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¿Por qué se ha disparado la tasa de homicidios en Chicago?

El presidente Trump está prometiendo “enviar agentes federales”. Sin embargo, algunos investigadores no están convencidos de qué explica este incremento, ni tampoco de la forma de detenerlo.
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30 Ene 2017 – 11:33 AM EST

El pasado martes, el presidente Donald Trump amenazó con emplear fuerzas federales para “contener la horrible carnicería” que tiene lugar en Chicago, refiriéndose a la extraordinaria subida del índice de homicidios en la ciudad.


No se trata de un sueño de Trump: 762 personas fueron asesinadas en Chicago el año anterior, un alarmante 58% de incremento respecto de 2015. Tan repentino y dramático fue el aumento del número de homicidios en una de las principales ciudades de Estados Unidos que impactó, notablemente, en la tasa de asesinatos de todo el país en 2016. Pero nadie parece conocer realmente lo que está sucediendo allí.

Los últimos intentos por revelar este misterio provienen de un informe publicado la semana pasada, desarrollado por los Laboratorios Forenses de la Universidad de Chicago. En él, los investigadores analizaron exhaustivamente abundantes datos sobre programas sociales, fondos para la salud mental, estrategias políticas, permisos de investigaciones delictivas, propiedad de armas y otros. Pero lo que hallaron deja más preguntas que respuestas.

Más allá de los serios problemas de Chicago, la situación también ocupa un papel cada vez más crucial en el debate nacional sobre vigilancia y criminalidad. Trump a menudo aludió al índice de homicidios de Chicago durante su campaña, en consonancia con sus alocuciones sobre restaurar la ‘ley y el orden’ en la sociedad norteamericana. En agosto, el magnate dijo que los conflictos criminales de la urbe pudieran quedar resueltos mediante “ más severas tácticas policiales”, cantinela que repetiría una y otra vez en la campaña. Durante la transición en enero, Trump citó las estadísticas relativas a los asesinatos ocurridos en la ciudad en 2016. Desde luego, lo hizo en Twitter, asegurando erróneamente que se trataba de una “cantidad récord” y añadió que si el alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, “no se la puede, tiene que pedir ayuda federal”.

Una de las razones que explican la atención puesta en la tasa de homicidios de Chicago proviene, simplemente, del tamaño de la ciudad, según Max Kapustin, director de investigación de los laboratorios. Comparada con ciudades de dimensiones similares, como New York, y Los Ángeles, sostuvo, el índice homicida de Chicago es mucho mayor que el promedio. “Pero eso es muy distinto de sostener que Chicago está entre las ciudades más violentas y peligrosas en el país”, añadió. “Sabemos que hay un grupo de ciudades más pequeñas que Chicago –como Baltimore, St. Louis, Nueva Orleans, Detroit– que tienen índices de asesinatos mucho, mucho mayores. Lo que pasa es que, al ser considerablemente más pequeñas, no reciben la misma atención mediática”.

Ahora bien, ¿Qué distinguió a Chicago de las restantes grandes ciudades de Estados Unidos en 2016? El repentino incremento está echando por tierra, aún más, las explicaciones tradicionales acerca de qué podría estar alimentando los crímenes. ¿Fue un declive de su vasto sistema educativo? Los datos disponibles muestran una seria disminución en el presupuesto por estudiante, con costos apenas ligeramente fluctuantes entre 7,900 y 8,500 dólares por alumno desde 2012. Además, los índices de egresados de bachillerato subieron un 10% en el mismo período.

Tampoco es que un rápido decrecimiento en el gasto social en Chicago precipitara el incremento de los homicidios. La urbe invirtió 584 millones de dólares en 2016 en instituciones como su Departamento de Salud Pública, la Comisión sobre Relaciones Humanas y el Departamento de Servicios Familiares. Esto implica un aumento de cerca de 50 millones de dólares en fondos desde 2013. Y la controvertida decisión de la administración de Emanuel de cerrar la mitad de las clínicas de salud mental de la ciudad, ocurrida en 2011, está muy lejos en el pasado como para haber causado el fenómeno de 2016.

