Huracán María

Aislados y sin ayuda: en las montañas de Puerto Rico la asistencia tras el huracán María tarda en llegar

En algunos pueblos aislados de la isla que recibieron el embate directo del ciclón y que Univision pudo visitar, sus residentes teman que se aproxime una hambruna si no reciben pronto comida y agua potable.
7 Oct 2017 – 4:29 PM EDT

Por Manuel Ernesto Rivera, desde Puerto Rico

A más de quince días del devastador paso del huracán María por Puerto Rico, decenas de familias no ven el progreso en las labores de asistencia que el gobierno asegura que ha estado dándose lentamente y claman por alguna ayuda, pero sobre todo por agua potable y comida.

Es lo que ha podido constatar Univision Noticias en un recorrido por pueblos de la región central montañosa de la isla, Corozal y Morovis, así como en el municipio costero de Manatí, en el norte de la isla, situados en un radio de unos 50 kilómetros de San Juan, la capital.

La situación es algo diferente en zonas metropolitanas de la isla. El gobernador Ricardo Rosselló informó que un 56.24% de abonados de Acueductos y Alcantarillados cuenta con servicio de agua potable y un 44% tiene servicio de telecomunicaciones. Tan solo el 11.7% de los abonados de la Autoridad de Energía Eléctrica tiene servicio de luz.


"Aquí no ha venido nadie", fue la queja común de todos los entrevistados, quienes denuncian que no han recibido suministros ni del gobierno estatal, ni del municipio, ni de los militares, ni de la Administración Federal de Manejo de Emergencias (FEMA), ni de la Cruz Roja Americana.

El panorama contrasta grandemente con el tono celebratorio que muchos políticos le imprimieron a las recientes visitas del presidente Donald Trump y su vicepresidente Mike Pence, mientras hay familias pasando hambre y suplicando por agua potable. Incluso algunos entrevistados expresaron el temor a una hambruna si la situación no mejora pronto.

Carmen Padilla, una paciente de lupus de 76 años de edad, denunció que en el barrio Palos Blancos, de Corozal, no se han recibido suministros.

Nadie ha venido, ni del gobierno, ni del Municipio. Mi hijo es el que me ha ayudado", dijo la mujer, una ama de casa que no sabe leer ni escribir.

Aunque por el techo se filtró agua y se le inundó su casa, el susto mayor lo pasó cuando el terreno de la montaña se deslizó y estalló un tubo de agua, lo que provocó una gran inundación en su patio.

"Se vino el monte abajo, los palos se cayeron y tapó un tubo de seis pies. Se fue todo el zinc del techo y se me dañó todo: estufa, nevera, los muebles", señaló.

Su hijo, Luis Guzmán, vino de Orlando, Florida, la noche del jueves a tratar de llevársela, pero ella no quiere dejar su casa sola por temor a que sea vandalizada.

Temor al hambre

El caso de Angelina Morales Albaladejo, una ama de casa de 57 años, residente del sector Lorencito Frau del Barrio Negro, de Corozal, es similar.

"Como va esto, vamos a pasar hambre", sostuvo mientras contemplaba los restos de su casa, la que dejó para refugiarse en casa de la sobrina de su esposo. Ya trabajan construyendo un "rancho" al lado de la casa para regresar, aunque todavía no tienen un techo seguro.

"Por aquí no ha venido nadie, usted ahora. Estamos poniendo un zinc en el cuarto de mi hijo para resguardarnos ahí hasta que Dios quiera. Con nosotros vive mi hijo y mi nieta. Todavía no hemos sacado nada porque no hemos podido. Uno en casa ajena no puede vivir porque ya a los tres días, uno apesta, uno se da cuenta", dijo sobre la incomodidad que para ella implica vivir con familiares que le asisten solidariamente.

El alcalde de Corozal, Sergio Torres, aceptó que la ayuda se ha estado distribuyendo lentamente porque no tienen recursos suficientes para llevarla a esas comunidades aisladas que Univision Noticias visitó.

"Ya yo voy a comenzar a tener hambruna porque lo que me llega (de suministros) no me da para tantos damnificados. Estamos llevando lo que nos llega a la gente, pero los alimentos no me dan", reconoció el ejecutivo municipal.

"El agua también es una crisis. La gente se está alimentando de los ojos de agua (manantiales de la montaña). Donde quiera que hay uno ponen un tubo para recogerla", explicó Torres.

Precario refugio de cemento

En el sector Los Indios del Barrio Cuchilla, en la colindancia entre Corozal y Morovis, se repite la escena. El ojo del huracán María pasó por esa zona, donde la mayoría de las casas son de madera y zinc.

Los derrumbes de las montañas todavía cubren los caminos de lodo porque no ha parado de llover en la región central y los escombros de madera y zinc arropan las laredas.

