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El legado de Woodstock, 40 años después

El legado de Woodstock, 40 años después

Cuarenta años después, el festival aún es motivo de estudio, aunque muchos coindicen que trascendió la música.

Paz, amor y drogas

Cuarenta años después de que el guitarrista folk estadounidense Richie Havens abriera el Festival de Woodstock ante un mar de personas, aún le siguen preguntando cómo fue esa experiencia. Y tal como ocurre en la película "Woodstock", también le siguen pidiendo que cante "Freedom".

El festival atrajo a medio millón de jóvenes y fue una especie de despedida de la tumultuosa década de los sesenta, marcada por la rebelión estudiantil, las protestas contra la guerra y, obvio, el amor y la música. Ya casi nadie discute que Woodstock trascendió lo méramente musical y se convirtió en un hito en la historia de Estados Unidos.

Havens dice que no le sorprende. "Todo en mi vida, al igual que con muchos otros, está vinculado con ese tren", afirmó.

Los hippies de Woodstock querían cambiar el mundo con flores, drogas, paz y amor, hasta que el mundo terminó cambiándolos.

Para aquellos que asistieron al festival de rock en Bethel, al norte de Nueva York, del 15 al 16 de agosto de 1969, el evento anunciaba el advenimiento de una nueva era. Se definían como la "Nación Woodstock".

Pero la euforia de ayer se convirtió hoy en resaca, porque 40 años después no queda claro si Woodstock logró cambiar algo. No obstante, dejó una marca indeleble en toda una generación.

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El profesor de periodismo de la Universidad Quinnipiac Rich Hanley dice que el festival marcó en realidad el fin -y no el principio- de la revolución de los 60 y la contracultura.

"En 1971, ya todo había terminado. Las protestas cesaron. La generación Woodstock salió a buscar trabajo y el trabajo puso fin a la diversión".

Según Hanley, "los hippies ahora se convirtieron en republicanos, perdieron el pelo y cambiaron el consumo de LSD por el de Viagra".

En el museo de Woodstock de Bethel, el director Wade Lawrence dice que la generación de las flores no tuvo que esperar demasiado antes de volver a la realidad.

Menos de cuatro meses después de Woodstock, en diciembre de 1969, un concierto similar organizado en el autódromo de Altamont , California, terminó en una violenta y alucinada batalla campal.

Y el resto del mundo ya no lucía tan bien.

Las ilusiones

A pesar de las protestas pacifistas, las tropas norteamericanas siguieron peleando en Vietnam hasta 1973, y un año más tarde el escándalo de Watergate terminaba con la presidencia de Richard Nixon.

"Creo que la gente perdió las ilusiones", dice Lawrence. "El tema de paz y amor pasó a ser algo pintoresco".

Mucho de la leyenda de Woodstock --la marihuana, el nudismo y el pacifismo-- hace sonreír hoy en día en una sociedad menos ingenua.

Algunos ex hippies como el fotógrafo Michael Murphree, que hoy tiene 56 años, no se arrepienten de su juventud. "Paz, amor, felicidad: realmente queríamos eso", dice con una sonrisa, mientras deambula por el museo.

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Woodstock dejó en todo caso un legado que va más allá de la música y la vestimenta, más allá de los pantalones acampanados que en su momento volvieron.

Irónicamente, el resultado más palpable fue la apropiación de la música rock por las empresas como fuente de ingresos. Los conciertos pasaron de reuniones improvisadas a operaciones que generan grandes sumas de dinero.

"Woodstock cambió la industria de la música", dice Stan Goldstein, uno de los organizadores originales. "Por primera vez se pudo ver el poder que tenían los artistas para atraer no solo a muchedumbres, sino muchedumbres con plata".

Al mismo tiempo, el elemento más característico y poderoso, una mezcla de hedonismo, pacifismo y activismo político, lo que Goldstein llama la "conciencia hippy", se evaporó casi por completo.

Sarah Duncan tiene 26 años y visita el museo vestida al estilo hippie. Dice que la gente de su edad no puede comprender la onda de Woodstock.

Al escenario, de nuevo

"En aquella época alcanzaba con ser libre y tener la mente abierta", dice Duncan, que trabaja en las inmediaciones. "Pero no me imagino a mis amigos haciendo eso. Se van a emborrachar y poner loquitos, pero de paz y amor, nada".

Y a pesar de que las tropas estadounidenses están combatiendo nuevamente en guerras impopulares, Duncan no se imagina a su generación saliendo a la calle a manifestar o cantar canciones de protesta.

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"Ahora todo es más simple, la gente dice lo que piensa, pero no quiere manifestar ni hacer con ello obras de arte", dice Duncan. "Mandan un e-mail colectivo".

La vieja granja de Yasgur, entretanto, ya no es el sitio desordenado que fue hace 40 años. El multimillonario de la televisión de cable Alan Gerry adquirió la propiedad discretamente en los 90 y creó una fundación no lucrativa para administrar un museo y un foro de conciertos.

La colina suavemente inclinada que sirvió de anfiteatro natural en 1969 luce bien cuidada y cercada. Ahora se realizan conciertos regularmente en la colina del escenario original, pero en un moderno anfiteatro con 4.800 butacas.

Constanten y Havens son algunos de los protagonistas de 1969 que regresarán a Woodstock el fin de semana para celebrar el 40° aniversario.

Havens ofrecerá un espectáculo como solista el viernes, un día antes de un concierto más grande que incluirá a otros veteranos de Woodstock como Levon Helm, otrora miembro de The Band, Ten Years After y Canned Heat. Aunque hace mucho que se separó de Grateful Dead, Constanten dijo que ese fin de semana tocará las canciones de la banda.

No se prevén choques eléctricos por malas instalaciones bajo el pabellón de varios millones de dólares y probablemente tampoco haya una magia capaz de definir a una generación.

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