Justificar a Trump es devaluar la presidencia

“Solo imagine la reacción del liderazgo republicano si en lugar de Trump fueran Barack Obama o Hillary Clinton los implicados en la madeja del Rusiagate”.
Opinión
Asesora ejecutiva de America’s Voice.
2017-06-12T11:04:57-04:00

La presidencia se ha devaluado, se ha abaratado.

Esa fue la sensación que me produjeron no solo la altanera reacción del presidente Donald J. Trump al testimonio del exdirector del FBI, James Comey, ante el panel de Inteligencia del Senado, donde tildó a Trump de mentiroso, sino el lamentable espectáculo del liderazgo republicano del Congreso. En especial el presidente de la cámara, Paul Ryan, excusando a Trump por haberle pedido a Comey que desistiera de la pesquisa en torno a los vínculos de su exasesor de seguridad nacional, Michael Flynn, con Rusia.

Según Ryan, Trump es un “novato” en la política y no sabe de protocolos en sus pláticas, ya sea con el Departamento de Justicia o con el FBI. El pobrecito e inocente Trump no sabía que estaba rozando la obstrucción de justicia o abusando de su poder al pedirle a un director del FBI que desistiera de la pesquisa sobre Flynn, o de pedirle lealtad, y cuando no logró ninguna de las dos cosas removió a Comey de su cargo.

Ya ha quedado más que claro que tanto en el Congreso como en los círculos políticos de Washington y en el país en general no existen límites sobre lo que se considera apropiado o permisible.

A Trump le encanta hablar de muros en las fronteras físicas del país, pero no se impone fronteras a sí mismo. Vendió su personaje de bufón irreverente y sus seguidores lo compraron tildándolo de “único”, “diferente”, justificando y excusando su prejuicio y su ignorancia catalogándolas de “refrescantes”. Como el propio Trump dijo en la campaña, puede dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York y no perdería votos ni apoyo.

Y lo mismo ha ocurrido con el liderazgo republicano y con las decenas de voceros de Trump que en prensa escrita, radio y televisión venden su dignidad defendiendo a capa y espada a un individuo que solo ha venido a abaratar la presidencia.

Solo repase lo que nos ha llevado hasta aquí.

El eje central de este “reality show” es la intromisión de una nación hostil como Rusia en nuestro sistema electoral, alegadamente confabulanda con integrantes de la entonces campaña de Trump.

Al centro está la figura del general Flynn, el exasesor de seguridad nacional de Trump que ocultó sus encuentros y pláticas con los rusos y al final Trump tuvo que dejarlo ir. Pero, por alguna razón, el presidente intervino con Comey para que a su vez “dejara ir” la pesquisa en torno a Flynn como a quien le preocupa lo que vaya a revelar la investigación.

Trump también le habría dicho a Comey que espera lealtad de parte de sus subalternos. En su testimonio bajo juramento Comey presentó los datos contenidos en sus memorandos redactados inmediatamente después de sus encuentros con Trump.

Comey le ofreció a Trump honestidad y la pesquisa continuó. Trump lo removió de su cargo, lo tildó de “loco”, atacando la integridad de Comey y su liderazgo.

Ahora le corresponde al fiscal especial, Robert Mueller, también exdirector del FBI, decidir si las acciones de Trump constituyen obstrucción de justicia, abuso de poder o ambos. Queda un largo camino por delante.

Pero solo imagine la reacción del liderazgo republicano si en lugar de Trump fueran Barack Obama o Hillary Clinton los implicados en esta madeja.

En 1998 el entonces presidente demócrata Bill Clinton enfrentó un proceso de destitución que emanó de una relación sexual con una joven pasante en la Casa Blanca. La Cámara Baja de mayoría republicana acusó a Clinton de perjurio y obstrucción de justicia. Dos presidentes camerales republicanos que condenaron a Clinton, Newt Gingrich y Bob Livingston, terminaron dimitiendo a sus cargos, uno tras otro, porque predicaron la moral en calzoncillos y apedrearon a Clinton teniendo techos de cristal. Ambos admitieron sus respectivos adulterios. Al final, Clinton fue absuelto en el juicio de destitución que condujo el Senado federal de mayoría republicana a principios de 1999.

Considere el contraste. A finales de los 90 los republicanos del Congreso trataron de destituir a Clinton por mentir bajo juramento sobre una relación extramarital.

En 2016 una nación hostil, Rusia, interviene en las elecciones presidenciales con la intención de beneficiar a uno de los candidatos, Trump, quien gana la presidencia y casi automáticamente se revela que no una sino varias figuras asociadas a su campaña y ahora a su Gabinete tuvieron reuniones con figuras rusas que, por alguna razón, olvidaron revelar, y cada detalle que emerge es peor que el anterior.

Como si fuera poco, la interacción Trump-Comey le pondría los pelos de punta a cualquiera: un presidente en funciones pidiéndole a un director del FBI que cese de investigar a un exfuncionario por sus lazos con los rusos que intervinieron en la elección presidencial. Cuando la pesquisa continúa, Trump echa al director del FBI y luego en una entrevista admite que lo hizo pensando en el tema de Rusia.

Pero esa atrocidad a los republicanos de 2017 no les huele a obstrucción de justicia ni a abuso de poder. Si fueran Obama o Hillary, los republicanos pedirían sus cabezas por traición a la patria.

Pero como es Trump, es solo la inexperiencia del bufón presidente que con su comportamiento sigue poniéndonos en vergüenza y devaluando la presidencia.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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