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Arturo Sarukhan: Cleveland, ¡tenemos un problema!

El analista prevé un quiebre en la estructura y perfil de los partidos políticos, particularmente del Republicano
16 Mar 2016 – 8:22 AM EDT


Por Arturo Sarukhan, consultor internacional, exembajador de México en Estados Unidos

No cabe duda que el proceso primario en curso para la elección presidencial estadounidense está marcando un potencial parteaguas en la historia política moderna de Estados Unidos. Hay un electorado hastiado de la “política de más de lo mismo”, cabreado con cúpulas partidistas que han dejado de ser correas de transmisión entre la ciudadanía y las políticas públicas, y sin optimismo alguno sobre el futuro.

Esta circunstancia podría no solo conducir a un escenario no previsto en el arranque de los procesos de nominación –e incluso en las urnas mismas en noviembre–, sino también trastocar de manera seminal el sistema político-partidista que hemos atestiguado en este país desde hace décadas. Y el crisol de ese cisma bien podría ser la Convención Nacional Republicana en Cleveland, que se celebrará del 18 al 21 de julio.

Los efectos de la brutal recesión de 2008 (que de hecho ya se estaban manifestando desde antes de 2005 cuando el entonces presidente del Banco de la Reserva Federal, Alan Greenspan, alertó sobre los efectos de una caída sustancial en los niveles de vida de la sociedad estadounidense), así como los de la creciente desigualdad económica –en la que un estrato socioeconómico cada vez más reducido concentra un porcentaje cada vez más elevado del ingreso a costa de una clase media que se ha venido compactando– y las percepciones de injusticia de sectores amplios que han visto desaparecer las escaleras de movilidad social, han polarizado al electorado y abierto una brecha entre élites políticas y el ciudadano común y corriente. A pesar de la recuperación económica que se ha venido registrando en años recientes, 2015 atestiguó el aumento más dramático en la desigualdad del ingreso desde finales del 2008.

Por ende no debe sorprendernos que en el contexto de una recesión y una recuperación endeble, millones de estadounidenses estén buscando alternativas al statu quo. La narrativa de un vaso medio-vacío predomina por encima de la del vaso medio-lleno. Nadie cree que la recesión haya terminado y nadie siente que el crecimiento y el aumento en el empleo los esté beneficiando. Para millones de familias que escuchan a políticos decir que “la recesión ha terminado” y que “las cosas mejoran”, su respuesta es “eso no es cierto, mi situación no ha mejorado; de hecho me esta yendo igual de mal o peor”.

Por ello, tampoco es sorprendente el que en ambos extremos del espectro ideológico, un Donald Trump con su discurso demagógico y populista y un Bernie Sanders, con su denuncia de la desigualdad y su llamado a trastocar el sistema económico y político vigente, hayan adquirido tracción política y electoral. Trump culpa a factores externos –acuerdos comerciales con China y México, a países que se aprovechan de Estados Unidos, y a los migrantes, refugiados y musulmanes– y promete hacer “ganar” y volver “exitoso” de nuevo al país.

Sanders por su lado culpa a factores internos, como la distribución inequitativa de la riqueza, la pérdida de empleos, y el endeudamiento creciente. En el fondo, la irritación social se agrava con un fenómeno en dos vías paralelas: mientras las demandas del ciudadano y las aspiraciones sociales ascienden en elevador –y en algunos casos, un elevador exprés cortesía del acceso a y uso de redes sociales– las respuestas de los gobiernos nacionales a esas demandas y aspiraciones suben por la escalera.

No obstante, y a pesar de este sentimiento acendrado de malestar social, lo más probable es que la elección general en noviembre no devenga en una revolución. Pero lo que sí podría ocurrir en el camino a las urnas es un quiebre en la estructura y perfil de los partidos políticos, particularmente del Republicano, y el inicio de un nuevo sistema partidista en el país.

Si bien los partidos no están consagrados en la Constitución estadounidense, son el sustento del sistema político de Estados Unidos. Son el mecanismo esencial en el manejo de la alternancia y la sucesión del poder político, y hasta hace relativamente poco, eran los vehículos primordiales para obtener el consenso –o mínimamente el apoyo– social para el diseño e instrumentación de políticas públicas. Conjugan suficiente apoyo para fortalecer el mandato de un gobierno o, de manera inversa, atraen y canalizan la insatisfacción y el rechazo suficientes para cambiar de gobierno.

Indistintamente, en cualquiera de estas dos vertientes, los partidos cumplen la función de articular intereses y aspiraciones de un porcentaje sustancial de la ciudadanía. Pero la “rebelión de las masas” contra el llamado establishment y las cúpulas partidistas, el creciente descrédito de los dos partidos –fenómeno que no es privativo de Estados Unidos sino que se está dando en muchas otras democracias institucionalizadas o de nuevo cuño– y la atomización política y balcanización ideológica en este país podrían dar al traste con las estructuras partidistas tradicionales con las que operaba la maquinaria política estadounidense moderna.

Ello explica en gran medida por qué, hasta el momento, ni el Comité Nacional Republicano (RNC), el Comité Nacional Demócrata (DNC) o los precandidatos favoritos o percibidos como los más fuertes al arranque de las primarias han logrado tomar el control del volante en el camino hacia la nominación para la contienda presidencial. Esto es particularmente cierto en el partido Republicano. Y es en este contexto que se está dando un esfuerzo interno en ese partido para negarle a Trump los delegados necesarios para erigirse como candidato.

Hay analistas y miembros de su partido que creen que la manera viable de lograr ese objetivo va precisamente en el sentido opuesto de quienes habían argumentado, hasta las primarias de este martes pasado, que para tumbarlo, Kasich, Rubio o Cruz se debían retirar para dejar a un solo precandidato fuerte y con recursos para confrontar a Trump.