Incluso los datos vinculados a una de las más obvias causas posibles –un repentino cambio en las tácticas policiales– arroja poca luz para desentrañar el asunto. Las detenciones callejeras habían atravesado un declive sostenido desde inicios de 2014, cuando alcanzaron el pico de 80,000 detenciones por mes. Para octubre de 2015, se llegó a las 60,000 por mes, y luego fueron en picada hasta las 10,000 detenciones en diciembre de 2015. A primera vista, eso parecería correlacionarse con el drástico incremento en 2016.

Pero el panorama en su conjunto no está tan claro. Chicago experimentó una confluencia de sucesos a fines de 2015 que pudieron igualmente haber jugado un papel. La policía de Chicago publicó un video del asesinato de Laquan McDonald, el 24 de noviembre de 2015, desencadenando protestas a lo largo de toda la ciudad y desviando aún más la opinión pública hacia lo que sucedía en la Ciudad de los vientos. Trece días después, el Departamento de Justicia abrió una investigación sobre las prácticas policiales en Chicago. Entonces, el gobierno de la ciudad acordó completar un informe adicional después de cada detención en la calle el primero de enero, mismo día que entró en vigor una ley estatal que implicó mayores restricciones. “No se trata del típico caso de que la policía no está realizando sus funciones”, Kapustin acotó.

Hay otro factor ambiguo en la explicación de las detenciones policiales. A diferencia de Chicago, otras grandes ciudades de Estados Unidos que experimentaron considerables disminuciones en la cantidad de detenciones callejeras no sufrieron inmediatos aumentos en la cifra de homicidios u otros crímenes violentos. En 2011, el Departamento de la Policía de New York comenzó a abandonar sus prácticas de detención y registro en medio de las críticas públicas y de una batalla legal vigente acerca de su constitucionalidad. Algunos observadores predijeron que la ciudad quedaría bañada en sangre producto de reducir en algo sus detenciones y cacheos policiales. Pero se equivocaban: los índices de criminalidad de la ciudad permanecieron en su mínimo histórico incluso si se desplomaron, en un 10% respecto de sus niveles previos, estas prácticas.

Eso da qué pensar a Kapustin cuando evalúa el papel que el registro callejero jugó en el aumento de los homicidios urbanos en 2016. “ Pienso que todos deberíamos ser un tanto más humildes a la hora de anteponer estos argumentos causales de que una cosa llevó a la otra, porque la gente ha estado equivocada en el pasado”, recalcó, “y puede seguir equivocada si atribuyen este incremento a esa disminución de las prácticas de cacheo, ya que el quid del asunto es, simplemente, que prevalece el misterio”.

Es mucho lo que desconocen los investigadores. Un quiebre de las relaciones entre la comunidad y la policía tras el asesinato de McDonald pudo haber influido, pero sin encuestas o sondeos regulares sobre el problema, no hay datos confiables para probar el efecto. “Uno podría, de forma muy anecdótica, buscar historias y lo que encuentre en la prensa, pero esa no es una manera científica de corroborar el estado de esas relaciones”, refirió. Otro posible factor es el incremento de los conflictos entre bandas o pandillas, pero, por razones obvias, estos suelen ser muy complicados objetos de estudios.

“Eso bien puede explicar lo que está pasando, pero no existe forma de verificarlo, pues nadie guarda registro de la información con mensual sistematicidad”, agregó Kapustin. “Ojalá lo hicieran: haría nuestras vidas muchísimo mejores. A las más interesantes explicaciones, aquellas que verdaderamente fascinan a la gente, no tenemos cómo acceder”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com y en The Atlantic, como parte del proyecto Next America: Criminal Justice, con el apoyo de la Fundación John D. and Catherine T. MacArthur.

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