El tiempo pasa lentamente cuando el futuro depende de una instancia de gobierno en un país que sientes como tu hogar, pero que legalmente no lo es. Para miles de jóvenes indocumentados que llegaron siendo niños a Estados Unidos, esa es la realidad que enfrentan al solicitar o renovar la Acción Diferida ( DACA), un programa que dejó de ser una oportunidad de vida para convertirse en una larga agonía en una sala de espera que en cualquier momento puede ser irrumpida por el ICE.
Vidas en pausa: El drama de los jóvenes que lo pierden todo esperando la renovación de DACA
Los retrasos en la renovación de DACA mantienen en la incertidumbre a miles de jovenes que ahora enfrentan el desempleo y la deportación, truncando su futuro y su estabilidad financiera mientars esperan
Diana, originaria de Hidalgo, Veracruz, es un ejemplo de ello. Para la joven, el sueño americano comenzó en 2003 cuando tenía cuatro años. Su mamá, madre soltera, la tomó en sus brazos y salió de la comunidad donde habitaban hasta llegar a Carolina del Norte.
Con tan solo cuatro años, recuerda que su mamá se acercó a la iglesia donde la ayudaron para que su hija pudiera ir a la escuela. A los cinco años ya había aprendido el idioma inglés.

Mientras su madre trabajaba limpiando casas, Diana continuó su preparación académica hasta estudiar en Merdith College, donde en mayo de 2025 se graduó como contadora, dos meses antes de cumplir 27 años. Al finalizar, buscó realizar un master's degree, pero el endurecimiento de las políticas migratorias de Donald Trump truncó sus ilusiones.
“Crecí con mi mamá, que era mamá soltera. Casi no teníamos dinero, pero ella siempre luchaba por mi hermana y por mí. Siempre vivíamos cómodos, pero eso fue por el buen esfuerzo de mi mamá, que siempre ha seguido trabajando, limpiando casas”, comenta Diana.
Al no poder continuar con sus estudios, consiguió un trabajo de medio tiempo que mantuvo hasta febrero pasado, cuando fue contratada en el hospital como contadora. Pero la ilusión de un nuevo empleo duró poco.
En marzo pasado se venció su DACA. En su trabajo le dieron un mes para presentar el documento que comenzó a tramitar desde el 12 de enero de 2026. Hasta el momento, la espera parece no tener fin.
“Mandé los papeles en enero. Se me venció en marzo y todavía estoy en el proceso de espera. He llamado al USCIS, pero no me contestan el número, nadie me contesta, me cuelgan la llamada, pero sigo llamando”, menciona.
Al no obtener la renovación de la DACA, fue despedida. Diana no pierde la esperanza de recibir la renovación, pero al paso del tiempo, el sueño se ha convertido en un estrés permanente al tener que generar, por lo menos, 3,000 dólares mensuales para comer y pagar la renta donde vive.
“Cada día me levanto a ver qué billes tengo que pagar, qué cosas puedo saldar, si puedo comprar comida este día o me espero. Es muy estresante. Lo mismo que pasó yo, lo enfrentan mis amigos. Ellos están en los mismos procesos. Muchos salieron de su trabajo porque ya no pueden trabajar ahí. Se emplearon como meseros o haciendo comida en casa”, explica.
Las adversidades son duras para Diana, pero la ilusión mantiene viva la esperanza de la renovación. En caso de no suceder o ser detenida por el ICE, ha pensado en regresar a México.
“Nosotros siempre hemos querido ser parte de este país, queremos hacer familia, crecer aquí, ayudar a la gente, pero como están las cosas, el sueño ya no es el sueño americano, es un sueño roto”.
El sueño que se pierde
En el año 2003, Fernando llegó a Estados Unidos junto con su familia cuando tenía 14 años. En Arizona comenzó a estudiar en Lemont Middle School y después en Glenview High School. Tuvo la oportunidad de continuar en la universidad, pero pronto la abandonó y comenzó a trabajar.
“Empecé como cocinero y en seis meses me promovieron a manager del restaurant. Luego estuve abriendo restaurantes nuevos, estuve viajando para ayudar a abrir restaurantes nuevos en diferentes estados. Viajé de Florida hasta California. Estuve con esa compañía por siete años”, recuerda.
En junio de 2012, cuando inició el programa DACA, no dudó en solicitarla. La obtención del documento le permitió ingresar en una compañía de construcción de limpieza de casas y una empresa de comida para las escuelas, haciendo desayunos y lonches. Poco después, su vida dio un giro al tener la oportunidad de laborar en una prisión de Phoenix.
Fernando inició la renovación de la DACA desde enero pasado, 120 días antes de su vencimiento, para evitar contratiempos. Las previsiones que tomó no han dado resultados. A unos días de culminar el mes de mayo, sigue a la espera de la notificación. Por la falta del permiso, perdió el empleo en la prisión durante la primera semana de este mes.