Por ello, están apostando a que los dos precandidatos que quedan, Cruz y Kasich, se mantengan en juego el mayor tiempo posible para que Trump no pueda llegar a la convención con el número de delegados requeridos para obtener la nominación y forzar así una convención abierta o negociada (“ brokered convention”, por su término en inglés).

De mantener Trump su ventaja político-electoral en el proceso de elección interna, pero sin alcanzar aún el número mágico de los 1,237 delegados requeridos para alzarse con la nominación, la convención en Cleveland es la última oportunidad que tendrá la cúpula Republicana para detenerlo.

Por tanto es posible que los delegados y asistentes a la convención nacional Republicana tengan que extender sus reservaciones de hotel en Cleveland más de lo originalmente previsto. Y es que dependiendo por un lado de lo que ocurra en las primarias y asambleas (los llamados caucus) restantes en marzo y con el éxito o fracaso de la estrategia para descarrilar a Trump por el otro, Cleveland podría devenir en una coronación o en caos.

Hay muy pocos estadounidenses que hoy puedan recordar cuándo fue la última vez que el secretario de una convención nacional llamó a voto y ningún precandidato obtuvo la nominación en la primera ronda. Sucedió en la convención Republicana en 1948 cuando se votó en tres rondas hasta seleccionar a Thomas Dewey, quien acabaría perdiendo la elección presidencial ante el presidente Harry Truman. Y ocurrió también en 1952 durante la convención Demócrata de ese año cuando sus delegados tuvieron que votar también en tres rondas hasta escoger a Adlai Stevenson, quien luego perdería la elección presidencial con Dwight Eisenhower.

Este escenario de una convención abierta o negociada no se ha repetido en más de medio siglo en gran parte porque desde entonces, para cuando llega la convención, los dos partidos han logrado decantar la elección de sus candidatos en el transcurso de las primarias y asambleas. Las convenciones han sido de hecho, durante décadas, formalismos y esquemas de socialización y arropamiento de las candidaturas, mecanismos para convertir en de jure lo que era ya una situación de facto semanas antes de que los delegados llegasen a la ciudad elegida para albergar la convención de su partido. Pero no porque no se ha dado en mucho tiempo no podría volver a suceder. El pasado bien puede ser prólogo, y 2016 es el año en el que este escenario pudiera repetirse con el partido Republicano.

¿Qué es lo que puede ocurrir en Cleveland? Hay dos cosas que hay que entender de entrada con respecto a una convención abierta o negociada. Primero, que éstas se han dado históricamente cuando uno de los partidos experimenta profundas divisiones internas que no pueden ser conciliadas, como las que hoy vive el partido Republicano. Y esas divisiones profundas generalmente van acompañadas de una percepción generalizada de que el puntero en el proceso primario podría costarle al partido la elección presidencial en noviembre.

Eso ocurrió con George McGovern en 1972 y con los presidentes Gerald Ford (1976) y Jimmy Carter (1980), los cuales perdieron ambos su reelección. Segundo, que las reglas bajo las cuales opera la convención Republicana otorga el derecho a los delegados de votar para sobreseer una regla de procedimiento, la llamada Regla 16, la cual permite liberarlos de votar en automático y obligatoriamente por el candidato que ganó la asamblea o primaria de su estado.

En caso de que la convención arranque con un escenario en el cual ninguno de los tres precandidatos que quedan ha alcanzado los 1,237 delegados para asegurarse la nominación en la primera ronda de votación, la convención en sí misma se erige en el mecanismo de selección del candidato. A partir de la segunda ronda de votación –y durante cuantas rondas subsecuentes de voto sean necesarias hasta que un precandidato alcance el número de delegados requeridos para la nominación– los delegados tienen la libertad de cambiar su voto por el candidato que deseen (el ejemplo histórico más notable es la convención Demócrata de 1924, cuando los delegados tuvieron que votar en 103 rondas hasta nominar al candidato).

Si Trump llega a Cleveland con un faltante de entre 20 a 30 delegados, es muy probable que obtendrá sin demasiada dilación los votos necesarios, en una o dos rondas quizás, para alzarse con la nominación. Pero si está, digamos, a 200 delegados de esa meta, habrá una batalla campal en la convención y se desatará toda suerte de aritmética de delegados, alquimia electoral y presión para decantar la nominación, incluyendo los 163 delegados obtenidos por Rubio antes de anunciar su retiro de la contienda, y quien ha prometido movilizarlos en contra de Trump. Por ello la estrategia del liderazgo Republicano para negarle al empresario neoyorquino la mayoría de delegados que requiere para llegar a Cleveland con la nominación es sólo la primera parte de la batalla. Los líderes del partido, ya en Cleveland, tendrían que convencer a los delegados de pivotear y apoyar a otro precandidato.

De tener éxito en esta maniobra, es altamente probable que Trump denuncie al partido y decida lanzarse como candidato independiente, exponiendo al partido Republicano a una fisura del voto conservador y de extrema derecha que prácticamente le daría en bandeja de plata el triunfo al partido Demócrata, en caso de que Hillary Clinton –como parece ser el caso– sea la nominada. Las acusaciones de que las élites del partido dieron un golpe de Estado y decapitaron una insurgencia de las bases del partido tampoco se dejarían esperar. Pero si Trump gana la nominación en Cleveland, el partido Republicano podría estar encaminado a una derrota significativa –quizá de paso perdiendo también el Senado– en noviembre. En cualquiera de estos escenarios, las perspectivas no son nada halagüeñas para el partido Republicano y para su futuro.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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