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Nacionalismo líquido cubano

"¿Por qué una revolución conservadora como la cubana fue y en cierto sentido continúa siendo mirada como modelo por cierta izquierda?".
Opinión
Historiador y portavoz del Partido Arco Progresista en Cuba. Galardonado con el Premio Ion Ratiu a la Democracia 2016 del Woodrow Wilson Center. Es autor del libro “Ensayos progresistas desde Cuba” (CADAL, 2014). @cuestamorua
2022-03-17T12:24:24-04:00
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"El nacionalismo de la revolución cubana es líquido: voluble, inasible, escurridizo, conveniente y desintegrador" Crédito: YAMIL LAGE/AFP via Getty Images

El concepto de ideología tiene una acepción, tópica para América Latina, entendida como esa representación aspiracional del mundo que se vende como realidad y establece, a partir de ella, un catálogo de juicios, obligaciones y castigos para medir a ese mundo desde dos altos tribunales: uno moral y otro político.

La ideología así vista parió dos nociones arraigadas en nuestro hemisferio a partir de la revolución cubana: la de los nuevos nacionalismos, antiimperialistas por definición, y la del socialismo recombinado en base a progreso, justicia y democracia obrera.

¿Por qué una revolución conservadora como la cubana fue y en cierto sentido continúa siendo mirada como modelo por cierta izquierda? ¿Por qué una revolución antinorteamericana se percibe como triunfo de los nacionalismos reivindicativos en el llamado Sur Global?

Las respuestas nunca serán simples. La mezcla de narrativas, la visión culturalmente compartida del enemigo - de Salvador Allende a Jorge Videla -, la implicación de determinadas políticas redistributivas y la pretensión de encarnar un nuevo orden moral encubrieron las perversiones que encerraba la utopía cubana.

En Fidel Castro, el último rey católico, el historiador italiano Loris Zanattatraza un exquisito recorrido en el que se puede visualizar a la Cuba pos 59 en la línea del viejo catolicismo hispano, con su énfasis en la unidad de la cruz y de la espada, y en la de un tipo de jesuita con credenciales de austera justicia social, algo de fascinación técnica y mucho control cultural. Falta un texto riguroso que, a la izquierda, contraste a Cuba con sus paradigmas intelectuales, sus valores y las historias de vida de su gente.

Por lo pronto, el posicionamiento inicial del gobierno cubano frente a la invasión rusa de Ucrania hace saltar de nuevo la discusión reprimida sobre el nacionalismo en la revolución, y arroja otra luz en torno a sus justificaciones y su represión sobre los manifestantes del 11-J.

El apoyo esencial a Rusia en este conflicto revela en retrospectiva que lo que apareció como una revolución nacionalista, afirmada frente a los Estados Unidos, fue en verdad un antinorteamericanismo revestido con fragmentos de un relato histórico reivindicativo, que muy pronto mostró su negación de otros nacionalismos. De hecho, a excepción de la independencia de Argelia en 1962, Cuba nunca apoyo ningún otro proceso en el mundo bajo el fundamento del nacionalismo, sino del anticolonialismo, que coinciden en su alegato frente a antiguas metrópolis, pero difieren en los valores de integración que el auténtico nacionalismo representa.

¿Por qué la revolución cubana fracasa en América Latina y triunfa en África? Porque en la primera encontró los obstáculos nacionalistas que escasamente encontró en la segunda. Mientras en nuestro hemisferio hasta los partidos comunistas protestaban por la injerencia cubana, en el continente africano la idea y el proyecto de nación, con algunas excepciones, conformado por pedazos étnicos manufacturados, podían manipularse revolucionariamente. A la larga, fracasó, pero el nacionalismo africano se permeó del imperialismo cubano.

Porque en su proyección externa, la Cuba revolucionaria funciona en el eje de tres conflictos más o menos globales: Norte-Sur, capitalismo-socialismo y revolución-democracia. Ninguno de esos ejes tiene reparos nacionalistas.

Ello explica lo que sigue. Cuatro años después de apoyar la independencia argelina, el gobierno cubano apoyó el ataque a la independencia de la entonces Checoeslovaquia (1968). En 1979, asumiendo la presidencia del Movimiento de Países No Alineados, vuelve a respaldar a la ex Unión Soviética en Afganistán. Esa proyección es doctrina: se confirma luego en 1991 con el silencio ante el asalto a Kuwait por el Irak de Sadam Hussein. En los 90s del pasado siglo, Rusia muerde a Moldavia en la Transnistria, sin pronunciamiento cubano; para 2008 el escenario regresa en Georgia con la secesión de dos de sus territorios, y en 2014 Rusia se siente asistida por Cuba en su anexión de Crimea.

Que persista ahora en el apoyo a una típica guerra de conquista, reconociendo a las autoproclamadas repúblicas de Donestk y Lugansk, es consustancial con la naturaleza de un régimen que instala la soberanía en un modelo de Estado y no en un modelo de nación. El apoyo al independentismo puertorriqueño es otro modo de ser antinorteamericano, no nacionalista.

El nacionalismo de la revolución cubana es líquido: voluble, inasible, escurridizo, conveniente y desintegrador. Se ha construido en la negación y destrucción sistemática de aquellos cubanos que no responden al Estado, olvidémonos de las excusas ideológicas, y se reconstruye y reproduce sobre un modelo de economía cínica que extrae renta y capital de quienes expulsa.

La prisión y las condenas injustas a los manifestantes del 11-J no responden a los principios de independencia, soberanía e integridad territoriales que se desconocen para Ucrania a favor de Rusia, sino a las necesidades existenciales de un Estado que se reafirma contra la idea misma de nación. Pese a lo que diga cierta izquierda.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial

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