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Cuando los narcos dictan la moda

La exposición pública de la forma de vivir (y vestir) de los narcos ha generado una tendencia de moda que otorga un sentido de pertenencia. Nace así una especie de art-narcó -la expresión final del juego de los extremos, en donde lo importante es mostrar sin empachos el poder y el dinero.
11 May 2017 – 1:14 PM EDT

Hace unos años, cuando atraparon a Edgar Valdés Villarreal 'La Barbie', la imagen del narcotraficante esposado, con su camisa Polo verde con el emblema del célebre jugador de polo de Ralph Lauren en grande, la leyenda London en el frente y el número 2 en la manga, se viralizó y se volvió una suerte de iconografía de la indumentaria predilecta de los siniestros narcotraficantes mexicanos.


Las extravagancias en la moda del narco

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A La Barbie, siguieron El Padrino, El JJ y El Cabrito: variaciones de color, pero el mismo estandarte. Y no es cuestión de precio (estas camisas rondarán los $110 dólares), sino de estilo, de sentido de pertenencia comunitaria.

Esta suerte de narcouture (moda de narcotraficantes) es apenas una sutileza pasajera en comparación con los tradicionales excesos que gustan vestir (y decorar) los miembros de la delincuencia organizada, como bien lo dibuja 'El Chapo', la serie co-producida por Univisión y Netflix, en la que se traza la vida exagerada de Joaquín Guzmán Loera, el célebre capo que comandaba el cártel de Sinaloa y recién extraditado a Estados Unidos, quien tiene en su currículum vitae dos fugas cinematográficas de penales mexicanos.


La lamentable fiebre de la moda impuesta por estos sujetos puede llegar a tener alcances insospechados.

Por ejemplo, cuando trascendió aquella entrevista realizada por Sean Penn a El Chapo, con Kate del Castillo como mediadora, aquella camisa floreada, satinada y vistosa que portaba el sinaloense, se tornó tan popular que la marca Barabas, productora del atuendo, tuvo que bajar el switch a su sitio web por imposibilidad de atender la demanda. El precio: $128 dólares.

Era sintomática: esta marca ha sido una fiel compañera tanto de los cantantes y grupos de música norteña e intérpretes de narcocorridos, como de una porción generosa de miembros activos de la cultura del narco. En su cuenta de Instagram es fácilmente observable el ADN de la marca: estilo vaquero, botas picudas, sacos de piel de serpiente, camisas satinadas oscuras o con filigranas, cinturones con grandes hebillas de oro o plata, blazers multicoloridos, chamarras de cuero y una nutrida y exótica lista de camisas.


Los alcances del art-narcó

Lo primero que debe quedar claro es que el atuendo es parte de una cultura.

Con referentes del bling bling, inmersiones en ciertas tendencias coloridas como Versace o de logotipo vistoso como Ralph Lauren, la “narcomoda” ha ido también siguiendo sus propias premisas evolutivas: lo que antes parecía ser un estilo estruendoso de botas, grandes hebillas y colores vistosos, con sellos muy personales, se acogió a los vientos globalizadores y adoptó las pintas más exageradas de las marcas internacionales de moda.

Ineludible hacer referencia a la película de El Infierno, de Luis Estrada (2010), una mirada descarnada y con humor muy oscuro del mundo del narcotráfico, en el que dibuja un horizonte sombrío en el que todos están coludidos, pero del que se desprende la memorable actuación de Joaquín Cosío como 'El Cochiloco', un temible sicario que precisamente reúne en su indumentaria la premisa primaria del narcouture: sombrero, camisa oscura con filigranas, cinturón con ostensible hebilla de plata, chaqueta de cuero y botas de puntas largas.

Del estilo de vestir hay un traslape al art-narcó, es decir, a toda esa parafernalia de accesorios, autos, armas y bienes raíces que conforman cuadros precisos, lienzos multicoloridos, de la característica más notable y paradójica de las expresiones culturales de la delincuencia organizada. Notable, por su urgencia estruendosa y exagerada de gritar a los cuatro vientos el acceso a manos llenas al dinero.

Paradójica, por la evidente falta de discreción, el desparpajo de la ostentación, el coqueteo descarado con la impunidad. Sí: es notable y paradójico que en este lado de la frontera los propios delincuentes gritan a los cuatro vientos su condición.


¿Qué paso con la colección de carros de “El Chapo Guzmán”?

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De fondo, es explicable: en términos generales, antes de acceder a este mundo del tráfico de estupefacientes ilegales a cambio de maletines cargados de dólares, lo que vivían era pobreza, acceso limitado a otras oportunidades.

De ahí que las casas sean ranchos llenos de animales exóticos y obras de arte, que los autos sean las llamativas trocas (camionetas) de llantas desproporcionadas y rines de colores, que las armas cortas y largas sean exhibición de brillantes y diamantes, con iniciales inscritas que demuestran propiedad y poder, que las hebillas del cinturón sean de metales preciosos, que las cadenas de oro cuelguen de los cuellos de ellos y las joyas se exhiban en las orejas, cuellos y manos de ellas.

Sin buscarle cinco pies al gato, el art-narcó es la expresión final del juego de los extremos: donde antes reinaba la carestía, de pronto llega la casi inesperada riqueza, sin tiempo de decantar y de entender, sin instrucción ética. El resultado es el exceso, junto con la intencional demostración del mismo (añádase la importancia de lavar los recursos), que busca decirle a los demás que ya se ha alcanzado ese estadío de poder y dinero.

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