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La nueva ola de diseñadores colombianos

La nueva ola de diseñadores colombianos

Una mirada a por qué los diseñadores de este país parecen conquistar cada vez con más contundencia el mercado global

Colombia y su revolución estilística

¿Por qué, de repente, en los rankings aleatorios que lanzan los medios sobre los diseñadores latinos más reconocidos en el mundo, los nombres de diseñadores colombianos como Esteban Cortázar, Juan Carlos Obando, M2Malletier, Aquazzura, Paula Mendoza, Nancy González y Johanna Ortiz parecen cada vez conquistar más posiciones? ¿A qué hora un país que fue conocido por otros menesteres menos nobles —enfrascado en un profundo conflicto social—, súbitamente parece conquistar la moda y el arte global? Muchos dirán que es un fenómeno que en realidad abarca a toda América Latina, que simplemente ‘está de moda'. Otros argumentarán que los efectos que Sofía Vergara ha tenido en el entretenimiento americano no se pueden desconocer, y otros cuantos, con una mirada más simplista, explicarán que se trata de una cierta suerte con la que han contado diseñadores que, por las condiciones mismas del país, se han ido a vivir al exterior y desde ahí han triunfado. En realidad, puede haber una razón más profunda, una cierta revolución que se viene erigiendo lenta y cuidadosamente por décadas, que tiene que ver con la creación de una moda con identidad.  

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La mayoría de los diseñadores colombianos que emergieron en la década de finales de los ochenta y los noventa estudiaron en Nueva York, Milán y París y regresaron al país —siendo colombianos era difícil quedarse afuera— a estrellarse con una Colombia convulsionada, herida de muerte por el narcotráfico. Era una herida que no sólo se sentía en la política y en las instituciones judiciales, sino que había socavado la estética nacional rindiéndola a una belleza vulgar y apretada, llena de reinas, brillos baratos y lentejuelas. 

La manera en la que este nuevo grupo de diseñadores resistieron fue a través de la moda misma, adentrándose en los saberes milenarios de las comunidades indígenas que parecían tan olvidadas y reivindicando otras siluetas que sugerían un cuerpo más moderno y con unas sensualidad más sutil. Las generaciones siguientes crecieron bebiendo de ese híbrido estético que había nacido de poner las molas de los indígenas Cunas del Golfo de Urabá o los tejidos wayúus del norte de Colombia a conversar con cortes excelsos y refinados materiales en los vestidos que usaban las damas de sociedad. Crecieron, también, con una narco estética socialmente señalada y estigmatizada como de mal gusto, lo que los hizo querer separarse radicalmente de cualquier tipo de silueta que se pareciera a eso. Con eso se vieron obligados a superar esa tara de solo hacer vestidos de noche y de fiesta, que fue lo que imperó por tantas décadas, y entonces diversificaron sus diseños.  

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Colombia y su revolución estilística


Así, ante la necesidad de imponer unos nuevos referentes, con un afán incluso político —liderado muchas veces por primeras damas de la nación con programas bautizados como ‘Identidad Colombia’—, se intentó escrutar el país en su riqueza de tejidos y saberes ancestrales, en sus técnicas con la lana propia de las montañas, con las hojas de la palma de cañaflecha en la costa o con los tejidos de los indígenas arawacos, para darle una identidad a la moda. “Esa fue una de las cosas que se hicieron bien en Colombia, explorar la colombianidad en sus múltiples formas hasta llegar a un imaginario claro de lo que somos. Es mucho lo que hay que agradecerles a creadores como Silvia Tcherassi, Olga Piedrahita, Amelia Toro, María Luisa Ortíz y Hernán Zajar, por esto”, explica Sandra Merchán, la directora del programa de Mercadeo de Moda de la LCI Bogotá. “Sólo gracias a esa búsqueda que se consolidó durante décadas y después de haber trabajado profundamente con las diferentes técnicas artesanales y campesinas, se pueden sublevar y llevar a otro nivel esos elementos estéticos como lo están haciendo hoy estos nuevos diseñadores como Johanna Ortiz, Esteban Cortázar, Polite o Aquazzura”.

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Esta impresión, la de que solo gracias a tener una identidad clara la moda local empieza a sobresalir mundialmente es algo que confirma la primera diseñadora colombiana en vender en la emblemática Bergdorf Goodman, Nancy González, cuyas carteras han aparecido hasta en Sex and the City: “Para poder existir como una marca global fue fundamental tener raíces, por eso el slogan de mis carteras profesa: ‘Nancy Gonzáles Bogotá-Nueva York'”

Es como si durante estas últimas décadas los diseñadores colombianos hubieran insistido en crear un carácter propio antes de sucumbir a esa homogenización que reclama el mercado global. Con los fantasmas estéticos del pasado ya lejos, los diseñadores de hoy le perdieron el miedo a traducir en sus vestidos los sentires de una mujer latina, dejaron de negar las curvas y los colores y los reinventaron. La moda colombiana hoy sofistica, reivindica y alardea de una elegancia latina que hace que mujeres de otras latitudes empiecen a reconocer esto como un nuevo modelo a desear, y así como en alguna década los diseñadores italianos nos hicieron soñar con sus mujeres, tal vez hoy sea el turno de que los colombianos vuelvan a la mujer latina en el nuevo emblema del estilo. 

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