“Algo dentro de mí estaba muriendo”, así describió la activista afrolatina Karla Sáenz los 48 días que pasó bajo custodia de ICE en el Centro de Detención de Eloy en el condado de Pinal, Arizona. “Todas las noches lloraba (...) ahí nadie descansa. “Yo me hincaba a orar a Dios, a pedirle que por favor me sacara de ahí, todas las noches”, dijo Karla, quien fue colocada en la división masculina del centro.
“Algo dentro de mí estaba muriendo”: así fue la experiencia de la activista trans que pasó 48 días bajo custodia de ICE
Karla Sáenz narra su experiencia en el Centro de Detención de Eloy y cómo durante los días detenida obtuvo la fuerza para luchar por los demás miembros de su comunidad.
Karla migró de Venezuela en 2023 con una solicitud de asilo para poder huir de la transfobia y el racismo que sufría en su país natal. Aunque perseguía el “sueño americano” renunció a esa idea una vez en territorio estadounidense; con tristeza tuvo que reconocer que el sistema de opresión contra las mujeres trans y las personas racializadas no hacía excepciones geográficas.
La decepción que sintió en ese momento le generó una impresión de soledad durante su proceso migratorio. Esta sensación de abandono social fue determinante para la construcción de su carácter como activista cuando encontró a Trans Queer Pueblo, un colectivo en Arizona encargado de alzar la voz por las personas LGBTIQ+ que se encuentran bajo custodia de ICE.
A Karla la detuvieron el 9 de marzo en una cita rutinaria de supervisión migratoria mientras su caso de asilo seguía en trámite. Previo a su detención, el colectivo se movilizó por la detención de Yari, una mujer lesbiana que padece cáncer y cuyo estado de salud ha empeorado a lo largo de los 15 meses que ha estado en el Centro de Detención de Eloy. Al ser una de las voceras principales de esta causa, Karla sospecha que su detención fue una represalia.
Karla acudió a la agencia federal USCIS (Servicio de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos) para registrar sus huellas dactilares luego de oficializar su cambio legal de nombre. Luego de entregar sus documentos, las autoridades la dirigieron a un cubículo aislado del resto de personas. Ahí dentro, a través de una videollamada, la activista fue interrogada; luego de verificar su nombre y su dirección, cinco agentes de inmigración entraron a la habitación para decirle que estaba detenida.
Las autoridades migratorias sostuvieron que existían incumplimientos previos en su régimen de supervisión para su detención, aunque Karla recuerda que no le mostraron la orden judicial. A pesar de lo crítico de la situación, ella asegura que se mantuvo muy tranquila durante el arresto: “Estadísticamente, ya yo sabía lo que pasaba” aseguró y adelantó cuál sería el siguiente reto que tendría que enfrentar: “Sabía que me iban a trasladar con hombres, sabía que mi convivencia iba a ser con hombres, sabía que no iba a ser fácil, pero siempre fui mentalizada”.
“El hoyo”: Los primeros seis días de Karla en el Centro de Detención de Eloy
Un día después de su llegada al Centro de Detención de Eloy, Karla fue acusada de tener Covid-19 y trasladada a “El hoyo”. La activista afirma que ahí dentro pasó los primeros seis días de su detención sin bañarse y malcomiendo.
Aunque ella asegura que no se le hizo una prueba para corroborar la presencia de Covid en su organismo, reconoce que “todo el mundo tiene un virus ahí dentro” y lo relaciona con que nunca se apagan los aires acondicionados al interior del centro: “No se puede ni respirar”.
“Cuando yo llego, inmediatamente al día siguiente me trasladan al hoyo con supuestamente Covid y duro seis días en El hoyo. Se olvidaban de darme comida, se olvidaban de dejarme bañar, y siento que de esa manera tomaron represalia. [Querían que yo tomara miedo, pero no. Me hizo más fuerte.”
De acuerdo con su testimonio, esta área del Centro de Detención es el lugar donde colocan a los detenidos que se considera tienen un mal comportamiento. Karla lo recuerda como un lugar sin puertas, sin ventanas y sin luz: “No ves a nadie, no socializas con nadie, no lees, no hay nada. Estás tú con una cama y un toilet. Ya. No hay ni un espejo”.
La comunidad que Karla construyó al interior se encontraba bajo constante amenaza de ingresar a esta zona de castigo, si alguno de ellos protestaba por la discriminación y el maltrato que recibían por parte de los agentes, eran recluidos a “El hoyo”; esto les generaba una sensación de impotencia.
“No podíamos hacer nada o éramos recluidas al lugar más espantoso” describió Sáenz.
La vocación como activista de Karla prevaleció durante su detención
A pesar de identificarse como una mujer trans, Karla fue colocada en la división masculina del centro. “Siempre estuve con hombres, aunque pedí y exigí que me pusieran con mujeres. Ellos admitieron que el sistema no me podía colocar con mujeres, que no estaban preparados y miles de excusas, como siempre”.
