Un minuto jamás será suficiente

“Debemos exigir leyes más severas y castigos ejemplares para aquellos que se atreven a tocar un niño, y destruirle el corazón y los sueños a padres como Randall Margraves”.
5 Feb 2018 – 11:56 AM EST

Viernes. En la mañana me enteré de un incidente ocurrido en la corte durante el proceso para dictar una nueva sentencia al exmédico del equipo olímpico, Larry Nassar. Alguien intentó golpearlo. No pregunté qué había sucedido, tampoco busqué información que relatara el suceso. Pero cuando llegué a casa, por la noche, después de cenar y cuando me disponía a dormir, mi esposa estaba viendo noticias. “Dame un minuto con este bastardo”, dijo Randall Margraves, padre de tres de las víctimas del médico acusado de abusar sexualmente de al menos 150 niñas y sentenciado a una pena de 175 años que pudieran convertirse en 260.

Cuando la toma que filmó el incidente se acercó al rostro de Margraves, mis ojos se llevaron de lágrimas y mi corazón me dio un vuelco. Tres agentes de policía se abalanzaron sobre el acongojado padre para sujetarlo, para que no perdiera su libertad por golpear al monstruo que le partió tres veces el corazón. En los últimos 10 años he visto decenas de arrestos similares, con policías haciendo uso de fuerza innecesariamente violenta, grotesca, y en ocasiones quitándole la vida al detenido. Esta vez, sin embargo, noté que uno de los agentes sujetó la cabeza de Margraves con cierta delicadeza mientras otro le hablaba al oído para que se calmara.

Cuando fue reducido, lo pusieron de pie. “¿Qué harían si esto les hubiera sucedido a ustedes?”, preguntó poco antes de abandonar la sala del tribunal.

Como Margraves, hace muchos me tocó vivir una experiencia similar. Tres hijos menores de edad fueron víctimas de cosas horribles. Pero el escenario fue diferente. Aquella tragedia ocurrió en un país imaginario –de los que hablaba Nicanor Parra, el antipoeta, en referencia a los países que ocultan sus pecados-, en una capital imaginaria, un sistema de justicia imaginario, policías imaginarios, médicos imaginarios, abogados imaginarios y violadores imaginarios. Y cuando pensé que el largo brazo de la justicia se alzaría para castigar a quienes me rompieron tres veces el corazón, como a Margraves, asomaron fantasmas imaginarios que nos obligaron a huir de aquel país imaginario porque esa nación imaginaria se siente más cómoda cobijando monstruos, los consiente, los celebra y hasta los cuida.

El dolor se fue aplacando poco a poco con el paso de los años, mitigando lentamente, reviviendo otras, pero apaciguando para que el corazón se haga fuerte y me deje vivir para acompañar a mis niños. Cuando el dolor llega de esta forma, los niños se quedan chiquitos para siempre, no crecen, se vuelven eternos, tampoco mueren, porque el dolor que les causa el abuso es tan inmenso, que hasta la muerte no se atreve a tocarlos. Si tan solo entendieran esto quienes tienen a su cargo la persecución del abuso sexual de niños y el castigo a los violadores, cambiaría para siempre la aplicación de la justicia. Y es tan inmenso el daño causado en cada abuso, que la sociedad, incluso aquellas de los países imaginarios, no es capaz de entender, aunque la vean de frente todos los días por el resto de sus vidas.

Puse la cabeza sobre la almohada y cerré mis ojos. Traté de dormir, pero no pude. La mirada, el dolor y la impotencia de Margraves se quedaron grabados en mi mente. Y a medida que fueron pasando los minutos, me quedé escuchando el tic-tac del reloj colgado en una de las paredes del cuarto. Aquel ruido despertó todos los fantasmas que demoré muchos años para atraparlos y encerrarlos en una jaula de gruesos barrotes y un enorme candado cuya llave olvidé en alguna parte de mis recuerdos, hasta que vi aquella escena, el rostro de aquel padre suplicando un minuto de vida para encarar a la bestia que le robó la virginidad de sus pequeñas.

Desde ese día ya no puedo dormir como había conseguido hacerlo en los últimos años. Flask Back, dicen los médicos que nos han atendido. Al principio pensé que el insomnio era porque en aquel tiempo no exigí un minuto para desahogar mi pena, mi rabia, mi dolor o como diablos se llame, pero después me di cuenta que la razón de mis pesadillas era que los fantasmas que dejé pudrirse en el país imaginario viven en todo el mundo, en todas partes, incluso aquí en Estados Unidos todo el tiempo.

Un minuto jamás será suficiente, tampoco 175 o 260 años. Debemos exigir leyes más severas y castigos ejemplares para aquellos que se atreven a tocar un niño, y destruirle el corazón y los sueños a padres como Randall Margraves.

Nunca será suficiente todo lo que hagamos para que nunca más alguien viole a un niño.

*El nombre real se omite para proteger a las víctimas.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.