“El último día que trabajé fue el 6 de mayo, fue el último día del permiso. “Trabajaba en la prisión de Phoenix”, menciona el padre de tres menores nacido en Carranza, Michoacán.
Desde entonces, Fernando no ha encontrado trabajo. Se ha acercado a distintas empresas de construcción para tener una oportunidad que no ha llegado. Al paso de los días reconoce que la falta de una fuente de ingresos ha comenzado a afectar su economía y salud. No descarta acudir a un médico en caso de alargarse la situación que enfrenta.
“Económicamente me está afectando mucho porque, pues, ahora mis hijas están sin seguro de salud. Me despierto pensando cómo pagar la renta, la electricidad, la comida, el agua, todas esas cosas. Espero que no pase mucho tiempo para que me vuelvan a aprobar la DACA. Si pasa más tiempo, a lo mejor sí consideraría ver a alguien, pero por el momento lo he podido controlar”, reconoce.
A casi un mes de que se venciera su permiso, confía en que la demora no se alargue. Mientras eso pasa, reconoce que puede ser detenido por el ICE. En caso de que eso pase, no ha pensado en lo que hará, porque toda su familia se encuentra en Estados Unidos.
Por el momento confía en que todo saldrá bien a pesar de que todo se ha complicado por las políticas del presidente Trump.
“Creo que se debe a quien está gobernando ahorita el país, porque de hecho en el trabajo me dieron una carta para que me hicieran más rápido el proceso y de hecho me lo negaron aun con la carta del trabajo”, indica.
Cuatro meses de agonía
A los dos años de vida, la realidad de Laura cambió. En el año 2002 llegó a Carolina del Norte junto con sus padres. De pequeña, poco a poco fue aprendiendo el idioma inglés mientras estudiaba. Con el esfuerzo de sus papás tuvo la oportunidad de estudiar en la high school y formar parte del programa Early College; este último le permitió graduarse.
Diana buscó la forma de continuar su preparación escolar, pero los altos costos eran inalcanzables para ella y su familia. Sin decaer, buscó salir adelante al tramitar un certificado como asistente de enfermera.
“Después de la high school no pude entrar a la escuela porque es muy cara, y me enfoqué en cosas que podía conseguir, como un certificado, que era como conseguir una CNA, que es certificado para ayudar como en los asilos”, comenta.
A unos meses de cumplir 30 años, la realidad que enfrenta no es la que soñó. La renovación de la DACA no ha llegado. El trámite lo inició en diciembre de 2025 y a la fecha sigue la agonía. Mientras continúa la espera, trabaja con su mamá en una compañía de limpieza donde tiene un poco de ingresos para continuar con su vida.
“Le ayudo a ella y, pues, de ahí me da ella una parte, pero, pues, no es igual a lo que me pagan cada semana. Pero, verdad, ahorita (vivo) entre ahorros y, pues, lo poquito que pueda ganar”, expresó.
Al paso de los días, semanas y meses, el estrés y la ansiedad han comenzado a cobrar factura en su vida al no tener una fecha exacta de cuándo le entregarán los resultados de la renovación de la DACA.

“Tengo depresión, ansiedad. He sufrido de eso antes y sé controlarlo, pero c uando tú estás aquí en la casa y estás acostumbrada a ir a trabajar o vivir tu vida normal, poder salir cuando quieras, y ahora si sales estás preocupada que te vaya a parar un policía o que vayas a encontrarte en algún operativo, es preocupante y estresante”, explica.
A unos días de cumplirse cinco meses de que solicitó la renovación, Laura pide a las autoridades más consideraciones para miles de personas.
Momento de realizar el trámite, porque lo único que desean es trabajar y tener un proyecto de vida.
“Tenemos un récord que está limpio, no tenemos récord criminal. Las autoridades saben que nosotros trabajamos, seguimos todas las leyes. Es tiempo de que hagan un cambio, que nos den la posibilidad de poder tener residencia, que no estemos a riesgo a cada rato cuando estamos renovando”, pide.
La esperanza de la joven se mantiene. Sueña con tener de nuevo el permiso para poder salir a la calle sin miedo, viajar, recorrer Estados Unidos, así como para ir a Celaya, Guanajuato, para ver a su papá de 65, que el año pasado se regresó para cuidar a su hija que murió de cáncer.
“No puedo vivir la vida como yo quisiera. No puedo ir de vacaciones. Quiero trabajar y ahorrar. En unos años, pues a lo mejor, primeramente Dios, yo espero que se dé un cambio en el sistema y poder ir a México y a lo mejor algún día volver a ver a mi papá”.









