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Plato de ostiones

24 horas para comer en Boston

24 horas para comer en Boston

Cómo sacarle provecho a un día en esta ciudad universitaria.

Plato de ostiones
Plato de ostiones

Por: Mariana Camacho

La mantequilla me llevó a Boston. Para ser más específica, la sopa de mantequilla de la chef Barbara Lynch. Se trata de una receta que se convirtió en su bandera y que viaja con ella. Supe de su existencia en una demostración de cocina que Lynch ofreció durante el congreso Paralelo Norte en Monterrey, y la probé en uno de los primeros tiempos del menú de año nuevo del restaurante Menton. Ahí estaba, en un plato blanco, en una porción de degustación, dulce y grasa.

La sopa tiene otros elementos del “lujo” culinario (digamos caviar y digamos mariscos) pero su componente principal y protagónico es la mantequilla. Punto. Una mantequilla que Lynch obtiene de la leche de tres vacas de raza Jersey de Animal Farm en Orwell, Vermont y que es 87% materia grasa (vamos, una muy buena mantequilla que depositan al centro de la mesa para que la pruebes con panes varios). Para ser justos hay otros platos del menú de Menton ( tortellinis al brodo, por ejemplo) que son una magnífica muestra de lo que ofrece este lugar: un apapacho envuelto en manteles largos. Si planean pasar 24 horas en Boston piensen en reservar una mesa para la cena.


Para el almuerzo, fueron los ostiones los que me llevaron a Boston. Y, la verdad sea dicha, también el clam chowder y los rollos de langosta –que son moneda corriente en esta ciudad. Sépanse que pueden tenerlos todos en un lugar llamado Neptune siempre y cuando estén dispuestos a invertir tiempo de espera: entre 50 minutos y una hora y media, sin exagerar y sin excepciones. El restaurante es pequeño y es probable que haya que compartir mesa o sentarse en la barra.

Después de caminar el barrio para matar el tiempo, la recompensa aparece en una papeleta que enlista las variedades de ostiones disponibles (si leen Katama Bay, pidan un par), ese mundo baboso-lechoso-cremoso y maravilloso que sólo se puede obtener de los bivalvos. Sigan con unas almejas fritas, crujientes, sin rastros desagradables de aceite, acompañadas de una salsa tártara con una saludable dosis de pepinillos y un lobster roll, el famoso sándwich de langosta relleno de una carne suave y guarnecido con papitas fritas. Sumen una copa de vino blanco a esta ecuación (hay por copeo, medias botellas, botellas, de Alsacia, Francia, Austria, opciones ganadoras) y no le pidan nada más a la vida.


Si estas 24 horas se agendan en un fin de semana, que sea un brunch el pretexto para ir a Boston. Piensen en confiar una de sus comidas a The Merchant y pórtense muy mal. Dense permiso de tomar una copa de vino espumoso con unos huevos benedictinos o de desayunar (más tarde de lo que habitualmente lo hacen) un pan francés encostrado en hojuelas de avena y gastrique de azúcar morena. Los platos, que bien podrían compartirse, son -sobre todo- restauradores y suelen acompañarse con música en vivo.

Que sus antojos los lleven a Boston, la ciudad se los va a cumplir todos.


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