La doble fractura de Caracas

El 24 de junio en Venezuela suele oler a costa, al golpe húmedo del tambor de San Juan Bautista y a la memoria histórica de la Batalla de Carabobo, la fecha que sella nuestra identidad e independencia. Pero este año la fiesta de San Juan se interrumpió en seco, especialmente para quienes celebraban en Naiguatá, en el estado de La Guaira.

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Por:
Susana Velásquez
Video Cómo puedes enviar ayuda a Venezuela desde Arizona, después de los terremotos

La tierra se sacudió en un doblete sísmico de 120 segundos que transformó un día de júbilo en un caos. Para nosotros, el estruendo y el miedo real eran cosas que se veían de lejos, pero todavía nos acompaña la intensidad de los bombardeos del pasado 3 de enero, un episodio que muchos en sectores residenciales del este de Caracas, como Los Palos Grandes o Los Ruices, percibían como una realidad ajena, un conflicto distante en las pantallas y relato de algunos caraqueños. La tarde de este 24 de junio demostró que la vulnerabilidad no es selectiva en un país sometido a ataques ajenos y, ahora, una vez más, a la inestabilidad de la naturaleza.

La primera alerta

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A las 6:04 de la tarde, mientras manejábamos de regreso desde el estado Miranda hacia la capital, la distancia se redujo a cero. La montaña nos avisó mientras caían rocas en la vía; nosotras solo comentamos el peligro de manera muy superficial, sin percatarnos de que la geografía se movía frente a nuestros ojos.

Veníamos por la autopista a la altura de la Gran Mariscal de Ayacucho, buscando la entrada hacia Caracas, cuando el paisaje empezó a desprenderse. Pequeñas rocas y ráfagas de arena comenzaron a caer desde las pendientes de la montaña hacia el asfalto. El instinto te hace dudar de lo que ves, hasta que el teléfono de mi compañera rompió el ruido del carro. Era su esposo desde un piso 7 en los bloques de Fuerte Tiuna (un denso complejo de viviendas al suroeste de la ciudad donde las estructuras alcanzan los trece pisos de altura), describiendo un vaivén ensordecedor, similar al quiebre de un bailarín de break dance. La llamada se cortó, y en segundos, la autopista se inundó con el coro de las alertas de terremoto de Google en los teléfonos de última generación Android. El desastre ya era un hecho irreversible.

El recorrido hacia una intimidad expuesta

Al cruzar el umbral de entrada a la capital, nos topamos de frente con una retención vehicular absoluta que colapsaba toda la autopista. Decidimos desviarnos y tomar la Avenida Libertador para avanzar. En medio de la prisa y la angustia por llegar a nuestros hogares, el recorrido nos devolvió postales de una intimidad totalmente desprotegida: en las partes bajas de los edificios, las aceras estaban tomadas por familias enteras que habían escapado con lo que llevaban puesto. Había personas en toallas, mujeres envueltas en salidas de baño, niños en ropa interior, vecinos en pijama y muchos completamente descalzos sobre el asfalto.

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Al pasar por las inmediaciones de Plaza Venezuela, la infraestructura urbana revelaba la violencia del sacudón. Uno de los semáforos colgaba peligrosamente de un solo cable, balanceándose en el aire, mientras que otro yacía destrozado en el piso, mostrando el armazón expuesto de lo que parecía el cadáver de la señalización vial. En la base de varios edificios de la zona, los revestimientos de lajas de piedra se habían desprendido por completo, acumulándose en montones de escombros.

La urgencia se trasladó de inmediato al teléfono propio. Al lograr comunicarme con mi casa, en un piso 16, el alivio de saber a mi hija a salvo amortiguó la escena interior: los daños materiales en nuestra estructura no fueron considerables, pero el impacto psicológico ya estaba sembrado en las paredes. El miedo de los niños en las horas siguientes se convirtió en la tarea más difícil de gestionar; contener el llanto ante cada crujido o ante la sospecha de una nueva réplica en medio de la noche es una herida invisible que tarda en cerrar. Sumando la experiencia a la traumática del bombardeo, tenemos un cóctel de traumas en infancias.

Poco después, al trasladarme hacia el centro de Caracas, el panorama se asemejaba al de una zona de guerra. Las aceras estaban repletas de escombros, fragmentos de cornisa y polvo de ladrillo, mientras miles de personas caminaban en silencio, intentando regresar a sus casas tras salir de sus puestos de trabajo. El transporte público superficial operaba de manera deficiente y el sistema Metro de Caracas se encontraba completamente paralizado debido a los protocolos de seguridad obvios tras un sismo de tal magnitud.

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Nuestros suelos

Lo que vivimos fue un doblete sísmico: dos terremotos mayores consecutivos de magnitud 7,2 y 7,5 que fracturaron la costa y el valle de la capital con apenas cuarenta segundos de diferencia. La peor parte del impacto se concentró en puntos críticos debido a las características de nuestro suelo. El este de la capital está asentado sobre un profundo cuenco sedimentario; cuando las ondas sísmicas viajan por la roca dura de la cordillera de la costa y entran a los suelos blandos y arenosos de zonas como Los Palos Grandes, bajo los cuales pasa la Falla de San José, sufren un efecto de amplificación que sacude los edificios altos con el triple de fuerza.

