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Trump se dirige a seguidores en un evento de campaña en 2016
Arturo Sarukhan
Opinión

Consultor internacional, exembajador de México en Estados Unidos

Por qué México sí debe confrontar a Trump

Por qué México sí debe confrontar a Trump

“Se abre una oportunidad para recalibrar la estrategia del gobierno mexicano en el contexto de la campaña presidencial estadounidense”.

Trump se dirige a seguidores en un evento de campaña en 2016
Trump se dirige a seguidores en un evento de campaña en 2016


Para estas alturas del proceso electoral presidencial estadounidense, ya se han vertido ríos de tinta, difundido tsunamis de transmisión televisiva y radiofónica y descargado oleadas de terabytes de información acerca de Donald Trump y su campaña basada en demagogia, populismo, xenofobia y nativismo.

Hay pocos países fuera de Estados Unidos en donde ésta ha tenido más eco y encierra más repercusiones potenciales que México. Esto no es meramente por el predecible rechazo que sus declaraciones han generado o las respuestas condicionadas, estridentes en su gran mayoría y detonadas por el nacionalismo o la defensa del “orgullo nacional”, emulando en mucho el nivel de simplismo del propio Trump. Han desatado —y debieran desatar— un profundo e importante debate en México en torno a la relación con Estados Unidos y las prioridades, intereses y agendas mexicanas en ese país.

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De entrada, para una nación cuya relación bilateral más importante en el mundo es precisamente con Estados Unidos, ese debate en sí mismo no es mala cosa. Estados Unidos es el primer socio de México; comerciamos $1,400 millones de dólares al día en ambas direcciones y México es el segundo destino más importante del mundo para las exportaciones estadounidenses. Y con 35 millones de mexicoamericanos de los cuales 11 millones (cerca de 5 millones de estos son indocumentados) son mexicanos, el bienestar, la prosperidad y seguridad de una nación son fundamentales para la otra. Pero el problema de fondo, y más allá de la realidad determinada por estos números, es que tanto el debate en torno a cómo posicionarse frente a Trump y algunas de las respuestas articuladas desde México han demostrado, en su gran mayoría, confusión en torno al cómo y el para qué.

Han habido no pocas voces, tanto al interior del gobierno mexicano como fuera de él, que de arranque han opinado –ya sea por apego doctrinario a principios de la política exterior mexicano o por una lectura de realismo político con respecto a lo que siempre está en juego para México cuando EE.UU acude a las urnas- que el gobierno no debe responderle a Trump para evitar pronunciarse o involucrarse así en un proceso electoral interno de otro país. Y es esta la posición que con algunas excepciones esporádicas, se había venido instrumentando hasta el momento.

De arranque y ceteris paribus, es un hecho que esa postura le ha servido bien a México a lo largo de la historia reciente en su relación con EE.UU. Cualquier país con una frontera terrestre de más de 3,000 kilómetros —y una relación de poder asimétrica— con la mayor potencia del mundo haría bien en no adoptar una posición o preferencia partidista-electoral dado lo mucho que está en juego para el interés nacional. Por ende, a lo largo de ciclos electorales estadounidenses previos, sucesivos gobiernos mexicanos han ejercido correctamente —como la gran mayoría del resto de naciones aliadas o cercanas a Estados Unidos— prudencia y mesura.

Quizá la única excepción a la regla fue la apuesta abierta del entonces Presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari a favor de la reelección de George H.W. Bush en 1992 (predicada básicamente en una relación personal y la apuesta a favor de la ratificación del tratado de libre comercio que se asumía se daría en automático con la reelección), y que precisamente se tuvo que corregir con el concomitante esfuerzo por reconducir la relación y la agenda bilateral una vez electo Bill Clinton, incluyendo el cambio de embajador en Washington.

Pero el problema de fondo que México hoy tiene que confrontar es que la precampaña presidencial 2016 para la nominación de candidaturas partidistas —y a partir de julio también, previsiblemente la propia campaña general— se aparta notablemente del patrón habitual de contiendas previas. Hay dos razones de peso para argumentar por qué sí debemos posicionarnos activamente todos aquellos que estamos convencidos de la importancia seminal de las relaciones entre México y EEUU y corregir y responder a Trump y a quienes hacen eco de sus posturas y pronunciamientos.