Antonio Rosado Santiago, un viudo que vive con sus nietos y biznietos utilizó su residencia de refugio para toda la familia, pues está construida con cemento. Sobre los altos, las dos casas de madera y zinc se desplomaron y sus nietas embarazadas lo perdieron todo.

El hombre, de 68 años, quien trabaja en una granja de pollos, dijo que nadie ha llevado suministros a ese aislado barrio, más allá de una funcionaria que pasó a la semana siguiente del ciclón para documentar los daños en un censo.

"Este barrio siempre lo dejan para lo último, pero mientras haya vida, no hay nada que lamentar", destacó Santiago.

Su vecina, Glenda Ortiz Ortiz, afirmó que "las ayudas brillan por su ausencia" y que “lo más que necesitamos es agua y comida por qué los adultos aguantamos, pero los niños no. No hay agua para darle y eso es triste", indicó.

Según los vecinos, en el barrio viven muchos señores mayores, así como madres y algunas mujeres embarazadas.

En Morovis, el comisionado de la Policía municipal, Francisco Rosado, dijo que se han recibido más de 3,000 solicitudes de pérdidas totales y parciales de casas de madera y zinc.

En el sector Lajas, del Barrio Torrecillas, Javier González lo perdió todo. Lo único que quedó de pie en su humilde residencia fue una pared del cuarto y el baño que era de cemento.

González, un empleado de mecánica del municipio de Manatí, dijo que como no hay comunicaciones no ha podido hacer las reclamaciones de ayuda a FEMA. Pero más que un toldo de lona para su casa, quiere agua potable para él, su esposa y sus dos hijos.

"Hemos tratado de llamar, pero no sale la llamada. Ahora mismo llovió y llenamos los cubos, pero esa agua no se puede beber", dijo González quien se aloja temporalmente en la casa de su hermana que está desocupada porque hace más de un año ella se mudó a los Estados Unidos.

A las pérdidas totales o parciales de sus residencias, se sumó la pérdida de empleo de dos de las entrevistadas.

Jeannette Rivera, de 39 años, era cajera en un supermercado que, al ver reducidas sus ventas, despidió a los empleados a tiempo parcial. Más de una decena de trabajadores corrieron su misma suerte, narró.

"Nos dejaron sin trabajo hasta nuevo aviso porque no hay clientes, ni sistema de cobro", dijo la mujer, quien estaba junto a otras vecinas resguardándose en una parada de autobuses.

Con casa pero sin puente

Mientras tanto, en el barrio San Lorenzo de Morovis, Carmen Meléndez Marrero, de 61 años, y su esposo, Monserrate González, un paciente de diálisis de 73 años, se fueron a vivir con la madre de ésta porque en el barrio San Lorenzo colapsó el puente que los conectaba con Morovis.

"La casa se nos inundó y perdimos un rancho de gallinas que él tenía. Nos tuvimos que venir para acá porque la vuelta que tenía que dar la ambulancia para buscarlo a él era muy grande. Ha recibido el tratamiento. Sólo un día se quedó sin dializar porque la ambulancia se calentó y no pudo llegar", narró la mujer, quien vive en el barrio hace dos décadas.

"La gente cruza por el río, pero yo no puedo porque él no puede pasar y yo no me lo puedo echar al hombro", dijo entre sollozos, haciendo referencia a cómo los vecinos cruzan el río agarrándose se una soga, poniendo sus vidas en riesgo.

En Manatí, en el sector Tierras Nuevas Saliente, encontramos a Rosa Fernández, de 75 años y quien parece resignada a que sobrevivirá recolectando agua de lluvia.

“Lo pasé aquí, me asusté mucho, pero qué iba hacer", dijo Fernández sobre el ciclón María que le arrancó parte del techo de su casa. Dos de sus vecinas perdieron sus casas de madera y zinc.

Fernández recordó que para el huracán Georges de 1998 solamente recibió $340 de ayuda del gobierno. Esta vez no ha podido solicitar asistencia a ninguna autoridad local o federal porque está incomunicada.

"Por aquí ni ha venido nadie y no he podido pedir ayuda porque me dicen que las filas son bien largas y yo no puedo estar mucho tiempo de pie", dijo la mujer, quien usa una andadera después de que sufriera un derrame hace dos años.

"Todo lo que tenía en la nevera lo perdí. No esperaba que la tormenta fuera tan fuerte. El viento de María fue tan fuerte que tumbó las casas. Yo espero que nos vengan a dar alguna ayuda, pero si no pues que sea lo que Dios quiera", sentenció.

El camino que da acceso a las humildes residencias de la zona lo despejaron y limpiaron el viernes en la mañana, pero los suministros tampoco han llegado acá.

En fotos: Con arroz y sándwiches, cocineros y voluntarios alimentan a los boricuas afectados por María

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