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CityLab Arquitectura

Dan luz verde a un increíble parque subterráneo en Nueva York

La Alcaldía aprobó la idea del área verde bautizada como “Lowline”, que se ubicará bajo un túnel de trolebuses abandonado.
15 Jul 2016 – 11:46 AM EDT

La visión Dan Barasch incluye jardines verdes creciendo bajo el concreto y el asfalto de la ciudad de Nueva York. Se imagina a la gente bajando las escaleras para enfrentarse a estalagmitas de helechos, bromelias y musgos en espacios hundidos e inundados de luz.

Esto ciertamente suena como una fantasía, pero la ciudad de Nueva York está un paso más cerca de lograr la creación de este parque subterráneo que funcionaría todo el año en un espacio subterráneo verde de un acre. Las autoridades de la Alcaldía han dado la aprobación preliminar al proyecto.

El miércoles, la Corporación de Desarrollo Económico de la ciudad aprobó que se comience a trabajar en los planes para desarrollar el Lowline en un terminal de trolebuses abandonado bajo el puente de Williamsburg.


Lowline Park

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Durante el siglo XX, el espacio era utilizado por este medio de transporte, pero se dejó de ocupar en 1948. Mientras tanto, el terreno en la superficie se ha transformado en una de las áreas de mayor densidad poblacional, en una ciudad que ya tiene problemas de espacio. Frente a esta situación, Barasch, el cofundador y director ejecutivo del proyecto, pensó que pasaría si los desarrolladores construyeran hacia abajo, en vez de construir hacia arriba.

Para probar esta premisa —la de un parque subterráneo sostenido por la luz que cae entre las aceras— Barasch y sus colaboradores construyeron un prototipo en un almacén abandonado dos cuadras al norte del futuro parque. En el Lowline Lab la luz del sol cae entre un follaje montado consistente en tres mil plantas, incluyendo frutas que crecen sin importar la estación del año. Dentro de este lugar habían fresas listas para ser cultivadas en marzo y mentas creciendo salvajemente en la mitad de diciembre. El resultado, dice Barasch, es un agradable y desconcertante sentido de estar inmerso en un jardín botánico, en la mitad de un área urbana.

Es difícil no quedar impactado por el proyecto, pero sus promotores dicen que su utilidad sobrepasa el factor novedad. “Mi primera reacción fue una combinación de decir ‘guau, esto es lo más loco que he escuchado’ combinado con un ‘qué pasa si en realidad lo pueden hacer’”, dice Alicia Glen, la vicealcaldesa encargada de desarrollo económico y de vivienda. Glen ve este proyecto como un modelo de otras formas creativas de revitalizar espacios públicos olvidados, especialmente en vecindarios como el Lower East Side, donde explica que “no hay mucho espacio para utilizar”. Ideas locas como esta, dice Glen, podrían ser clave para reactivar amplias redes estructurales que suelen ser invisibles y que están olvidadas. “Estamos tan apretados”, comenta la autoridad. “Nos debemos a nosotros mismos dar vuelta estas nuevas hojas”.


De todas maneras, han surgido voces que no apoyan la iniciativa. La revista New York comentó que algunos especialistas en transporte piensan que el espacio podría tener otros usos, como ser reacondicionado para mover trenes o buses. A su vez, un puñado de residentes se han manifestado preocupados de que el proyecto atraiga a las mismas masas de turistas que a veces atosigan el High Line, el revolucionario espacio verde que se construyó sobre 1.45 millas de una vía ferroviaria elevada en el borde oeste de la ciudad.

Para Glen, estas preocupaciones son sobrepasadas por el potencial que tiene este proyecto de agregar metros cuadrados, para distintos propósitos, que parecían imposibles de conseguir. “No estamos hablando de tomar algo que tenía otro propósito y tener un debate sobre cómo usar este terreno”, dice la vicealcaldesa. “Hemos creado otro acre de parques donde nunca pensamos que podría existir algo así”.

Pero antes de que el proyecto siga avanzando, sus creadores tendrán que responder a cualquier preocupación del público, realizando presentaciones, visitas guiadas al sitio y conversando con la junta comunitaria de la zona, la que ya declaró su apoyo a la iniciativa en diciembre. Este proceso “es como tener la bendición de la comunidad”, dice Stephanie Báez, vicepresidente de Asuntos Públicos en la Corporación de Desarrollo Económico de la Ciudad de Nueva York. “Si logran el visto bueno de todos, ese será otro paso adelante”.

El equipo también tiene doce meses para conseguir 10 millones de dólares en financiamiento y diseñar esquemas para los mecanismos financiaros que sostendrían el proyecto.

Barasch dice que este espacio subterráneo conserva trazos de su antigua vida: los adoquines y los cables siguen ahí, en el suelo y el techo. “Es como un fósil en ámbar”, dice. Con tecnología solar, agrega, este espacio podría pasar de ser una reliquia a una quimera. Redirigiendo la luz hacia abajo en el túnel, de manera similar a como un vidrio amplía la luz, “entregaríamos esta tecnología futurista que le da vigor al espacio y lo transforma en algo completamente desconocido”, dice.

Glen quiere también dar un empujón a este proyecto que ya ha tomado fuerza a través de los programas en su espacio temporal. Ahí, sus creadores ya han recibido a 70,000 visitantes desde octubre de 2015. Glen cree que su éxito es un testamento de la viabilidad del proyecto. “Las plantas están vivas, están creciendo”, dice. Seguir adelante permitirá, de acuerdo a ella, quizás crear más ideas fantásticas y activar de manera sorprendente los espacios urbanos. “Estamos abiertos a más ideas locas”, concluye.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.


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