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Lionel Messi.

¿Otro papa argentino?

¿Otro papa argentino?

En esta columna de Martín Caparrós se habla la pasión de millones de personas en el mundo por el fútbol.

Lionel Messi.
Lionel Messi.

Por Martín Caparrós

Aquí, en esta ciudad, se inventaron dos o tres religiones: las más arrodilladas de estos tiempos, las que mejor resisten. Pero la gran religión contemporánea va a empezar "aquí también, en todas partes" su jubileo.

Aquí en Jerusalem no hay banderas colgadas en las casas; Israel no consiguió ganar los partidos necesarios para viajar a Brasil, Palestina no consigue viajar a los partidos porque Israel le niega las visas.

Aquí en Jerusalem, este viernes 13, los religiosos judíos que mucho la controlan intentarán que los partidos de México, España, Chile no turben el shabat: que no se vean. Aquí en Jerusalem, seguramente, otro choque de religiones terminará en derrota.

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Religiones. Que un tonto como yo tiemble frente al televisor es una tontería. Que millones temblemos, al mismo tiempo, frente al televisor donde un muchacho de pantalones cortos está a punto de patear un cuero inflado "donde un muchacho puede mandar un cuero inflado a la tribuna o al carajo o entre tres postes blancos" es un hecho social tan fascinante, un gran invento: algo que podría no existir y se volvió un eje en nuestras vidas. Algo para creer, para pasar de padre a hijo, para definir amigos y enemigos, una forma de ser a través de otros: un culto.

Que se celebra cada domingo "y cada miércoles, cada jueves y martes y sábado y por qué no lunes a las 10.27" pero se festeja sobre todo cada cuatro años: el Mundial.

El Mundial es el momento en que la religión del fútbol no tolera ateos; en que todos hablamos sin parar de sus misterios, en que los infieles e infielas que no ven un partido ni que llueva deciden verlos todos, en que los más ignaros "y las más ignaras" nos atacan con sus disquisiciones como si conocieran los sacramentos de esta fe pagana.

El Mundial es la gran misa de estos tiempos "y el padrecito Messi nuestro papa.

O, por lo menos, un obispo ambicioso "sí, un argentino" que está a punto de lanzarse al trono de San Pedro, también llamado trono de San Diego. Si no lo logra "si la fumata blanca no lo lleva", las plagas de Egipto se abatirán sobre un pueblo que nunca fue elegido. Y entonces, como dicen mis compatriotas españoles, que Dios nos coja confesados.


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