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Redadas

‘Si me deportan me matarán como a mi hijo’: la angustia de una mujer que vive escondiéndose de ICE

Hace casi un año, el hijo de Lilian Peña fue asesinado a tiros en la capital de Honduras. Esto ocurrió solo tres meses después de que el gobierno de EEUU rechazó su petición de asilo político y lo deportó a su país.
6 Abr 2017 – 4:28 PM EDT

LOS ÁNGELES, California.- Desde hace un año Lilian Peña vive con el alma en un hilo. Primero mataron a tiros a su hijo mayor en Honduras, luego sus familiares allá fueron echados de sus casas por delincuentes y ahora esta madre de seis menores de edad se esconde en su hogar en Los Ángeles para evitar que una deportación la ponga frente a los asesinos de su hijo.

“Si me deportan me matarán como a mi hijo. Me mandarían a la muerte”, dice a Univision Noticias esta mujer que se gana la vida limpiando oficinas en edificios de Los Ángeles, California, durante las madrugadas.

Peña, de 41 años, sale a la calle únicamente para ir al trabajo, a la escuela de sus hijos y para comprar alimentos. Nada más. Los operativos que en las últimas semanas ha realizado el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en esta metrópoli la mantienen como una presa en su propio domicilio.

Su ansiedad no ha disminuido a pesar de que las cifras indican que las redadas migratorias son incluso menos a las que realizó la administración anterior, la de Barack Obama.


“Siempre tengo ese temor. Digo: ‘salgo de la casa, pero no sé si voy a regresar’”, comenta quien llegó a Estados Unidos en 1996 y desde entonces vive en las sombras como 11 millones de indocumentados.

Su principal miedo no es que los agentes de ICE toquen su puerta, sino que la estén esperando afuera de su casa, ubicada en un humilde barrio del oeste angelino. “Ellos saben que uno tiene que abrir la puerta”, dice.

Según ella, si la atrapa la maquinaria de deportación de Donald Trump dejaría a seis huérfanos, de entre 5 y 17 años. En Honduras, asegura, han firmado su sentencia de muerte.

'Le pegaron dos balazos en la cara'

El mundo de Peña se vino abajo aquel 24 de mayo de 2016, cuando recibió una llamada telefónica en la cual le dieron una trágica noticia: su hijo mayor, Erick Castro, de 23 años, había muerto a balazos frente a su abuela. ¿Los sospechosos? Pandilleros de la Mara Salvatrucha que lo habían amenazado.

Esto pasó solo tres meses después de que el joven fue deportado a San Pedro Sula, luego de que el gobierno de EEUU rechazara su petición de asilo político.

“Frente a mi madre lo golpearon y después le pegaron dos balazos en la cara y cuando lo vieron en el suelo le pegaron un balazo en el estómago”, detalla Peña sobre el desenlace de su hijo, a cuyo sepelio no pudo acudir por ser indocumentada.

El caso de Erick, quien dejó una huérfana de cuatro años, fue usado por organizaciones en California para exponer una crisis en las cortes de inmigración. Y es que el muchacho se presentó ante un juez sin representación legal, como ocurren con siete de cada diez indocumentados en las cárceles de ICE, lo cual eleva las posibilidades de que sus procesos sean negados.

Peña cuenta que su hijo corría peligro desde que su padre, Rafael Castro, un líder comunitario, fue muerto a balazos porque reparó un muro que protegía su barrio, en San Pedro Sula.


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Cuando los sospechosos se enfocaron en Erick, éste huyó a EEUU trayendo en su equipaje el acta de defunción de su padre y los recortes de los diarios que documentaron el homicidio, pero esas pruebas y las súplicas del centroamericano fueron desechadas por un tribunal migratorio en Texas.

Trajo el periódico que mostraba a su padre muerto, tirado en el suelo, y estuvo peleando por 11 meses en la cárcel para que le dieran asilo político. Peleó hasta el final, pero lo deportaron”, cuenta Peña.

Poco después de esta tragedia, los pandilleros acosaron a sus parientes, dice ella. “Sacaron a mi familia de sus tres casas. Ahora esas casas están abandonadas”, asegura.

Por si fuera poco, esta mujer recién enfermó de diabetes y depresión, y perdió sus muebles después de que no pudo pagar la renta de una bodega, esto tras el desalojo en la casa donde rentaba un cuarto.

“Yo le diría al presidente que no sea malo, que no nos deporte a los centroamericanos porque allá la vida no vale nada”, dice Peña.

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