Las mató hace 26 años, se hizo sheriff, pero ahora la rara técnica de estrangulamiento que usó lo delató

Mercedes Lázaro y Eva María Aznárez fallecieron en 1992 cuando un extraño les aplicó una llave que muy poca gente conoce. Casi tres décadas después, esta técnica y una curiosa medalla de oro ha llevado a cerrar el caso: fue Malcolm Harvey, un soldado, que acabó siendo alguacil en Georgia.

Durante casi tres décadas, las familias de Mercedes Lázaro y Eva María Aznárez han buscado respuestas al asesinato de estas dos jóvenes, quienes fallecieron estranguladas con poco tiempo de diferencia en extrañas circunstancias.

Lázaro, de 25 años, era una joven empleada de la Consejería de Industria, Comercio y Turismo del Gobierno de Aragón, una región española. La noche del 4 al 5 de marzo de 1992 volvía a su casa cuando fue asaltada frente al garaje de su casa. Su cadáver permaneció allí siete horas antes de que alguien lo descubriera. Su cuerpo y sus ropas "tenían signos de violencia, como hematomas en el cuello, contusiones y rasgaduras en las medias ", según publicó el diario local el Heraldo de Zaragoza.

No se encontró ningún rastro de agresión sexual. Ante la falta de avances en la investigación, su caso finalmente quedó en el cajón de otros muchos sin resolver. Como el de Aznárez, cuatro años más joven que Lázaro y estudiante de Magisterio, quien perdió la vida unas semanas después, al ser asaltada en una situación similar: en el ascensor del portal de su urbanización.

Pese a que las muertes estuvieron separadas por un intervalo de unos 40 días, la Policía nunca las relacionó.

Nueva investigación

Las autoridades nunca encontraron al autor y durante más de dos décadas estos dos casos quedaron sin resolver. Hasta que en 2015 el inspector jefe de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta de Zaragoza (capital de Aragón) decidió reabrir el caso de Lázaro, a instancia de su familia y un juzgado de instrucción, y empezar desde el principio para intentar resolverlo.

"Nos olvidamos de todo lo que se había hecho en la época, reseteamos y comenzamos de cero para no contaminarnos", explicó al diario El Mundo el investigador a cargo de la pesquisa, Marco Antonio Navarro.


Para ello, su equipo comenzó a buscar crímenes similares en la misma zona y en el mismo periodo de tiempo. No tardaron mucho en darse cuenta de las grandes similitudes que presentaban las muertes de las dos jóvenes: ambas eran rubias, de una edad y estatura similar y delgadas; las dos desaparecieron además durante un festivo y ninguna sufrió agresión sexual.

Un detalle fetichista

Pero había otro elemento más, como apunta El Mundo: un detalle fetichista no tan común. El asesino se llevó los zapatos de Mercedes y se habría llevado los de Eva María si no hubiera sido descubierto por un agente de seguridad en el momento en el que la estaba atacando.

Por si fuera poco, las dos habían muerto estranguladas, aparentemente con una rara técnica que les rompió el cuello. Las sospechas de los investigadores quedaron confirmadas por el Instituto de Medicina Legal de Aragón: imágenes de los cadáveres demostraron que las huellas de los dedos del asesino coincidían en ambos casos.

Con estos datos, la pesquisa había dado enorme paso: el autor era el mismo, aunque aún quedaba identificarlo. La respuesta estaba precisamente en esas huellas digitales.

"Cuando relacionamos los dos casos y definimos la forma de matar nos pusimos a buscar quién podía conocer esa técnica", explicó Navarro a El Mundo. Según la pesquisa, no era una llave normal: ni maestros de judo, kárate u otras artes marciales la conocían. La solución llegó cuando Carlos Alba, un coronel del Ejército, explicó que se trataba de una rara y compleja técnica militar "propia de las fuerzas especiales, que requería una formación muy específica", según señala el diario español.

