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La demora en el debate de la reforma migratoria en el Congreso obligó al presidente Barack Obama a tomar una acción ejecutiva para resolver temporalmente el problema de los indocumentados.

Arturo Sarukhan: Una buena y una mala

Arturo Sarukhan: Una buena y una mala

En el debate de la reforma migratoria hay una buena noticia y una mala noticia. Ambas se cuentan juntas.

La demora en el debate de la reforma migratoria en el Congreso obligó al...
La demora en el debate de la reforma migratoria en el Congreso obligó al presidente Barack Obama a tomar una acción ejecutiva para resolver temporalmente el problema de los indocumentados.

Por Arturo Sarukhan, exembajador de México en Estados Unidos

Inicio esta columna con la frase tan común que sirve como prólogo de tantos y tantos “chistes” y bromas en el mundo de habla hispana. En el debate en torno a la reforma migratoria en Estados Unidos y a qué hacer con 12 millones de personas indocumentadas provenientes de todo el mundo, hay una buena noticia y una mala noticia.

Y tal y como sucede con los chistes, vamos primero con la buena noticia. No cabe duda, como he escrito en columnas anteriores en este portal de Univision Noticias, que el creciente empoderamiento político de la comunidad hispana en Estados Unidos es una de las noticias y tendencias más importantes para el futuro político y electoral de esta gran nación. Este proceso evidentemente no sólo está predicado en un creciente activismo político, y en que más y más hispanos estén ocupando cargos de elección popular y administrativos de mayor relevancia. Es, en el fondo y esencialmente, una expresión patente de los datos duros del creciente peso demográfico de la comunidad hispano-estadounidense. Hoy uno de cada seis estadounidenses es hispano (más hispanos nacen ya en este país de los que emigran a él) y para mediados de este siglo serán más de uno de cada cuatro. Ya son 57 millones de los 321 millones de estadounidenses, y para 2050 se proyecta que ese número se habrá duplicado a 106 millones de un total estimado de 398 millones. Y por si esto fuera poco, los hispanos hoy poseen un poder adquisitivo de 1.1 millones de millones de dólares.

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Todo esto conlleva un cambio dramático en el entorno político de Estados Unidos. Por primera vez, el voto hispano ha decantado ya dos veces la elección presidencial en los llamados estados “bisagra” -Colorado, Nevada, Florida, Carolina del Norte, Virginia- ayudando a elegir y a reelegir al Presidente Barack Obama. Y es un hecho que su importancia demográfica y electoral irá en aumento, no sólo en términos del voto popular sino de manera aún más relevante en el Colegio Electoral, que es el que en realidad define la victoria para los candidatos presidenciales de esta nación.

Sin embargo, esta buena noticia está atemperada por una mala, quizá muy mala noticia. El intento reciente de un número significativo de congresistas republicanos en la Cámara de Representantes de bloquear la asignación de recursos presupuestales para que pueda operar y desempeñar sus funciones el Departamento de Seguridad Interna de Estados Unidos, o DHS, muestra qué tan problemático será en el corto y quizá mediano plazo confrontar esa mala noticia. Y es que ésta se resume de una manera sencilla y quizá contra-intuitiva -dados los argumentos que acabo de compartir con los lectores de esta columna- dificultando a la vez la manera en la cual el sistema político estadounidense encuentre una fórmula que permita desatascar el debate en torno a cómo reformar las leyes migratorias de este país. ¿Por qué, a pesar de estos cambios tectónicos políticos, demográficos y electorales, se siguen oponiendo los republicanos a una reforma migratoria integral? La respuesta, tan sencilla como cruda, es que oponerse a la reforma migratoria es una estrategia ganadora para un número muy importante de legisladores republicanos.

Me explico. En esencia, el Partido Republicano gana o pierde en gran parte en función de cuántos votantes blancos salen a votar el día de las elecciones. Este sector de la población en Estados Unidos sigue representando el mayor porcentaje de votantes -cerca del 75 por ciento en 2014- y tiende a favorecer mayoritariamente -y por amplios márgenes- al Partido Republicano. Los candidatos republicanos al Congreso obtuvieron 60 por ciento del voto blanco en 2014, y al final del día el 89 por ciento de los votos republicanos en las elecciones intermedias de 2014 provinieron de estos votantes.

Para decirlo de manera descarnada, el Partido Republicano no necesita hoy en realidad del voto minoritario para ganar elecciones locales, estatales o al Congreso. Estos números además están sustentados en la práctica de modificar a modo los distritos electorales -conocida en inglés como “gerrymandering”- para garantizar la reelección y preservar al congresista en el poder. Esta práctica tan nociva para la democracia estadounidense, y que es aplicada por igual por ambos partidos, ha tenido como resultado, en el caso del Partido Republicano, generar distritos electorales homogéneos, con poca presencia de minorías o de visiones políticas o ideológicas alternativas.

Esto se vio nítidamente expresado en las elecciones legislativas intermedias de noviembre y explica por qué el Partido Republicano, particularmente en la Cámara de Representantes, mantiene una férrea oposición a la reforma migratoria integral: casi todos los electores en sus distritos responden precisamente al perfil descrito líneas más arriba.

