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Deadspin

¿Por qué tantos luchadores creen en conspiraciones, son desconfiados y sencillamente extraños?

Los participantes en artes marciales manejan políticas muy extrañas.
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19 Sep 2016 – 10:33 AM EDT

A fines de mayo, Tito Ortiz hizo una aparición pública en una manifestación de Donald Trump cargando una calcomanía que decía: “Hillary Clinton mató a mis amigos”. No era la primera vez que había respaldado públicamente al demagogo constructor; este mismo año había estado en un programa de radio y explicó su apoyo a Trump mediante una aproximación confusa de una frase sobre los extremistas y los mexicanos (el propio Ortiz es de origen mexicano). Antes de eso, había concursado en el programa de Trump The Apprentice. El futuro candidato por el partido republicano lo despidió.


La noticia fue asumida como un espectáculo divertido por los aficionados, dada la incapacidad general de Ortiz para hablar y otras rarezas en general. Después de todo, se trata de un hombre que afirmaba tener una "fractura de cráneo" a raíz de una pelea cerrada, salió al compás del himno anti Bush, "Mosh", de Eminem, y casi participa en una pelea de boxeo televisado contra Dana White, el presidente de la empresa promotora de artes marciales mixtas Ultimate Fighting Championship (UFC). Esta fue solo una más de las cosas extrañas que Tito hizo.

Aún así, se trata de un fenómeno más amplio en el mundo de las artes marciales mixtas (MMA, por sus siglas en inglés), que consiste en que los participantes, en todos los niveles, manejan políticas muy extrañas.

Tomemos por ejemplo a Ronda Rousey, quien en 2013 tomó un descanso luego de dominar la división de peso gallo femenina para averiguar la verdad sobre la masacre de Sandy Hook. O Jeff Monson, el excontendiente de peso pesado de la UFC y trabajador social que se trasladó a Rusia y ahora se encuentra en artículos retuiteados denunciando el imperialismo estadounidense. O Tim Kennedy, el peso medio del UFC y comando del ejército que aparece en Alex Jones y tiene las creencias de un seguidor de teorías de conspiración de la John Birch Society, que fue congelado mediante criogenia y revivió a fines de la década de 2000:


Hay docenas de otras figuras de MMA bien conocidas, desde el una vez prometedor Brandon Vera, hasta el renombrado entrenador de agarre Eddie Bravo, cuyos perfiles en las redes sociales parecen mostrar cada conspiración presentada en la historia.

Quizás el ejemplo más grande no es un luchador, sino un analista: el veterano comentarista del UFC, Joe Rogan. Él no desconfía de lo que nos dicen que pasó en 9/11, como algunos afirman erróneamente, pero tiene su parte de creencias "algo idas". El exitoso podcast de Rogan, The Joe Rogan Experience (La experiencia de Joe Rogan), presenta al anfitrión conjeturando sobre todo, desde el asesinato de JFK hasta la droga DMT que abre el “tercer ojo" de la humanidad; y esto viniendo de una de las más prominentes figuras públicas del UFC.

¿Por qué las MMA atraen adherentes de estos sistemas de creencias tan poco comunes? Otros deportes están llenos de competidores apolíticos o chicos que caen en categorías estrechas de conservadurismo religioso o centrismo demócrata. ¿Qué hay en el uso de guantes de cuatro onzas que hace que una persona hable de cómo los egipcios tenían naves espaciales hace 4,000 años, y adviertan que Jade Helm llegará en cualquier momento?

Por un lado, las MMA tienen una “gestión de marca” menos competente que otros deportes. Yo diría que esto es en general una buena cosa, ya que el término evoca profesionales jóvenes elegantemente vestidos con cortes de pelo precisos chasqueando entre sus dientes a otros atletas acerca de lo que es o no un “buen look”. Obviamente, no es que en otros deportes no haya personas extrañas, pero sus puntos de vista aparecen desapercibidos ya que sus organizaciones dedican muchos más recursos a la gestión de su aspecto que, por ejemplo, el UFC.

