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Europa planea construir una ‘isla de la energía’

El continente necesita tomar serias medidas para solventar sus demandas energéticas futuras. Una nueva isla, concebida para generar energía eólica, podría ser la clave.
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24 Mar 2017 – 5:19 PM EDT

Si finalmente Europa va a reducir sus emisiones de carbono, como se comprometió durante el Acuerdo de París, tendrá que modificar la forma en que produce y consume energía.

Las metas son altas: Alemania, por ejemplo, deberá reducir, para 2050 su volumen de gases de efecto invernadero en un 90% respecto de sus emisiones de 1990. A su vez, tendrá que aumentar la cuota de energía renovable hasta en un 80% con relación al total de su producción energética. Metas como las de Alemania se complican por el hecho de que el continente prefiere seguir tomando distancia de la energía nuclear, provocando aún más presión para hallar fuentes renovables limpias. Para decirlo claramente, lo que Europa necesita es un cambio significativo –y rápido– en su modo de producción si busca tener alguna probabilidad de éxito.

Afortunadamente, la región ya se está moviendo en ese sentido, particularmente a través de algunos proyectos interesantes en las aguas del norte de Europa, a menudo azotadas por el viento. El plan más ambicioso fue develado al público a principios de marzo: una nueva cadena de islas artificiales dedicadas exclusivamente a producir energía eólica.

Según lo previsto, el Mar del Norte pudiera sumar un archipiélago compuesto de islas generadoras de energía. Y todo en el plazo de una década. Un consorcio entre alemanes, holandeses y daneses, creado por las compañías TenneT y Energinet, está proponiendo la construcción de una isla de seis kilómetros de diámetro, la cual prácticamente equidistaría de Dinamarca, Noruega, Gran Bretaña, Alemania y Holanda.

Aún en la fase embrionaria del proyecto, se sabe que la isla actuaría como un centro energético en medio de un inmenso parque eólico, cuyas dimensiones no tienen precedentes en ningún lugar hasta la fecha. Rodeada por un conjunto de turbinas con una capacidad generadora de entre 70,000 y 100,00 megawatts, la isla canalizaría esta energía por medio de conexiones de cable directo a los países circundantes. Estas líneas eléctricas también funcionarían como un sistema interconector, por lo que la energía no necesitada podría ser vendida a otros países en períodos de alta producción o poca demanda.

Por último, si bien es poco probable que las islas permanezcan todo el tiempo habitadas, ellas funcionarán como una base ideal para dar servicio tanto a las turbinas como a las líneas eléctricas, proporcionando un espacio temporal para el personal de trabajo encargado de hacer un mantenimiento más barato y más fácil. El video a continuación –aunque raya aún en el plano de la especulación– revela un espacio razonablemente extenso, con un elevado y rocoso rompeolas que albergaría un muelle, una pista de aterrizaje y edificios de servicios, así como una piscina de agua dulce con bordes plantados de árboles. Si el proyecto inicial resulta un éxito, un puñado de islas vecinas podrían sumarse a las obras.


Desde luego que la energía eólica es posible desde hace tiempo e incluso algo común en el Mar del Norte. De hecho, este aloja ya el parque eólico marítimo más grande del mundo, el London Array, ubicado en aguas del estuario del Támesis. Pero con una capacidad de 630 megawatts, ese proyecto sucumbe si se lo compara con el plan de la isla. La construcción de una isla tan lejos de tierra firme, y en un área de poco movimiento mercantil, podría crear múltiples economías de escala, brindando al conjunto de turbinas el espacio suficiente para expandirse donde las condiciones del viento sean óptimas. Pese a la lejanía, la isla puede ser levantada con menos dificultad de la que cabría esperar, ya que el sitio está localizado sobre Dogger Bank, un banco de arena submarino que inicia a unas 62 millas de la costa Este de Gran Bretaña, yaciendo en un entorno de aguas poco profundas.

Como se ha visto, los planes son de gran envergadura, como lo son las necesidades europeas. El Viejo Continente puede difícilmente cumplir sus compromisos de París por medio de, únicamente, el incremento de su sistema de generación a partir de la exigua ayuda de la energía renovable. Necesita una renovación estructural y completa. Un reciente estudio, por ejemplo, estimó que la Unión Europea requeriría cerrar, para 2030, todas sus plantas eléctricas de carbón, pensando en satisfacer sus metas relativas a la reducción del dióxido de carbono (CO2). Este proceso ya se inició. Ahora bien, las alternativas a gran escala que demanda la complicada situación europea no llegarán solo con el financiamiento y planificación por parte de naciones individuales, ya que son de interés de privados también. Además, se puede argumentar con bastante certeza que toda producción que da el salto hacia la energía solar y eólica puede integrarse totalmente a un sistema interconector, lo que significa que estas alternativas pueden ser usadas mucho más allá de la región en que se produce.

Esto no quiere decir que construir la isla energética será una tarea fácil. No existe siquiera un precedente que sirva a decidir el estatus territorial de la isla, por no hablar de que el hecho de que sean aguas poco profundas hace de esa área un hábitat natural de pescadores. Hasta la fecha, el origen de los parques eólicos de poca envergadura ubicados hoy en el Mar del Norte se ha visto marcado por no pocos problemas. La ampliación y el desarrollo del London Array, por ejemplo, han sido detenidos debido a la potencial amenaza hacia las aves de mar en las llanuras costeras cercanas. Entretanto, la construcción en Alemania del parque Bard Offshore 1, de 400 megawatts, se produjo muy por encima del presupuesto, se retrasó y causó muertes entre quienes lo edificaron.

Con todo, no existen razones para asumir que el nuevo escollo de las islas energéticas vaya a seguir los pasos de sus antecesores. Aunque el proyecto será un desafío. Y en lo que respecta a la industria energética, el proyecto echará –también literalmente– nuevas bases.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.


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