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El que de los 435 distritos electorales en sólo un par de ellos la elección haya estado en juego en función de las posiciones de uno y otro candidatos en materia migratoria habla de cómo la práctica de la redistritación electoral está derivando en distritos -y por ende en escaños en el Congreso- seguros y en donde impera la ausencia de contraste y debate de ideas. Es más, 81 por ciento de esos distritos controlados por republicanos son en promedio más blancos que el promedio nacional. Si a lo anterior añadimos que el 75 por ciento de los estadounidenses que piensan que los migrantes indocumentados deben ser deportados votaron en esas elecciones por candidatos republicanos, queda claro por qué la estrategia de oponerse a la reforma migratoria seguirá siendo popular y electoralmente redituable para la bancada republicana en la Cámara de Representantes y por qué lo local se impone al interés nacional y al bienestar a largo plazo del país.

Con estas buena y mala noticias, ¿cómo sopesar entonces las posibilidades de que en el corto o mediano plazo pueda prosperar una reforma migratoria integral? Para ir al grano, no son muy buenas ni alentadoras simple y sencillamente por las tendencias descritas aquí con respecto a los cálculos político-electorales cortoplacistas de los republicanos. Los republicanos están llevando “in extremis” la sentencia ahora famosa de uno de los líderes (Speaker) históricos de la Cámara de Representantes, ‘Tip’ O’Neill, de que “toda política es local”. Los cálculos político-electorales republicanos son la expresión más acabada de ese precepto: lo que importa es la elección en el distrito, evitar que un contendiente de su propio partido los rebase por la derecha, y buscar movilizar a como dé lugar esos votos de la base conservadora en una elección presidencial.

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Pero es ahí es en donde estoy convencido de que la buena noticia del crecimiento demográfico hispano y su concomitante empoderamiento político pueden eventualmente decantar las cosas a favor de una reforma migratoria integral.

Por un lado, porque son precisamente el peso demográfico y el peso electoral de los hispanos los que pueden eventualmente a obligar al Partido Republicano a pensar en lo nacional en lugar de lo local. Si el Partido Republicano sigue alienando a los votantes hispanos por el tono anti-hispano que muchos de sus feligreses y políticos electos han adoptado en el debate en torno a la migración y los migrantes indocumentados, llegará un momento en que matemáticamente no podrá ganar el Colegio Electoral. Por pura demografía es previsible que Texas, estado que en el Colegio Electoral ha sido un bastión republicano, se volverá ‘azul’ (el color del Partido Demócrata) en unos 15 años. Si los Republicanos siguen siendo percibidos por votantes hispanos como anti-hispanos, ese cambio se dará mucho antes y el día en que eso ocurra y Texas vote demócrata en el Colegio Electoral, no hay estrategia político-electoral ni sumatoria alguna que le dé al Partido Republicano los 270 votos que se requieren en el Colegio Electoral para elegir a un Presidente.

Por el otro, porque el liderazgo nacional republicano sabe que al final del día el camino a la Casa Blanca esta pavimentado con el voto hispano y de votantes independientes, que es hoy el talón de Aquiles del partido, cortesía de sus sectores más conservadores. Para todo efecto, Estados unidos tiene hoy tres ramas de gobierno: el poder Judicial, el poder Republicano (el Congreso), y el poder Demócrata (la Casa Blanca). Si los Republicanos aspiran a retomar la Casa Blanca en el futuro cercano, lo tendrán que hacer pivoteando -y cambiando la tonada- hacia los votantes hispanos.

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Dicho lo anterior, no todo es así de fácil. Primero, el registro para votar y el ejercicio del voto siguen siendo muy bajos entre la comunidad hispana de este país. Segundo, sería un error para los demócratas asumir que tienen garantizado y amarrado el voto hispano. La mayoría de los hispanos en Estados Unidos sienten que ninguno de los dos partidos los representa bien y el 56 por ciento de hispanos se auto-identifican como no partidistas. Tercero, asumir que el apoyo a la reforma migratoria es lo que primordialmente mueve al votante hispano y decanta su apoyo o filiación partidista no tiene sustento en las encuestas. A lo largo del año pasado, en encuesta tras encuesta la levante quien la levante, es patente que el apoyo u oposición a la reforma migratoria no es el tema prioritario para el voto hispano. Como para la enorme mayoría de los estadounidenses, para los hispanos encuestados las prioridades de política pública son la economía, el empleo, la educación y el acceso a la salud. No es hasta la cuarta o quinta prioridad que aparece la reforma a las leyes migratorias y el apoyo a los trabajadores indocumentados.

El futuro de la reforma migratoria no puede sustraerse de estas dinámicas que juegan hoy a contracorriente en Estados Unidos. Pero a la vez, es precisamente la tensión entre esas dos corrientes la que definirá lo que suceda con la reforma migratoria en los próximos meses y años, y el futuro paisaje político de Estados Unidos. Sería un grave error para ambos partidos no entender, prever y asumir esto, y actuar en consecuencia.

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