Aun así, lo importante aquí es sencillo: los luchadores de MMA son personas más extrañas que la población general de atletas.

Los luchadores estadounidenses suelen venir de la lucha libre. Este no es un deporte como cualquier otro. Es brutalmente difícil, solitario, y simplemente no viene con la promesa de gloria o una carrera profesional lucrativa como sí ocurre con el fútbol americano o el béisbol. Los luchadores con talento tienen que hacer frente a la posibilidad de ser desleales con sus propios compañeros de equipo para asegurarse un sitio en las contiendas, para luego obtener becas. Los luchadores tienen amigos en sus equipos, pero bien sea en el tapete después de un período de seis minutos o en la balanza después de una tortuosa pérdida de peso, el atleta está solo en un crisol de aislamiento.


La lucha libre es también una salida para muchos chicos. Tito Ortiz nació de dos padres drogadictos y vivió una adolescencia turbulenta mientras se ocupaba de su propia adicción a las metanfetaminas. A menudo dice que la lucha libre salvó su vida porque era un deporte al que se podía dedicar por completo. También era un camino que podía llevarlo a la universidad por medio de becas. La historia de Ortiz no es inusual.

Otros luchadores provienen de disciplinas que no son realmente imanes para la normalidad por sí mismos. Veamos, por ejemplo, tres luchadores conocidos por su jiu-jitsu brasileño: Fabricio Werdum, BJ Penn y Nick Díaz.

Werdum comenzó a entrenarse en el deporte debido a que el ex de su novia le hizo una estrangulación triangular y lo humilló en su adolescencia. Penn tuvo que dedicarse a ello porque a pesar de venir de una familia acomodada y de su inteligencia, era tan salvaje y propenso a problemas que sus padres le exigieron que entrenara todos los días para que dejara de meterse en problemas. Y Díaz, probablemente el marginado más icónico de nuestro deporte de marginados, era un chico rabioso que se sentía solo, vulnerable y fuera de lugar en cualquier institución. La violencia y la locura le seguían a todas partes. El arte del agarre de Brasil se convirtió en una de las únicas cosas a las que podía dedicarse. Lo hacía sentir en paz.


Ian McCall, peso mosca del UFC, y Matt Brown, de 170 libras, sobrevivieron tras estar clínicamente moribundos por sobredosis de droga para luego convertirse en luchadores de élite. Tal como los deportes de combate se convirtieron en una forma para que Díaz no se sintiera como un extraño, por una vez en su vida, también fue un medio para que Brown y McCall siguieran con vida. El baloncesto, el fútbol americano y el béisbol han hecho sin duda lo mismo para los demás, pero no existe la misma proporción de chicos que murieron físicamente y luego pasaron a competir en un alto nivel.

Cuando cruzamos el océano, encontramos simplemente otros tipos de grupos de marginados de la sociedad. Tomemos por ejemplo los luchadores de Daguestán y Chechenia que han creado disturbios durante los últimos años. Sus identidades geográficas de hecho son algo confusas, y al crecer en medio de dos guerras civiles, interiorizaron varios sistemas de creencias extrañas. Son luchadores que no lograron llegar a los equipos nacionales rusos, tuvieron que hacer dinero, y se dedicaron a las MMA, desembocando en el espectáculo de los mejores luchadores de lucha libre que predican salafismo o nacionalismo ruso. Vaya a cualquier parte del mundo y eche un vistazo a sus luchadores de artes marciales mixtas. Independientemente de la nacionalidad, el origen étnico, la religión, o la disciplina original que los llevó a la lucha, tenderán a tener solo problemas para adaptarse a la sociedad.

Eso no significa que los luchadores sean un grupo de psicópatas enloquecidos que no pueden convivir con los demás a menos que sea en una jaula o en un sótano sudoroso cubierto con colchonetas. Los profesionales con los que he entrenado han sido casi todos dulces, considerados y fáciles para entablar conversación. El ex peso pesado del UFC, Brendan Schaub, tiene un podcast monstruosamente exitoso y una empresa de camisetas. El campeón de dos divisiones, Randy Couture, tiene una incipiente y lenta carrera como actor secundario en películas de acción, así como algunas empresas. El rey del peso pesado de Bellator, Cole Konrad, colgó los guantes para convertirse en un comerciante de productos lácteos, obteniendo ingresos superiores a los que jamás hizo en la jaula.