Al séptimo día de su detención, la activista fue absuelta de su aislamiento en “El hoyo”; aunque esto parecería un alivio, en realidad le generó una sensación de angustia, pues tendría que convivir de cerca con los hombres —en su mayoría cisgénero y heterosexuales— al interior del centro.
Para este momento, Karla ya se había enfrentado a las primeras agresiones por parte del personal de ICE: se referían a ella por su antiguo nombre en lugar de usar su apellido, le suspendieron su tratamiento hormonal, se negaron a darle ropa interior femenina (especialmente un brasier) y le prohibieron anudar su uniforme para hacerlo ver más femenino.
Al salir del área de castigo, sabía que los ataques se duplicarían, pues ahora vendrían por parte de sus compañeros también, quienes la veían como un hombre o como un objeto sexual. Ella asegura que al principio recibió muchos comentarios “asquerosos” y que fue el blanco de muchas burlas.
A sabiendas de que las autoridades migratorias no intervendrían en su caso, una de las primeras estrategias de las que Sáenz echó mano “para poder sobrevivir dentro de ese lugar” fue identificar a los otros miembros LGBTIQ+ y, al igual que la primera vez que se sintió sola en Estados Unidos, formó una comunidad junto a otras tres chicas trans y dos chicos gays.
La activista sintió una afinidad con ellos porque se imaginaba lo asustados que podían estar: “Si yo la estaba pasando mal, que tenía a mi familia, Trans Queer Pueblo, afuera respaldándome; imagínate ellos, que no tenían ningún apoyo ni moral, ni económico, ni legal. Ninguno”.
“Siento que las otras mujeres trans y parte de la comunidad, estando en ese tipo de situación, estamos un poco más vulnerables, pero ellos no entienden nada”. Por esto, Karla decidió que se encargaría de “ educar” a sus compañeros heteronormados y hacer que respetaran a los miembros de la comunidad LGBTIQ+ con quienes compartían el encierro.
“Tampoco es culpa de ellos”, dijo, refiriéndose únicamente a los otros detenidos, “es un sistema que nos ha llevado a que nos traten así [con burlas] o nos vean a nosotras las mujeres trans de cierta manera”.
“Cuando llegué, tuve problemas, tuve discusiones, lloraba, pero dije: "Yo no me puedo desvanecer porque, si yo tengo el conocimiento, si soy una mujer politizada, debo compartir esos conocimientos que ellos no tienen; es mi responsabilidad como vocera (...). Aclaré dudas y los eduqué, les exigí que me respetaran como lo que yo soy: una mujer trans. Y [que respetaran] a toda la comunidad [LGBTIQ+] que aún está ahí adentro. Mi bloque, que era el bloque alfa, entendió eso; aprendieron a respetarme”.
La lucha no termina con su liberación
Karla Sáenz fue liberada el 22 de abril después de que un juez federal falló a favor de la defensa de la activista, que argumentaba una detención que carecía de fundamentos legales suficientes e incumplimientos del gobierno en el proceso.
La noticia fue celebrada por sus compañeras de Trans Queer Pueblo y por la propia Karla, quien ofreció una rueda de prensa dos días después para denunciar las condiciones en las que vivió los 48 días de su detención.
En su tiempo bajo custodia de ICE, únicamente recibió su tratamiento hormonal los tres días antes de salir; aunque desde su ingreso la activista venezolana se recargó en recursos legales, haciendo que un endocrinólogo y una psicóloga enviaran cartas a las autoridades del centro explicando la importancia de darle seguimiento a la medicación, no logró evitar la suspensión durante un mes y medio.
Además de la transfobia, Karla asegura que sufrió racismo por parte de los agentes y las enfermeras, quienes le daban la espalda cada que les pedía repetir lo que decían para que algún compañero le pudiera traducir.
Sáenz asegura que toda esta segregación al interior del centro no hizo más que fortalecer su convicción para luchar por los derechos de los inmigrantes y de la comunidad LGBTIQ+ junto a Trans Queer Pueblo. Los orígenes de este proyecto se remontan a 2013, diez años antes de que Sáenz llegara a los Estados Unidos, bajo el nombre de Arizona Queer Undocumented Project.
Cuando Karla encontró su refugio en la labor social, fue ganando presencia dentro de las tareas del colectivo, hasta convertirse en una de las voceras principales e incluso ser considerada la “líder”. Karla se encargaba de difundir casos como los de Yari, de impartir talleres para ayudar a otras mujeres trans a construir una identidad y de reclutar a nuevos miembros dispuestos a ayudar a Trans Queer Pueblo en sus labores.
A pesar de su experiencia en el Centro de Detención de Eloy y de la sospecha de que fue una represalia por su activismo, Karla dijo que continuará con su trabajo para apoyar a las minorías: “Aquí estamos para ayudar en lo que se necesite (...) hay un equipo maravilloso que está aquí para trabajar con todas las personas que estén en detención”.






