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CityLab Vida Urbana

El hombre que lleva décadas tratando de dibujar todo el metro neoyorquino

Con detalles minuciosos, Philip Ashforth Coppola documenta los mosaicos que muchas veces nadie ve.
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25 May 2016 – 12:27 PM EDT

En la estación de la calle 59, a lo largo de la línea de metro de la avenida Lexington en Manhattan, los trenes N°4 y N°5 pasan cada tres o cuatro minutos. Los pasajeros abordan y se apean rápidamente; casi no hay un momento tranquilo en la plataforma. Pero justo después de que se cierran las puertas y el tren parte de la estación, a lo mejor veas un hombre solo todavía parado ahí. Y en vez de mirar a la vía a ver si viene el próximo tren, mira a la pared, haciendo un bosquejo rápido.

En 1978 Philip Ashforth Coppola, un residente toda la vida de New Jersey, empezó un proyecto: documentar todo el arte de las paredes del sistema del metro de Nueva York mediante dibujos y descripciones. Planeó dedicarse a esto durante un par de meses, pero casi 40 años después aún no ha terminado. Coppola ahora piensa que le tomará hasta 2030 para documentar todas las 469 estaciones y, aunque ha aflojado su paso un poco —ya está al final de la sesentena—, no piensa parar.

En el transcurso de su proyecto —recopilado en seis volúmenes ilustrados llamados Silver Connections o Conexiones Plateadas— Coppola ha ido avanzando metódicamente por el laberinto del sistema de tránsito de Nueva York. Su actividad es artística, ya que los dibujos de Coppola —graduado de la Escuela de Diseño de Rhode Island— son precisos. Pero también se trata de algo más. Cuando llega a la ciudad para trabajar, Coppola va a uno de dos lugares: a las estaciones o bien a la Biblioteca Pública de la Ciudad de Nueva York, donde revista registros viejos y rastrea la historia de las líneas del metro desde principios del siglo XX hasta el presente. Sus imágenes revelan el conocimiento de un erudito: Coppola lista el año y el contrato bajo el cual cada estación fue construida, el cual se remonta a la comisión de transporte original de 1900. Además, Coppola puede detectar la firma de cada empresa arquitectónica involucrada en la construcción.


Pero son las obras intricadas tipo mosaico las que originalmente le llamaron la atención. De niño, el papá de Coppola le dijo que algunas estaciones de metro tenían imágenes de mosaico incrustadas en las paredes. “No tenía una afinidad particular por el transporte público ni por la ciudad cuando era joven”, dice Coppola. Pero empezó a fijarse más. A finales de los años setenta empezó a notar que construcción había empezado en algunas estaciones. Las estaban modernizando y quitándoles sus viejas ornamentaciones para sustituirlas con filas de ladrillo estándar. Ya para ese tiempo se había remodelado a la estación de Bowling Green y Coppola revisó los archivos del Museo del Transporte Público de Nueva York para buscar pistas acerca de cómo se veía antes. Encontró fotos grandes a todo color y lo que vio fue extraordinario y a la vez devastador: donde ahora había uniformidad tediosa, antes había cornisas elegantes y patrones intricados de verde mar y azulejos de naranja quemado.

Coppola lo dibujó todo, poniéndoles etiquetas a los colores y centrándose en los detalles encontrados en los márgenes. La estación de la calle Cortlandt también estaba bajo construcción en aquel tiempo, pero Coppola llegó a ella antes de que se tapara el mosaico de lancha que tenía. Su primer bosquejo de la estación lleva la fecha del 3 de agosto de 1978. Es un esbozo rápido, pero tiene todos los elementos clave, tanto los colores como el número preciso de azulejos que componen la composición del mosaico.

Desde que realizó sus primeros dibujos, Coppola ha establecido una rutina. Trabaja en una línea a la vez, moviéndose desde el terminal de Manhattan hasta los condados exteriores. Pasa una jornada de ocho horas en una estación. Actualmente está documentado la estación de la calle 59. “Tengo que entender cómo está construida la estación”, dice Coppola. No se trata de solamente las decoraciones sino cómo se ajustan a la arquitectura general. “Yo cuento la cantidad de vigas ‘I’ y los pilares; yo mido azulejos del piso para entender la distancia”, dice. En cuanto ya tenga en mente la imagen general de la estación, se centra en los detalles de los mosaicos. “Hay muchos elementos”, dice. “Tienes que contar filas y etiquetar los colores y si realmente quieres entender la composición, tienes que entender cuánta distancia existe entre un elemento y el próximo. Necesito saber: ¿cuál es la altura del azulejo en la pared? ¿Es de 4 pulgada por 4 pulgadas? ¿O de 3 pulgadas por 6?”.

Es mucho lo que hay que asimilar, dice Coppola. “Lo que normalmente sucede es que llego a mi casa totalmente cansado y sintiéndome sucio y entonces me doy cuenta: ‘Espera, no sé qué tan larga es aquella extensión o donde exactamente se ubica el letrero’. Entonces tengo que regresar y hacerlo todo de nuevo”, dice. Trae una cámara para complementar sus apuntes sumamente detallados, pero, aun así, le toma dos o tres viajes para documentar bien una estación.

Pero vale la pena. “Algunas personas dicen que le estoy haciendo un gran favor a la ciudad, pero no soy quien para afirmar o negar eso”, dice Coppola. Otros han sido menos reticentes. En 2005 el cineasta realizó un documental titulado One Track Mind sobre el proyecto de Coppola. Además, a cada rato Coppola recibe cartas de la Autoridad de Transporte Metropolitana para agradecerle por prestar atención a un sistema que con frecuencia sólo se ve como una necesidad y no como un logro artístico con méritos propios.


En el transcurso de su proyecto, Coppola ha notado un cambio en la actitud hacia las estaciones. “Cuando el metro inició operaciones en 1904, la gente quedó impresionadísima… era bello”, dice. Pero pronto se volvió parte de la rutina diaria y perdió su novedad. Entonces sucedió la Gran Depresion y vino la guerra. “Cuando se presentan amenazadas e instabilidad, el arte y la decoración toman un puesto de segundo plano”, dice Coppola. Se acuerda de leer una nota en Transit —la antigua revista para los empleados de la Autoridad Metropolitana de Transporte— que describió cómo una mujer había llamado a la Autoridad para preguntar por qué algunas estaciones estaban decoradas con mosaicos, para que luego el hombre de la Autoridad le contestara: “¿Cuáles mosaicos? ¿En nuestro metro?”.

Ahora, dice Coppola, la gente de nuevo ha empezado a reconocer la belleza del metro. “Ha habido un movimiento hacia la preservación y el aprecio”, dice. “La gente está diciendo: ‘Mira lo que tenemos aquí’”. Coppola está agradecido del cambio. “De lo contrario, no tendría trabajo”, dice.


El libro Silver Connections está disponible en distintos precios, entre $40-$175, en New York Bound Books.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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