Aún así, son personas extrañas, ya que por circunstancias extrañas llegaron aquí. Evidentemente, no es que los luchadores estén totalmente aislados de la sociedad, pero tienden a haber experimentado el aislamiento debido a su crianza, los deportes en que compitieron cuando crecían, o simplemente debido al tipo de personas que son. Es parte de la razón por la cual Ortiz apoya con entusiasmo a un hombre que ha llamado a millones de personas como él violadores, y por la cual tantos luchadores siguen tratando de averiguar lo que realmente sucedió durante el 9/11: la propensión a ver amenazas y conspiraciones en todas partes es un rasgo de las personas que, de alguna manera, se sienten aisladas.

Sobre la cuestión de las armas en Estados Unidos, Mark Ames escribió una vez (énfasis añadido):

Mirando en retrospectiva, la reacción violenta de las grandes empresas contra el New Deal y la cultura política que este creó: una cultura política más "colectivista", como los defensores de las libertades burlonamente la llaman, donde la gente estaba más profundamente involucrada con los demás y con sus comunidades, y con esa participación en la política y sus comunidades vino una mayor confianza en sus comunidades. [...] Es mucho mejor entregar armas sin restricciones a la población, darles cobertura legal y estímulo político para que tomen los asuntos políticos en sus propias manos con leyes como "Stand Your Ground" (defienda su posición). De esa manera se termina creando una cultura política de ciudadanos atomizados, atemorizados que creen literalmente estar en guerra unos con otros, y que su única salida es valerse por sí mismos y sus familias.

Tal como los promotores hurtan dinero de patrocinio y derechos de imagen de sus luchadores, los atletas están persiguiendo fantasmas alrededor del WTC 7, enfocándose en complots de ISIS en sus propios patios traseros, e indagando sobre pirámides ocultas. Por ser quienes son y lo que están propensos a creer, los luchadores andan detrás de cualquier cantidad de conspiraciones improbables, incluso mientras sus propios empleadores están constantemente conspirando contra ellos.

Nunca se ha hecho ningún esfuerzo realmente serio para crear una unión de luchadores, ¿y por qué habría de hacerse? Los atletas están tan atomizados como sus políticas. El autoengaño que cualquier luchador debe tener para ser grande implica pensar que son en todo momento los mejores, y que todos los demás luchadores cerca de su categoría de peso son un obstáculo en su camino. Están tan solos como lo estaban cuando daban vueltas en una rutina para bajar de peso en la escuela secundaria, tan solos como estaba Nate Marquardt cuando dejó a su novia para poder entrenar en sótanos en el Japón. Ahí está el conocido estribillo de "hacer lo que sea necesario" para convertirse en un campeón, a pesar de la alta improbabilidad de que esto suceda para la mayoría de los luchadores y el hecho de que de todos modos el éxito financiero no esté realmente garantizado si salen campeones.

Me gusta que mis luchadores sean gente extraña porque nos dan un deporte en el que los competidores son tan raros como los espectadores. Ellos son más representativos de la mayoría de la gente que los otros atletas a los que les cuidan su imagen a muerte.

Pero igualmente, siempre he deseado que aparezca un César Chávez con tatuajes llamativos de crucifijos. Alguien que pudiera eludir las características naturalmente rebeldes de sus compañeros atletas para organizarlos y ayudarles a no ser abusados por promotores con mentalidad de divide y vencerás.

Nadie siquiera se ha acercado a lograrlo. A menudo me temo que nuestros héroes altamente individualistas no pueden, por naturaleza, trabajar entre ellos para evitar que multimillonarios abusen de ellos. Espero estar equivocado.

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Felix Biederman (@ByYourLogic) es escritor y copresentador del podcast @ChapoTrapHouse.

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