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Primero, durante mis seis años de gestión como embajador mexicano en Estados Unidos, fueron muchos los mexicanos que se quejaban o me manifestaban preocupación por el hecho de que no se hablaba de México en las campañas presidenciales, a tal grado que esas mismas voces equiparaban esa ausencia con una falta de interés estadounidense en nuestro país. Yo invariablemente contestaba que había que tener cuidado con lo que uno desea en la vida, y argumentaba que prefería que México no figurara ni de lejos como tema de las precampañas o campañas generales. Y es que habitualmente, los países que forman parte de la narrativa de una contienda presidencial estadounidense lo hacen en un contexto negativo, ya sea en función de los retos que la nación en comento representa para EEUU o como piñata política-electoral para anotar puntos con algún segmento de la opinión publica y del electorado. La última vez, previo a 2016, en la cual México había figurado de manera relevante en una campaña presidencial en este país fue precisamente en 1992 cuando se debatía la pertinencia de suscribir el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) recién negociado con México y Canadá, y cuando Ross Perot usó a nuestro país para enfilar sus baterías contra la reelección de Bush y la candidatura de Clinton.

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Hoy México vuelve a estar inserto, como nunca antes, en un proceso electoral de este país. Y si bien existe la posibilidad real de que Trump pudiese no acabar siendo el candidato Republicano, el golpeteo, que bien podría matizarse en el contexto de la elección general a partir de las convenciones en julio, no desparecerá, sobre todo si Trump logra alzarse con la nominación o, si derrocado en la convención, decide lanzar una candidatura independiente. Sea cual fuere el saldo de los comicios de noviembre, esta campaña dejará cicatrices para México y para los mexicanos en Estados Unidos. Y si bien la relación bilateral entre ambas naciones se ha venido institucionalizando a pasos agigantados en las últimas dos décadas y es lo suficientemente robusta como para resistir la demagogia de Trump, el discurso nativista y populista de éste ha afectado indefectiblemente la narrativa en ambos lados de la frontera acerca del por qué es crucial para estas dos naciones por igual la relación entre ellas. Está rebobinando percepciones y opinión pública en ambas naciones a niveles previos al TLCAN, basadas en desconfianza, estereotipos y clichés mutuos.

Segundo, el sistema político estadounidense permite un campo de maniobra mucho más amplio de lo que sería kosher, permisible o aceptable en otras naciones, particularmente en una como México. Si un Embajador estadounidense en México hubiese declarado y hecho la mitad de las cosas que yo declaré e hice en su momento como Embajador mexicano en EEUU, la opinión pública mexicana —de izquierda al centro y a la derecha del espectro ideológico— hubiese bramado por su expulsión por “inmiscuirse en los asuntos internos mexicanos”. Al final del día, ese espacio que el sistema político estadounidense abre hay que usarlo y aprovecharlo siempre. Pero además, en esta contienda en particular, el hecho de que el liderazgo nacional Republicano y buena parte del partido están hondamente preocupados por la posibilidad de que Trump pudiese alzarse con la nominación, y que eso a su vez haya llevado a un esfuerzo abierto y concertado por descarrilarlo, le otorga —nuevamente— espacios a México y a su gobierno para articular entre ahora y la convención Republicana un discurso inteligente y estratégico en contra de Trump y de los argumentos que ha usado para golpear a México y a los mexicanos en EEUU, sin necesariamente contaminar su relación con uno de los dos partidos políticos de este país.

