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Albóndigas suecas con cerveza artesanal

5 Capitales gastronómicas: Estocolmo

5 Capitales gastronómicas: Estocolmo

Suecia es uno de los cinco países más felices del mundo, creemos que las albóndigas son una de las causas.

Albóndigas suecas con cerveza artesanal
Albóndigas suecas con cerveza artesanal

Por: Javier Martínez Staines

Yo fui a Estocolmo en búsqueda de las albóndigas perfectas. Para ser más específico: del plato de albóndigas con arándano rojo, puré de papa, pepinos con vinagre y knackebrot (las célebres galletas suecas). Todo en uno.

Tengo que admitir que no fue fácil. Estocolmo es un archipiélago perfecto, tan hermoso, que incita a caminar sin tregua. Por tanto, en la búsqueda de los sitios recomendados por los locales, me distraía con otras cosas y, víctima del hambre, tuve que comer albóndigas en un par de sitios incorrectos, de esos que en inglés se llaman tourist traps y en español podemos traducir como atrapabobos.

Lo que bien empieza, bien acaba
En el peregrinaje en busca del sagrado grial tuve que hacer algunas concesiones para probar otros platos. Mejor para mí, pues en el país de la fanaticada del grupo de pop Abba (que tiene hasta museo, y muy concurrido, por cierto), del Premio Nobel y de los cambios de guardia en el Palacio Real, el desayuno es un prodigio. Mientras en los países de la Europa continental en que la gastronomía alcanza estatus de arte (España, Francia, Italia) les basta con un pan tostado o un croissant con café, en Estocolmo el desayuno adquiere dimensiones de ritual.

Para un glotón como yo, encontrar una mesa con salmón fresco, queso artesanal, pepinos europeos, huevos cocidos y roles de cardamomo se vuelve un hito celebratorio. En el Story Hotel, un lugar bastante cool con un patio trasero de ensueño (favor de pensar en el verano), incluso preparan su propio knackebrot. Como el recuerdo grato obliga a la generosidad, aquí comparto una receta probada y comprobada. Así, con la barriga alegre, el tránsito entre islas, museos, palacios arquitectónicos y el mar Báltico es gozoso por partida doble.

Salmón fresco, queso artesanal y huevo cocido.
Salmón fresco, queso artesanal y huevo cocido.


La tierra de las maravillas
Dentro del Museo Nobel hay un bistro donde NO están las albóndigas suecas perfectas. Se los digo para que no cometan el mismo error, pese a que el aroma, justo cuando van de salida luego de invertir una hora y media recorriendo el pequeño museo, les atrape sin piedad. Gamla Stan, la ciudad vieja, podrá ser un poema arquitectónico pero no la tierra culinaria prometida.

Ni hablar. Apartado de las marejadas de turistas se encuentra la isla de S ödermalm, donde se ubica un café de esos que son casi imposibles de hallar fuera de la Toscana, en Italia. Es el Drop Coffee y es digno de homenaje. Además, llegó a mí en el día perfecto: fresco y con lluvia en medio del verano.

Otro lugar donde tampoco hay albóndigas pero se puede cenar muy bien es Nybrogatan 38, un restaurante pequeño y concurrido del que recuerdo, con precisión y antojo, el menú: dátiles fritos con tocino y queso de cabra de arranque; frijoles y lentejas cocinadas con amor, tomate, queso de cabra y yogur con menta. Mi cuerpo entero se estremece: calificación perfecta. Después de ese banquete, uno debe sentarse, mirar y agradecer en el malecón de Riddarholmen, donde el sol se oculta y la luz te envuelve.

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Último intento
Hay un mercado gastronómico que tampoco tiene desperdicio, el Östermalms Salluhall, al que acuden los locales a comprar alimentos frescos. Ahí, donde sabía de antemano no encontraría las anheladas albóndigas, me decidí por otro plato sueco por excelencia: ensalada de camarones con aguacate, tomates cherry y huevo duro. Comfort food, pues, pero con camarones crujientes, que delatan su frescura.

De pasada por algún lado, junto al mar, no se le puede decir que no a una terraza abierta con una considerable oferta (más de cincuenta opciones) de cerveza artesanal, dispuesta para hacer catas de tres, cuatro o cinco.

Caminar y caminar. Para eso está diseñado Estocolmo. Si uno se cansa, está el tranvía o los ferries. Todo funciona aquí. Así di con el sitio anhelado por tantos días. El nombre, Speceriet. Un lugar pequeño, de mesas comunales y servicio esmerado, donde las albóndigas suecas alcanzaron la cima culinaria. Casi se me escapan las lágrimas cuando, frente a mí, la mesa se volvió el escenario de las albóndigas, el lingenberry, los pepinos con vinagre, el puré de papa y el knackebrot, todos melódicos en un ensamble al que se une una cerveza artesanal que marida con precisión.

Así puedo despedirme en paz de Estocolmo y entiendo por qué Suecia está entre los cinco países con habitantes más felices del mundo.

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