Pese a ese gran avance, los investigadores se encontraron con un problema: la técnica no se aplicaba en el Ejército español por aquella época.

Ante este callejón sin salida, los investigadores revisaron los casos y descubrieron que el asesino de Aznárez había sido sorprendido en medio de su violento crimen. Un vigilante de la urbanización lo vio arrastrando el cadáver y al verse descubierto comenzó a correr. Su testimonio, recogido por el Heraldo, fue de gran valor: pudo reconocer que era una persona alta de la raza negra y que además tenía una gran capacidad para correr, propio de un militar.

Una cadena de oro de Sicilia

El expediente del caso también indicaba que se había encontrado una cadena de oro y con una medalla en forma de la isla italiana de Sicilia que no era de la víctima. Estos dos datos fueron determinantes para apuntar a una base militar estadounidense en Zaragoza.

Antes de solicitar la ayuda a las autoridades estadounidenses, el equipo de investigación se puso en contacto con el fabricante de la medalla, quien confirmó las sospechas: él indicó que se había fabricado un número limitado de ese modelo y que la mayoría se había vendido precisamente en una base militar en la isla.

Según El Heraldo, los jefes militares de la base aérea estadounidense no mostraron un gran interés en colaborar con la Justicia española. Sin embargo, un entrenador del equipo de baloncesto reconoció la medalla. Él recogía las cadenas de los jugadores antes de cada partido, pero no supo decir a quién pertenecía.

Pese a todo, se hizo una rueda de reconocimiento ante el vigilante que sorprendió al asesino de Aznárez. Para desilusión de la familia, el hombre sostuvo que ninguno de ellos era la persona que vio la noche que murió la joven.

Otra pequeña pista

La investigación no avanzó y el caso acabó como el de Mercedes Lázaro: olvidado. Solo quedó un pequeño fleco que permitió que años después se pudiera tirar de él para encontrar al asesino.

"Un asesor de la base, que era español, comentó a nivel policial que, cuando regresaban en la furgoneta de la rueda de reconocimiento, todos decían que faltaba uno, que resultaba no ser militar sino el hijo de un alto mando de la base", explicó el inspector a El Mundo.

Su nombre era Malcolm Harvey, de 20 años en aquella época y quien, efectivamente, había estado destinado a Sicilia con anterioridad.

Lo cierto es que las autoridades españolas de la época trataron de ubicarlo, pero dos factores impidieron que se le acusara de las dos muertes. Por un lado, la base estadounidense se cerró seis meses después del primer asesinato, en septiembre de 1992, por lo que cualquier testigo o sospechoso salió de España.

Por otro, las autoridades estadounidenses se limitaron a confirmar que Harvey había estado por las fechas de los asesinatos en Zaragoza, pero indicaron que él negaba cualquier tipo de participación en las muertes de las jóvenes. Cierto que él aportó sus huellas y una muestra de ADN, pero en aquella época no sirvió para nada, ya que no se pudieron cotejar con otro material genético.

Demasiado tarde para enjuiciar al asesino

Los policías españoles en 1992 fijaron la investigación en la gabardina de la joven, en la que vieron unas manchas que pensaron podían ser semen. Meses después se descubrió que era saliva y no del asesino, sino de la joven.

«Gracias a la investigación de los compañeros y a la vinculación de ambos hechos, entendemos que Malcolm Harvey es el autor de ambos crímenes», afirmó el inspector Navarro, según recoge El Mundo.

«Por lo que pudimos ver, se mantuvo un tiempo en bases aéreas y luego permanece en el ejército -pensamos que estuvo en los marines- y a continuación fue sheriff», señaló. «Quisimos continuar hasta tener una evidencia, llegar a él físicamente, pero esto no llega a ocurrir porque fallece en el camino», explicó.

Efectivamente. La resolución de estos casos llegó tarde para poder enjuiciar a Malcolm Harvey, quien se había convertido en alguacil de Stone Mountain, Gerorgia: murió el 22 de agosto de 2016, a los 44 años, de cáncer.

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