar y Dios no me contesta”, dice.

Casilda recuerda que hace poco más de dos años, cuando el Huracán María azotó a Puerto Rico, tampoco obtuvo respuesta –ni de Dios ni del gobierno. Perdió su casa, que estaba en plena construcción, y no fue elegible para recibir ayuda de la Administración Federal para el Manejo de Emergencias, FEMA por sus siglas en inglés. Deambuló y buscó trabajar en lo que fuera. Ahora, viviendo bajo un toldo que no la protege del polvo que levanta la brisa, repudia al gobierno pero está segura que Dios le responderá.

Pero hay quienes no esperan respuestas –de nadie– y han obtenido una, clara y contundente, por parte de la gente misma. En el campamento de la pista atlética municipal de Peñuelas, al este de Guánica, José Velázquez, un obrero de construcción de 48 años, está convencido de que “ esta vez somos nosotros los que haremos por nosotros mismos”.


José y su esposa, Zulay Feliciano, una maestra de 40 años, perdieron su casa. Por suerte, o algún designio, agradecen que no estaban allí en la fatídica mañana del 7 de enero. Zulay estaba internada en un hospital en Ponce por un padecimiento de la vesícula que la mantenía recluida desde la noche del lunes. Sus dos hijos, un varón de 9 años y una joven de 19, se encontraban con unos vecinos, amigos de la pareja. “Pensamos que nunca los volveríamos a ver”, dice José a la vez que acaricia la mano de su hijo.

La familia conoce el vivir sin respuestas por mucho tiempo. Después del huracán en septiembre de 2017, estuvieron sin servicio de energía eléctrica por casi un año. “Fuimos los últimos en la comunidad en que nos reestablecieran el servicio. Estábamos solos”, cuenta José.

Además de la pobre respuesta de las autoridades en el 2017, José y Zulay no olvidan el verano del 19, como se le llama a la infame caída del gobierno de Ricardo Rosselló Nevares el pasado 2 de agosto tras la publicación de un chat donde burló, entre tantas cosas, las muertes relacionadas al huracán con 11 de sus correligionarios.

“Después de eso no confiamos. No se puede confiar. Creo que por eso el pueblo se ha desbordado en ayuda y viene hasta acá”, explica José.

Al sur ha llegado, como poco, una avalancha de gente con gigante voluntad. “Es tan grande el corazón de los puertorriqueños que no cabe en este parque”, oigo un funcionario del municipio de Peñuelas decirle a unos voluntarios que llegaban del centro de la isla.

La generosidad es tanta que raya en peligro


“Tenemos que buscar la forma de que la ayuda llegue sin poner en riesgo la seguridad de todos. Si tuviéramos que desalojar con las carreteras congestionadas, puede ocurrir una catástrofe”, dice el director de la zona III del Negociado de Manejo de Emergencias y Administración de Desastres, Luis Guillermo Torres, en una reunión con el equipo municipal de Guánica y la Guardia Nacional, guarneciéndose de un aguacero pasajero.

Pero la gente desconfía del gobierno local y también del federal.

“Los puertorriqueños aprendimos mucho después de María. No podemos esperar por el gobierno”, dice Javier Figueroa, un cocinero de 25 años que ha pasado los días alimentando a casi mil personas entre los pueblos afectados en el sur. Javier y sus amigos vienen de Aguada, Isabela y Aguadilla, municipios del oeste. El colectivo ha recolectado sobre $5,000 para preparar las comidas.

En estos días la solidaridad desafía a la propia tierra.

Para Raúl Berríos, un barbero de 26 años del pueblo de Naranjito, desafiar también es necesario. “Hay que venir a ayudar, no hay de otra”, dice mientras termina su duodécimo recorte del día a un adolescente en el refugio del pueblo de Guayanilla.


Asimismo, Luisa Coronas, propietaria de una panadería centenaria en San Lorenzo, La Sirena, al este interior de la isla, llega con un puñado de rosarios que confeccionó para la gente. No llega sola. Trae consigo a sus hijos y nietos, y dos guaguas repletas de suministros y ropa para todas las edades.

Luisa se acerca y me regala un rosario. Insiste en que lo acepte porque “la iglesia la lleva uno adentro”. Su definición de iglesia es servicio y compasión, por lo que el rosario de madera e hilos marrones es una prenda que trasciende a la oración. “Hoy por ti, mañana por mí”, dice.

De vuelta a Guánica, cuando le pregunto a Casilda sobre la respuesta de la gente que ha llegado de todas partes de la isla, se queda callada. Busca palabras en su libro de sopas de letras y piensa.

Un voluntario se acerca a anunciar que hay comida en una de las carpas contiguas a la de Casilda.

“Fíjate, la gente es la que contesta”, dice y sigue buscando palabras.

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