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¿Cómo debe entonces posicionarse México en este contexto? Entendiendo que a la flatulencia no se le responde con flatulencia. No se debe personalizar en la respuesta; esto no es sobre Trump, por más deleznable que nos pueda parecer el personaje. La manera de buscar contrarrestarlo a él —y a otros que puedan emularlo— y a su discurso basado en mitos urbanos, premisas equivocadas o mentiras, no es con el histrionismo o los golpes de pecho. Es con la contundencia de los datos duros. Datos duros sobre el papel que juegan los mexicoamericanos para el bienestar y la vitalidad económicas, sociales y culturales de Estados Unidos; sobre el enorme talento de profesionistas, intelectuales, emprendedores, trabajadores, jornaleros, artistas y creativos de la diáspora mexicana en este país; sobre el impacto de la relación comercial y económica con México para el empleo y las exportaciones estadounidenses; o sobre el papel que México ha jugado desde el 11 de septiembre del 2001 en trabajar de la mano con su socio y vecino para fortalecer los esquemas de seguridad contra grupos terroristas internacionales.

Se debe hacer en inglés y a lo largo y ancho de EEUU. De nada sirve posicionarse en o declarar a medios mexicanos para consumo de la opinión publica nacional. Si bien es evidente que esto de tanto en cuanto puede ser necesario por razones políticas, la respuesta no debe estar dirigida a un auditorio doméstico. Se debe articular en los medios impresos, televisivos y radiofónicos estadounidenses, incluyendo a los de habla hispana. Y lo debe de hacer un grupo especialmente entrenado para ello, conformado por el Embajador en Estados Unidos y un grupo selecto de quizá 10 Cónsules en ciudades relevantes o emblemáticas estadounidenses.

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Con el recambio que se acaba de dar la semana pasada en la alineación de funcionarios mexicanos con responsabilidad directa en la relación con EEUU (a decir, la Embajada en Washington y la Subsecretaría para América del Norte), se abre una oportunidad para recalibrar la estrategia del gobierno mexicano en el contexto de la campaña presidencial estadounidense. Pero sería un error pensar que el reto empezó y acabará con la campaña.

Se requiere de una estrategia para el corto, mediano y largo plazos: cómo responder y posicionarse en el contexto electoral; cómo blindar y relanzar la agenda bilateral a partir del momento en que haya un@ Presidente elect@; y cómo corregir e impulsar narrativas y reconstruir alianzas en todo el país. Y ese esfuerzo no es sólo un tema de protección a mexicanos en EE.UU y tampoco es solamente un tema de promoción de la imagen de México en este país. Ambos factores son importantes ciertamente, pero no pueden constituir ni la estrategia misma ni sus únicas metas.

Habrá que profundizar alianzas con los sectores privado y corporativo estadounidenses que creen en y se benefician de la singular relación económica y comercial con México; será menester profundizar la relación con organizaciones cupulares nacionales hispanas y con la diáspora mexicana en EE.UU; será crucial desarrollar estrategias regionales articuladas en la ventaja que otorga a México tener la red consular más extensa que cualquier país tiene en otro, así como profundizar relaciones con alcaldes, gobernadores, concejales y legisladores estatales y con las oficinas distritales de congresistas federales. Hay que articular una estrategia que combine posicionamientos constantes en medios estadounidenses por parte de voceros gubernamentales junto con las de terceras voces; de activismo y visibilidad con trabajo de cabildeo discreto y por debajo del radar con aliados y actores cercanos a la relación bilateral. Y habrá que usar y aprovechar el gran poder de atracción (el llamado “poder suave”) que generan en sectores importantes y amplios de la sociedad estadounidense las industrias creativas mexicanas, la gastronomía, turismo y cultura mexicanas y los talentos artísticos, científicos, culturales y deportivos del país.

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No nos espera un camino fácil por delante. Será complicado revertir lo que ha alimentado —y de lo que se ha alimentado— Trump. Es posible que sea incluso demasiado tarde. Pero no queda de otra; es una tarea de todos —gobierno, sector privado, sociedad civil y diáspora mexicana en EEUU— y hay que confrontar a Trump y su discurso. Como escribió Shakespeare en su Enrique V, “Una vez más a la brecha, queridos amigos”. El peligro de no hacerlo es que políticos nativistas y populistas ganen la palestra pública en Norteamérica; la historia del siglo XX está repleta de ejemplos de las consecuencias dolorosas de cuando se permite que eso suceda.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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