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Se supone que el Día de Acción de Gracias es una legendaria conciliación entre peregrinos y pueblos originarios sentados en armonía a la mesa para compartir una cena.
Catalina Ruiz-Navarro
Opinión

Columnista semanal de El Espectador y El Heraldo en Colombia y de Sin Embargo en México. Co-conductora de (e)stereotipas (Estereotipas.com). Estudió Artes Visuales y Filosofía y tiene una maestría en Literatura; ejerce estas disciplinas como periodista.

¿Necesitamos unas nuevas formas de acción de gracias?

¿Necesitamos unas nuevas formas de acción de gracias?

Después de lo que se vivió en la mesas de muchas familias ayer, quizás las comunidades latinas y migrantes en Estados Unidos deberían reclamar y resignificar el Día de Acción de Gracias. La celebración se trata precisamente de la conciliación entre el choque de culturas, entre razas, entre locales y migrantes.

Se supone que el Día de Acción de Gracias es una legendaria conciliación...
Se supone que el Día de Acción de Gracias es una legendaria conciliación entre peregrinos y pueblos originarios sentados en armonía a la mesa para compartir una cena.

Se supone que el Día de Acción de Gracias es una legendaria conciliación entre peregrinos y pueblos originarios sentados en armonía a la mesa para compartir una cena. Pero esta historia, parte del mito fundacional estadounidense, en realidad fue bastante violenta.

La población indígena se veía diezmada por el avance de los europeos y las nuevas enfermedades que trajeron al continente. Los peregrinos, de hecho, con frecuencia torturaban a los nativos y los esclavizaban. Al punto que los pueblos originarios fueron casi exterminados. Y este es un punto con el que podemos empatizar todos los latinoamericanos, pues todos los países de América somos países poscoloniales, fundados en una historia de conquista y violencia.

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Pero de eso poco se habla, pues la cultura popular prefirió un discurso menos incómodo. Cuando en 1863 Abraham Lincoln declaró el día de fiesta, fue para promover la reconciliación nacional después de la polarizante Guerra Civil. La historia que se contó fue una en la que las diferencias entre dos grupos opuestos, se resolvían sin violencia. Es interesante que, lejos de confrontar a la gente con su pasado, la celebración se presente como una forma de limar asperezas.

Hoy, el país vuelve a estar tan polarizado como a mediados del siglo XIX, y en necesidad urgente de una reconciliación. Pero tal vez hoy la estrategia debe ser diferente, pues a Lincoln solo le funcionó a medias. Sí, se logró tener una celebración que reune a los y las estadounidenses, pero se propuso olvidar los motivos de los desacuerdos y cambiar verdades históricas con fantasías más indulgentes. Como resultado, un par de siglos después, muchas de las diferencias post-guerra civil se mantienen, al igual que formas de discriminación como el racismo . Y eso es precisamente lo que hoy divide al país.

El Día de Acción de Gracias tampoco logró que Estados Unidos se reconociera como lo que es: un país de migrantes, cuyo mito fundacional gira en torno al choque de culturas. Pero eso es quizás lo más bonito del Día de Acción de Gracias: cuando alguien que ha migrado celebra el Día de Acción de Gracias, se está asimilando al país, se está haciendo un orgulloso estadounidense. Y por eso este es un día que debería tener importancia emocional y política para todos los migrantes.

Durante años, la fórmula propuesta para “sobrevivir al Día de Acción de Gracias” y a los juicios familiares y las diferencias de opinión, ha sido cambiar la conversación, mirar para otro lado y concentrarse en temas fáciles. Solo es un día, decimos, ¿para qué pelear? Pero quizás esa es una de las cosas que hemos estado haciendo mal. Si no somos capaces de tener una conversación pacífica sobre nuestras diferencias con nuestra familia, ¿cómo puede el país tener ninguna conversación? Esa disposición a tener conversaciones incómodas puede ser lo que se necesita para que se haga real todo ese discurso de conciliación.

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