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CityLab Vida Urbana

Cómo amar el lugar donde vives

En el libro This Is Where You Belong, Melody Warnick experimenta con ideas para sentirse en casa en cualquier lugar.
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13 Sep 2016 – 11:52 AM EDT

Hay tres grandes decisiones grandes que tomamos en nuestra vida: lo que haremos para vivir, a quién escogeremos como compañero permanente y dónde viviremos. Hace mucho que he dicho que la última decisión es la más importante de todas, ya que influye fuertemente en las otras dos. Donde vivimos desempeña un papel enorme en cuanto a las oportunidades de trabajo y redes profesionales que están a nuestro alcance, así como las personas que conocemos, con las que salimos y con las que escogemos al final como nuestros compañeros permanentes.

En el reciente libro This Is Where You Belong (“Aquí es donde encajas”), Melody Warnick analiza detenidamente las maneras en que nuestro sentido a apego a un lugar en particular afecta a nuestro trabajo, familia y felicidad en general. Hace esto mediante el lente de sus propias mudanzas, particularmente la última de Austin, en Texas, a Blacksburg, en Virginia. En el libro ella lleva a cabo una serie de experimentos para “amar el lugar donde vives” y así ver si es posible desarrollar “apego a un lugar” dondequiera que estés.

Ella es la persona ideal para hablar no sólo de cómo el lugar donde elegimos vivir afecta nuestras vidas, sino también de cómo debemos abordar esa elección.


Cuéntanos de tu propio camino para encontrar tu lugar.

–Pasé mi infancia viviendo en el mismo rincón en el sur de California y nunca me mudé ni una sola vez. Después de la universidad me casé y por varios motivos (trabajos, escuela, estar más cerca de los padres) mi esposo y yo vivimos en cinco estados en doce años. Algunas de estas ciudades me asentaron mejor que otras y me volví ligeramente obsesionada con el pensamiento de que si pudiera encontrar la ciudad perfecta para mí, todo en mi vida tomaría su lugar. Pero la ciudad perfecta nunca fue donde estaba viviendo, siempre era la próxima, dondequiera que estuviera.

No fue hasta esta última mudanza a Virginia hace unos años que finalmente decidí que lo estaba haciendo mal. Estaba extenuada por todas las mudanzas y sintiéndome negligente por llevar a mi hija mayor por tres escuelas primarias. Y pensé: “tengo que buscar la forma de ser feliz aquí”. Poco después descubrí el concepto de apego a un lugar, el lazo emocional que la gente tiene con donde viven. Desde ese momento la misión se convirtió en hace cosas que me harían sentirme más apegada a mi pueblo en lugar de recoger y empezar de nuevo en otro lugar.

Hay un dicho que reza “El pasto es más verde del otro lado de la cerca”. Muchos de nosotros creemos que la cosa estará mejor en otro lugar. Pero tú dices que la clave está en el “arte de adorar” donde estás. Háblanos un poco más de eso.

–Durante mucho tiempo fui adicta a la idea de un nuevo comienzo. Compramos una casa en Austin, Texas, y dos meses después estaba investigando propiedades en Indianápolis. El miedo de perderme una experiencia era como una enfermedad mental para mí. Hasta cierto punto es cierto que donde vivimos fundamentalmente cambia nuestra vida. Revisa los datos de Raj Chetty que indican que los niños ascienden socialmente más en algunos países que en otros. Donde vivimos importa. Pero también importa simplemente adorar donde vives, lo cual ha sido vinculado con mayor longevidad, el bienestar y el crecimiento en PIB local. Puedes sentir pánico por estar perdiéndote alguna utopía no descubierta en Vermont o puedes afianzarte y hacer una inversión emocional en el lugar donde estás ahora mismo.

En el libro, dices que muchas personas, particularmente los jóvenes, esencialmente eligen los lugares donde vivirán como si estuvieran saliendo en citas a ciegas. ¿Eso es realmente cierto? ¿Cuáles son los otros factores que impulsan nuestras decisiones en cuanto a dónde vivimos?

–Hay un estudio que se cita con frecuencia que indica que casi dos tercios de los millennials quieren escoger a su ciudad primero y luego encontrar un trabajo en ella, en lugar de ir adonde un empleo los lleve. Eso me indica que estamos prestando atención a la comunidad holística y su potencial de hacernos felices más allá de la satisfacción con el trabajo. Estamos haciendo preguntas como “¿Puedo caminar aquí? ¿Puedo montar kayak? ¿Hay buenos restaurantes? ¿Puedo encontrar a mi tribu aquí?” Los lugares no son simplemente telones de fondo aleatorios. Definen y facilitan los tipos de vidas que queremos vivir.

Describes a las ciudades como si tuvieran personalidades. ¿Cómo sus reputaciones les dan forma? ¿Se pueden cambiar o existe en un punto en que los lugares no pueden cambiar?

–Me encantan las investigaciones de Jason Rentfrow sobre cómo personas con ciertas características de personalidad se congregan geográficamente. Por ejemplo, en Estados Unidos hay congregaciones de personas neuróticas en el noreste y personas más abiertas en las regiones costales. Las ciudades terminan manifestando las personalidades de la gente que vive en ellas y eso atrae personas parecidas quienes lógicamente piensan que encajarán en ellas. Con el tiempo esas reputaciones se autoperpetúan. La gente estrafalaria acude en masa a Austin porque ha oído que es estrafalaria y entonces la ciudad se mantiene estrafalaria.

Las reputaciones de ciudades tienden a cambiar lentamente, pero lo hacen en sincronización con cambios poblacionales y económicos y a veces se dan porque grupos de ciudades realmente quieren cambiar la reputación de un lugar. Eso está ocurriendo ahora mismo en ciudades como Detroit y Akron, donde “creadores de lugares” están transformando su identidad local con cada una tienda pop-up o incubadora empresarial [que surge].

Muchas personas dicen que cuando la generación de uno envejece y tiene hijos, se mudará a los suburbios tal como hicieron los demás. ¿Te parece que la idea de “asentarse” cambiará para tu generación?

–Empecé la redacción de This Is Where You Belong con la suposición de que una persona que realmente adoraba su pueblo se quedaría allí para siempre. Y entonces me quedé fría al enterarme de personas que adoraban sus lugares y aun así se mudaron. Hablé con un joven llamado Nick Arnett quien había sido un evangelizador para Fort Wayne, Indiana, pero un par de años después se había mudado para Chattanooga.

En general los estadounidenses son un poco nómadas, pero la verdad es que la gente cambia a lo largo del tiempo y las ciudades también. [Puede llegar] el momento en que te das cuenta que uno lugar que antes adorabas ya no te conviene. No existe el lugar perfecto, sólo el lugar ideal para ti en este momento. Entonces invierte todo lo que puedas en tu ciudad durante el tiempo que estés ahí, y luego hazlo de nuevo en tu próximo lugar.

¿Puede tu ciudad realmente hacerte feliz? De ser así, ¿cómo?

–Mi teoría es que las ciudades no nos hacen felices. Nosotros nos hacemos felices en nuestras ciudades. La buena noticia es que al apego a un lugar no le importa si vives en lo que es objetivamente la mejor ciudad del planeta (ni que esta exista). La alegría proviene de sentirte apasionado acerca de donde vivas, sin importar qué, sin importar cómo.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.


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