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El trago amargo de mi primera vez

Rellené mi boleta de “caso especial” y la metí en el “sobre especial” para llevarla a la “mesa especial” a regañadientes y de un pésimo humor…
Opinión
Laura vive en Nueva York. Se siente periodista entre los blogueros; bloguera entre los periodistas y no tuvo una buena primera experiencia.
2016-11-08T16:34:41-05:00

Mi primera vez no fue tan fácil (ni placentera) como me hubiera gustado; de hecho, fue un tanto dolorosa y, en un momento, estuve a punto de echarme a llorar.

“No te preocupes; todo va a estar bien; sólo relájate”, me dijo el chico en un perfecto español con acento caribeño. Yo lo miraba impaciente, pero él se movía con calma. Supongo que los dos esperábamos que todo transcurriera sin contratiempos. No fue así. Me miró un tanto compungido y me confirmó lo que ya me temía.

“¿Estás segura de que este es tu distrito?... No estás en el libro”.

¡Diantres! En cuestión de segundos sentí en mi cabeza el peso de todos esos años que pasé debatiendo si hacerme — o no — ciudadana estadounidense para al fin poder votar en este bendito país. Y ¿ahora qué? ¿Cómo que no estoy en el libro? ¿De qué libro están hablando, anyway?

El libro es el padrón electoral y no, mi nombre no estaba ahí, aunque nadie parecía estar tan mortificado como yo. “Cosas de los nuevos votantes”, me dijo una voluntaria en la escuela secundaria a donde fui a votar. “Han habido otros casos; no eres la única”, me dijo otra. Me explicaron que, a veces, los votantes de primera vez pueden aparecer en el Registro Estatal Electoral, pero no en el dichoso “libro”, que es como le dicen acá al padrón electoral.

¿La solución? En algunos estados, y por fortuna Nueva York es uno de ellos, todavía es posible votar aunque tu nombre no esté en el padrón. Es decir, pude votar, pero no como el resto de los mortales, sino a través de una Boleta de Declaración Jurada ( Affidavit Ballot, en inglés), que — me aseguran — tiene el mismo peso que un voto “común y corriente”, pero que debe validarse y contarse al final de la jornada electoral. Todo eso con el fin de cotejar toda mi información y confirmar sí soy yo, en realidad, quien aseguro ser.

Rellené mi boleta de “caso especial” y la metí en el “sobre especial” para llevarla a la “mesa especial” a regañadientes y de un pésimo humor. En un momento quise llorar, porque entendí que, si la contienda presidencial no es demasiado cerrada (lo cual es muy probable en mi estado), mi voto podría no ser tomado en cuenta. No era así como esperaba que fuera mi primera vez, pero no había nada más por hacer.

El chico de la Mesa 36 me volvió a sonreír; me dio una tira con dos pegatinas que mostraban un dibujito de la Estatua de la Libertad y la triunfante leyenda de I VOTED. La pegatina no dice que voté mediante una declaración jurada y que mi voto podría terminar en la basura, pero me sirvió para hacerme una selfie que compartí en las redes sociales informando a mis seguidores sobre “mi primera vez”.

Horas después de mi trago electoral amargo, los chicos de @electionland dieron seguimiento a mi situación; me contactaron directamente con un grupo de ayuda al votante quienes en cuestión de minutos me aseguraron que un error administrativo sería corregido.


(A juzgar por esa foto, pareciera que la experiencia fue placentera, pero no fue así. Pero eso que quede entre nosotros).

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