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A la madre la mataron en Tijuana y sus 5 hijos están a punto de quedar sin casa en California

Tras el asesinato de Sandy Merino, quien presuntamente era esclava sexual en México, la abuela se hace cargo de los menores. Pero ahora tiene dificultades para mantenerlos y enfrenta un proceso de desalojo de su casa móvil en Los Ángeles.
17 Jul 2018 – 8:58 PM EDT

LOS ÁNGELES, California.– El celular de Noemí Reyes sonó el 28 de febrero. Era su hija Sandy Merino, quien desde Sonora (México) le avisó que viajaría a Tijuana para resolver un asunto y le prometió reencontrarse con sus cinco hijos en Los Ángeles. La abuela se llenó de esperanzas: pensaba que su hija finalmente escaparía de las garras del tráfico sexual en la frontera y reharía su vida en EEUU.

Una semana después recibió otra llamada desde México, pero en esa ocasión habló un funcionario de Tijuana para darle una mala noticia. "Me dijo que fuera a recoger el cadáver de mi hija porque le habían quitado la vida (…) La autopsia dice que le dieron dos balazos en el tórax y uno en la frente", relata con pesar Noemí, en una entrevista con Univision Noticias.

"Es lo peor que le pueden hacer a una madre, dejaron destruida a toda una familia", agrega.

El 7 de marzo, la oficina del Médico Forense de Tijuana entregó el cuerpo de la joven a su familia, pero no la pudieron sepultar por falta de dinero. Ahora sus cenizas reposan en la casa de su madre.

Sandy, quien nació en Los Ángeles, tenía 24 años y dejó a cinco huérfanos de entre 1 y 8 años. Cuando la asesinaron los niños ya estaban bajo la responsabilidad de la abuela. Trabajadores sociales en Tijuana le quitaron la custodia respondiendo a una denuncia de abuso infantil y Noemí logró que le confiaran el cuidado de los menores en junio de 2017. Desde entonces viven con ella en Los Ángeles.

Esta mujer que nació en Guatemala hace 46 años no juzga a su hija. Asegura que Sandy pasó de ser una madre adolescente a una sobreviviente de violencia doméstica y después terminó bajo el control de un novio que amenazaba con matar a uno de sus hijos para que ella ejerciera la prostitución en Tijuana.

Noemí sospechaba que Sandy era una esclava sexual porque solo llevaba a sus hijos mayores cuando la visitaba en su casa en Lancaster, en el norte del condado de Los Ángeles, y pronto se regresaba a Tijuana. El niño pequeño se quedaba con su novio como aval de que volvería a México.

"Se iba porque alguien le llamaba para amenazarla", relató Noemí. "Le decía que si no regresaba nunca más iba a volver a ver al niño, que lo iba a desaparecer. Ella tenía mucho miedo", aseguró.

"Mató a golpes a su propio hijo"

Teniendo 17 años Sandy dio a luz a su primer hijo, Ángel José Rodríguez, ahora de 8 años. Luego nacieron Gabriela Star, quien ahora tiene 5 años, y Eduardo Daniel. En 2012, al padre de los niños lo deportaron a México y Sandy se mudó a la ciudad fronteriza de Tecate, donde vivieron un infierno. Lejos de su familia, la joven era golpeada constantemente por su esposo.

La asistencia del gobierno de EEUU que recibía Sandy por sus hijos y su trabajo esporádico en ferias en California eran el único sostén de la familia en Tecate.

Un trágico día de 2013, la joven llevó a su hijo Ángel José a las vacunas en este lado de la frontera y al regresar encontró en estado crítico a su hijo menor, Eduardo Daniel, entonces de 2 años. Poco después falleció en un hospital. "La primera pareja de mi hija mató a golpes a su propio hijo", contó Noemí, quien asegura que el asesino ahora purga una condena de 30 años en una prisión mexicana.

Deprimida y con dos niños pequeños, Sandy se enamoró de un hombre de Tijuana que resultó ser un traficante sexual que la obligaba a prostituirse en burdeles. Para controlarla le quitó todas sus identificaciones y la amenazaba con matar a sus hijos. Con ese novio tuvo otros tres niños: Isaac Mondragón, de 3 años, y los gemelos Joshua y Jacobo, de casi 2 años.

"El niño de 8 años (Ángel José) dice que incluso estando embarazada él le pegaba a su mamá", lamentó Noemí, quien asegura que su nieto mayor es el que más traumas acarrea. "Dice que un día lo metió a una bolsa negra y que lo iba a tirar al basurero. Ya lo llevaba, pero lo rescató un vecino", contó.

"Ese niño ahora está en terapia psicológica porque el hombre los tenía sin luz, agua, ni comida en Tijuana", señaló ella. "No puede ir solo al baño ni al cuarto, porque tiene mucho miedo".

En el verano de 2017, el padre de esos niños fue asesinado en México. Sandy corrió con la misma suerte el pasado 3 de marzo en Tijuana, siendo parte de una escalofriante cifra: en los primeros tres meses de este año 50 mujeres murieron violentamente en esa ciudad, agobiada por una guerra entre carteles.

Con un pie en la calle

A pesar de los esfuerzos de la abuela, en California estos niños también han pasado momentos difíciles. Después de pasar tres meses en un albergue, ahora enfrentan un proceso de desalojo de la casa móvil a la cual se mudaron en junio. Por el tamaño de esta familia les han negado alquilar otras viviendas.

El dueño de la casa móvil ubicada en Rosamont, en el condado Kerns, le notificó a Noemí que los está echando por las quejas de los vecinos. Ella cree que solo es un pretexto. "Dice que los niños gritan y lloran mucho", reclama.

"Nosotros queremos darles un lugar estable a los niños, que tengan su propio cuarto, que vayan a la misma escuela", señala Noemí con la voz entrecortada. "Yo quisiera regresarles a su mamá, pero no puedo, solo darles el amor que necesitan", agrega.

En 1980, Noemí y su madre emigraron de Guatemala y lograron legalizarse a través de la Admnistía Migratoria que concedió el gobierno de Ronald Reagan. Aquí nacieron sus tres hijos varones y Sandy, a quienes mantuvo vendiendo calcetines en un puesto callejero y limpiando casas. Los últimos años ella ha vivido con su madre de 76 años, quien padece artritis, y su padre de 78 años.

La inesperada crianza de sus cinco nietos le ha impedido trabajar y ni siquiera tiene un auto en el que pueda transportarlos, dice ella. Por eso abrió una cuenta en la página GoFundMe para colectar dinero con la ayuda de la gente.

"Yo me esfuerzo para no comprarme algo y darles a ellos. Mi sueño es que sean profesionistas, que sean felices", dice esta guatemalteca. "Hace poco Ángel (el nieto mayor) me abrazó y me dijo: ‘Tú eres una buena abuela. Gracias’", relató con lágrimas.

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