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León Krauze: Censurar a Trump no es el camino

León Krauze: Censurar a Trump no es el camino

El periodista considera que, en democracia, las posiciones incómodas de un político no se censuran; se debaten, se refutan e, idealmente, se exhiben

León Krauze: Censurar a Trump no es el camino GettyImages-Trump-Faces2.jpg


Por León Krauze, conductor de noticias de Univision KMEX, periodista y autor

Un par de asuntos recientes en Estados Unidos me han hecho acordarme de una conversación que tuve hace poco más de un lustro con el político chileno Marco Enríquez Ominami. Era el año 2009 y MEO (como se le conoce allá) buscaba la presidencia de su país con una campaña que apelaba, antes que nada, al voto joven.

Rumbo al final de la entrevista le pregunté por el papel de las redes sociales en la vida democrática de Chile y otros países latinoamericanos. En México ya se registraba entonces una cierta pulsión por censurar la libertad de quienes, en la red, cuestionaban a la clase política. Quise saber el diagnóstico de Enríquez: ¿qué opinión le merecía la discusión en los medios sociales?, ¿valía la pena considerar regularlos? Su respuesta me pareció memorable: “Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia; los de la libertad, con más libertad”, me dijo.

Aunque no es nuevo, el diagnóstico de Enríquez Ominami es particularmente relevante hoy en Estados Unidos. Quizá por la reciente andanada de intolerancia o tal vez por los años que ya se arrastran de polarización, algunas voces parecen peligrosamente dispuestas a olvidar el primer deber de una democracia: la defensa de sus libertades.

Ahí está, para empezar, el caso de los candidatos republicanos y su asalto contra la libertad periodística después de los primeros tres debates de su proceso de elecciones primarias. La historia es de sobra conocida. Después de enfrentar una serie de preguntas que consideraron injustas e imprudentes, además de otras quejas de formato y presentación, el partido republicano optó por cancelar un debate previsto para febrero. Acto seguido, representantes de varios de los aspirantes republicanos redactaron una carta que enumeraba una insólita lista de peticiones que incluía evitar algunos formatos de preguntas, como los famosos “lightning rounds” en los que los candidatos se ven obligados a responder velozmente a preguntas muy puntuales, discusiones entre candidatos, preguntas donde lo único que se requiera se un “sí” o un “no”, cuestionamientos “frívolos”, tomas de las reacciones de la audiencia y otras imposiciones absurdas.

El mensaje no podía ser más claro para las cadenas interesadas en organizar los siguientes debates del partido conservador: de aceptar el legajo republicano, las reglas del ejercicio no estarían en manos de los periodistas (cuyo oficio es, al fin y al cabo, incomodar a los poderosos) sino en las de los políticos.  En otras palabras, los republicanos pretenden resolver los problemas de la democracia con menos democracia. Es un desplante insólito. La respuesta a la asertividad periodística, fastidiosa por naturaleza, no es la censura, al menos no en Estados Unidos.

Pero la de los republicanos y sus debates no es la única instancia reciente en la que la censura pretende coartar el ejercicio de la libertad de expresión, por más incómoda que resulte.

Hace unas semanas, los productores del programa Saturday Night Live (SNL), la mayor institución de comedia televisiva del país, informaron que Donald Trump fungiría como anfitrión de la emisión del sábado 7 de noviembre. Al polémico anuncio han seguido protestas de todo tipo. Varias pretenden presionar a la NBC para que revoque la invitación. Para Luis Gutiérrez, congresista de Illinois, la presencia de Trump en el escenario de SNL implicaría una suerte de aval público a sus posiciones intolerantes: “Esto le dice a Estados Unidos que todo lo que ha dicho Trump desde que comenzó su campaña no tiene mayor importancia”. En una carta enviada a los presidentes de Comcast y la NBC, Gutiérrez remata sugiriendo la censura: “Por favor, retírenle la invitación […] demuestren que el racismo no es simpático”.

Por supuesto, la rabia de Gutiérrez y de las diversas organizaciones que han exigido la cancelación de la presencia de Trump es plenamente comprensible. En efecto, el racismo no es chistoso. Aun así, reprimir la libertad de expresión no es el camino. En democracia, las posiciones incómodas de un político no se censuran; se debaten, se refutan e, idealmente, se exhiben.  En esto último, pocos recursos son tan útiles como la comedia. Saturday Night Live puede presumir de una larga historia de inclemencia con los políticos. Ejemplos sobran, desde la imitación hilarante y brutal que hiciera Chevy Chase de Gerald Ford hasta la tunda que le propinaron al robótico Al Gore durante la campaña del 2000, que bien pudo constarle la elección.

En años recientes, recuerdo a Tina Fey dejando mal parada a Sarah Palin o, en las últimas semanas, a Kate McKinnon interpretando a Hillary Clinton como una especie de medusa, insaciable de poder.  Lo que hay que exigirle al programa, entonces, no es que le niegue un espacio a Donald Trump. Lo que hay que pedirle es que lo someta a una hora y media de incomodidad, de sátira implacable que exhiba su falta de congruencia, su vanidad y, sí, su intolerancia. Después de todo, el ridículo es mucho más doloroso que la censura. ¡Y mucho más democrático!

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.


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