Al otro lado de la imponente montaña que separa a la capital del mar, en el litoral de La Guaira, la cercanía al epicentro costero y la naturaleza del suelo marino hicieron que el impacto fuera brutal. El reporte consolidado de las autoridades de infraestructura refleja la crudeza de este escenario: de las 346 edificaciones dañadas en todo el territorio nacional, 250 se concentran principalmente en las localidades costeras de La Guaira, afectando gravemente el paisaje residencial de la costa, además de registrarse daños estructurales en 20 centros comerciales y otras 68 obras públicas.

El balance de nuestra gente

Hoy, las horas transcurren en un escenario donde empezamos a recoger las vivencias de los compañeros de trabajo, de los amigos y de los familiares que escriben desde todas partes para saber cómo estamos o para contar lo que les tocó vivir. Nos enteramos, por ejemplo, de una joven que vivía en el exterior y había venido de sorpresa a visitar a su familia en La Guaira; el edificio donde se alojaba colapsó y ella quedó atrapada en el lugar.

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En esa misma estructura habita también un compañero de nuestras labores periodísticas, quien hoy se encuentra tapiado bajo los escombros con sus dos hijos. Es una realidad que nos atraviesa de frente, entre afectos cercanos y colegas de oficio, donde la única opción inmediata es la espera y la oración, aferrándonos a cualquier creencia espiritual para que los equipos de rescate logren sacarlos con vida muy pronto.

La destrucción también es contrastada con la solidaridad inmediata en los puntos más críticos. En San Bernardino, estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV) sumaban ya trece horas removiendo bloques a mano limpia. Dylan de Jesús, uno de los universitarios en el sitio, describía la urgencia: «Tenemos bastantes guantes, cascos y tapabocas, pero necesitamos que la gente venga y se sume. No hemos logrado rescatar a una familia de tres mujeres; una de ellas, Daniela Mora, de 19 años, estudia con nosotros. Todavía faltan muchísimos más».

La voz oficial

La dimensión humana de la tragedia apenas comienza a contarse en números oficiales. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, se dirigió formalmente a la nación en la noche del 24 de junio; allí fijó las líneas estratégicas de atención y decretó formalmente la zona de desastre natural en el estado La Guaira y en la Gran Caracas.

El balance ofrecido en rueda de prensa por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, y los reportes del Ministerio de Salud confirmaron el fallecimiento de 235 venezolanos y más de 4.300 personas heridas hasta la noche del 25. La situación hospitalaria es crítica: ocho centros de salud sufrieron daños importantes, lo que obligó a evacuar de emergencia a pacientes y personal médico hacia otros puntos asistenciales de la red pública. Además, las autoridades reportan 157 personas desaparecidas, más de 200 ciudadanos que permanecen atrapados bajo los escombros y un total de 2.927 familias damnificadas.

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Frente a la emergencia, el gobierno nacional anunció la activación de un comando especial de atención, la solicitud para disponer de fondos económicos internacionales y la apertura para recibir ayuda internacional, solicitando además a los ciudadanos reportar las incidencias y datos de desaparecidos a través de la aplicación VenApp. En paralelo, el despliegue de apoyo regional comenzó a movilizarse hacia la zona del desastre: un contingente de más de cien funcionarios se trasladó desde el estado Cojedes, mientras que el gobernador del estado Portuguesa, Primitivo Cedeño, confirmó el envío de otros 150 efectivos de seguridad y Protección Civil para integrarse directamente a las labores de salvamento en Caracas y La Guaira.

Una crítica necesaria

Históricamente, la respuesta de nuestros medios de comunicación oficiales y la vocería estatal ha caminado a un ritmo pausado, una lentitud que hoy resalta frente a la inmediatez voraz de las redes sociales y la desesperación de la gente. Mientras la Gobernación de Falcón anunciaba una iglesia lejana a Tucacas —uno de los puntos costeros más golpeados— como único centro de acopio formal en esa región, en las plazas de El Paraíso las familias se disponían a pernoctar a la intemperie. Acomodando a los niños entre colchones improvisados y sábanas bajo la noche abierta; la instalación de albergues y espacios de asistencia se comenzó a conocer la tarde de este jueves.

Al amanecer, el país intenta procesar el impacto de una noche sin sueño. Menos de un mes antes, algunas comunidades y escuelas habían realizado simulacros de evacuación de forma independiente, iniciativas ciudadanas que no contaron con una instrucción masiva del Estado y que ayer demostraron lo frágil que es la memoria ante el pánico real. Hoy, transitamos midiendo las pérdidas, conscientes de que los sistemas pueden fallar y la información formal puede retrasarse, pero es la solidaridad civil y el esfuerzo de los rescatistas que llegan desde el interior del país lo que, palada a palada, le gana valiosos minutos al reloj de la supervivencia. La realidad es que aún siguen las réplicas y que el miedo a un movimiento más fuerte está allí.