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Guatemala

La innovadora forma para empoderar y educar a niñas y adolescentes indígenas en Guatemala

En Guatemala, las niñas y adolescentes indígenas de las zonas rurales completan solamente 1.8 años de educación formal, por lo que se hace necesario un acercamiento no convencional para cambiar esta realidad.
Publicado 21 Oct 2022 – 05:39 PM EDT | Actualizado 23 Oct 2022 – 11:33 AM EDT
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Querer resaltar en una familia de 25 integrantes, todos viviendo bajo un mismo techo, no ha de ser fácil para nadie, particularmente si eres mujer e indígena. Ese es el caso de Dilma, una adolescente de 17 años de origen Maya K’aqchiquel’, residente del Altiplano central de Guatemala.

Aunque la necesidad de ingresos e insumos es evidentemente grande, Dilma se enfrenta al rechazo de su entorno social por haber decidido darle una oportunidad a la educación formal. “(La gente piensa) que es una pérdida de tiempo, porque existen varios estereotipos alrededor de la mujer. Nos dicen que tienes que quedarte en casa ayudando a tu madre y hermanas y las mujeres solo están para casarse y formar una familia”, lamenta la joven.

Guatemala es uno de los países más desiguales de toda Latinoamérica, especialmente para las mujeres indígenas del país. De acuerdo con el estudio Pueblos Indígenas, Pobreza y Desarrollo Humano en Latinoamérica, solo el 39% de las mujeres mayas de 15 a 64 años están alfabetizadas. Asimismo, según estadísticas recabadas por el Instituto Nacional de Estadística de Guatemala (INE), las mujeres indígenas solamente completan 1.8 años de estudios formales.

“Ninguna de mis hermanas pudo cumplir el sueño de seguir sus estudios e ir a la universidad, y por eso yo quiero hacer un cambio en mi familia y en mi comunidad. Quiero aportar en la vida de otras personas a través de la educación también”, añadió Dilma.

Programas no convencionales para evitar la deserción

Los problemas estructurales del sistema educativo guatemalteco son más profundos de lo que los números sugieren, ya que además de no tomar en consideración la situación económica de la población rural, tampoco ayudan a fortalecer la identidad cultural de las nuevas generaciones.

Guatemala es el país más diverso de toda Centroamérica, ya que su población está conformada por cuatro grandes grupos étnicos diferentes (mestizos, Mayas, Garífunas y Xincas) quienes se comunican en hasta 23 idiomas diferentes.

La falta de un programa bilingüe educativo es una de las razones por las que muchos niños en las zonas rurales del país deciden abandonar la escuela, además de la falta de recursos para hacer frente a los requerimientos escolares y la necesidad de ayudar en las labores domésticas, en el caso de las niñas, o en el campo, en el caso de los niños.

“Aumentar los programas de educación bilingüe en los primeros años escolares, reduce la repetición de grados y abandono escolar”, mencionó Tatiana Carranza, especialista en educación, Plan Internacional Guatemala, para quien son necesarios los incentivos escolares, como becas educativas y la implementación de programas no convencionales, como el aprendizaje de huertos familiares.

Hasta el momento, la mayoría de los indicadores educativos a nivel nacional no dan lugar al optimismo, sin embargo, hay algunos indicios de que la situación, aunque lentamente, está cambiando.

“Por mandato del gobierno, ahora todos los municipios cuentan con una escuela secundaria, lo que no ocurría hace 20 años. Tener una escuela intermedia pública en cada municipio ha marcado la diferencia. Las niñas indígenas sin una escuela secundaria local pueden viajar a otro lugar si tienen los recursos, por ejemplo, una beca”, dijo Lindsey Musen, miembro fundador de la junta de Limitless Horizons Ixil.

Agentes de cambio

Si el apoyo financiero por medio de becas se muestra como clave para lograr el apoyo de las familias para que las niñas continúen con sus estudios, la inclusión de programas educativos más alineados con la realidad que se vive en las zonas rurales del país es el complemento perfecto para la formación de las estudiantes.

“Nosotros trabajamos con comunidades en donde la mayoría son agricultores, por ello, fomentamos que nuestras niñas desarrollen esta iniciativa de huertos basados en prácticas ecológicas, de conservación del medio ambiente y del suelo”, comentó Vilma Saloj, directora del Colegio Impacto de MAIA. De acuerdo con la educadora, estas prácticas no solo les han permitido a las estudiantes el retomar contacto con sus prácticas culturales ancestrales, sino que también ayuda a mejorar la seguridad alimentaria de las familias que forman parte de este programa.

Este centro educativo ubicado en Sololá, y al que asiste Dilma, imparte las clases en el idioma materno de los estudiantes, el Maya K’aqchiquel’, y fomenta el empoderamiento de las adolescentes para que se conviertan en líderes de su comunidad.

En ese sentido, Dilma se sintió atraída hacia este proyecto de los huertos familiares, por lo que creó el suyo propio, con el apoyo de su mamá, y así poder aprender acerca de las medicinas naturales a partir del uso de plantas nativas. “Este proyecto inició porque me inspiró mi mamá pues ella prepara medicinas naturales”, dijo la estudiante.

En 2020, justo el año de la llegada de la pandemia, fue también de gran importancia para Dilma, quien se decidió a impartir talleres de capacitación en los que las integrantes de su comunidad aprenden acerca de todos estos procesos. “Les enseño cómo crear su huerto y que las mujeres aprendan a sembrar y a saber qué plantas pueden curar las enfermedades. Empecé con cinco madres de familia”, añadió.

Uno de los pilares en los que las alternativas educativas en zonas rurales de Guatemala se están apoyando para lograr que más niñas completen sus estudios, es el retraso de la edad para contraer matrimonio. En Guatemala, previo a 2015, la edad legal para casarse era de 14 años. Ese año, el Congreso del país centroamericano fijó la edad mínima en 18 años.


Sin embargo, en MAIA, buscan que sus estudiantes decidan formar una familia hasta después de los 25 años, una vez hayan logrado su “independencia económica” y se sientan empoderadas a partir de los conocimientos adquiridos durante sus años de estudio.

“El empoderamiento debe ser parte del proceso académico y de aprendizaje en lugar de un complemento después de la escuela al incorporar la igualdad de género dentro de los valores y la cultura escolares, así como en los materiales pedagógicos y los enfoques de enseñanza”, añadió Musen.

A pesar de las dificultades que se viven en un país como Guatemala, estos métodos se continúan probando como efectivos, ya que, aunque no alcanzan a la totalidad de las niñas y adolescentes indígenas de las zonas rurales, con quienes sí tienen la oportunidad de participar de ellos, muestran un deseo de influir de manera positiva en sus comunidades.

“He tenido la oportunidad de inspirarme por muchas mujeres, y quiero ser una persona que soluciona problemas, en especial, para las generaciones que vienen”, concluyó Dilma.


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