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¿Y ahora quién podrá ayudarnos? ¡Nosotros! Porque ni El Chapulín

Sí, estamos todos desconsolados y aterrados, pero también ante una oportunidad única para pelear por lo que es nuestro como sociedad, como ciudadanos, con o sin papeles.
Opinión
Laura vive en Nueva York. Se siente periodista entre los blogueros; bloguera entre los periodistas y 'no contaban con su astucia'.
2016-11-15T23:07:05-05:00

En los días que siguieron a la fatídica madrugada del 9 de noviembre ocurrió algo extraordinario: mi teléfono volvió a sonar. Amigos, conocidos y ex colegas cuya voz no escuchaba hacía años empezaron a llamar. ¿Estás bien? ¿Cómo la vas llevando? ¿Necesitas algo? Hay que juntarnos. Vamos a platicar. Organicémonos. Hagamos algo. ¡Pero ya!

La victoria de Donald Trump nos sumió a muchos en una tristeza profunda y, a otros, en la franca desesperanza. Algunos nos metimos a un rincón muy oscuro donde no hicimos más que llorar. Un cuate mío incluso contempló el suicidio y otros cuantos empezaron a planear un inminente cambio de país.

Pues sí, estamos desconsolados y, sobre todo, aterrados, pero conforme pasan los días y vamos pasando de la negación a la rabia y de la rabia a la aceptación, el panorama se empieza a aclarar.


Además de lo estupendo que fue escuchar la voz (y ver la cara) de tanta gente a la que ya sólo veía en la forma de tuits, posts, SMS, instagrams o snaps, me di cuenta de que el espanto colectivo es algo que nos llevará a algo muy bueno. La victoria de Trump, con todas sus aterradoras implicaciones y el negro panorama que nos pinta, era justo lo que necesitábamos para sacudirnos de verdad; para salir de nuestra burbuja y pelear por lo que nos pertenece como sociedad, como inmigrantes, como minorías, como trabajadores, como ciudadanos con o sin papeles.

“Estamos ante una gran oportunidad”, me dijo Carlos, uno de esos cuates cuya voz escuché por teléfono después de mucho tiempo de chacotear solo por Messenger. “Estos son nuestros primeros 100 días; los de Trump empiezan hasta el 2017... vamos aprovechándolos”, me informó con un entusiasmo contagioso.

Buena idea, pero ¿cómo?

Lo primero será salir de esta muina que nos embarga a tantos y empezar a movilizarnos. Hay que apoyar desde ya — con donaciones o trabajo voluntario — a organizaciones de defensa a las libertades civiles o de apoyo a los grupos menos favorecidos; tendiendo una mano a las comunidades más vulnerables; a esos que realmente están en las sombras y que son los más propensos a ser víctimas de esta nueva administración; a los inmigrantes indocumentados trabajando en el campo, en las bodegas, en los restaurantes carísimos de Nueva York. En las Trump Towers del mundo. Empecemos hoy mismo. Nuestros primeros 100 días ya empezaron a correr y todavía faltan dos meses para que Trump se instale en la Casa Blanca y empiecen los suyos. (Organizaciones hay muchas, pero aquí hay una lista (en inglés) por la que puedes empezar).

La buena noticia es que la movida ya empezó, y se la debemos — irónicamente — a la retórica de odio del señor Trump. Fue la mera posibilidad de que llegara a la presidencia lo que nos empujó a millones de latinos a canjear nuestra green card por la ciudadanía para entonces poder votar. Y así lo hicimos: no solo votamos, sino que votamos, en cifras récord. Las marchas y protestas no se han hecho esperar, pero eso solo debe ser el preámbulo de algo más grande e importante: de un cambio que ahora nos toca iniciar a nosotros, la sociedad civil; un cambio que seguramente no se hubiera dado con 4 (o más probablemente 8) años de Clinton en la Casa Blanca.

Es verdad que Trump sacó a relucir lo peor de este país, pero su ascenso al poder significa también que llegó la hora de pelear y de movilizarnos, y no solamente colgándonos un segurito en la solapa o cambiando nuestros perfiles en Twitter o Facebook, sino organizándonos como sociedad; exigiendo lo que es nuestro y prestar nuestra voz a los que no la tienen.

Como escribió un amigo hace unos días: la elección no la perdimos “nosotros”, la perdió una candidata y la perdió un partido político. No podemos — ni debemos — dejar que una sola persona, llámese como se llame o venga de donde venga, nos intimide. Como dicen por ahí: No somos machos, pero somos muchos. Y a partir de hoy nos vamos a organizar, ¿estamos?

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