Inmigración

Comunidad escolar de Brooklyn rescata al inmigrante “más dulce”, don Carlos Palacios

"Soy sólo un vendedor humilde que no esperaba tanto cariño”, dijo con emoción el comerciante.
31 May 2016 – 9:38 AM EDT

BROOKLYN, Nueva York.- En la esquina de la calle 5 este y Fort Hamilton Parkway, Brooklyn, el mexicano Carlos Palacios es más que un vendedor de helados. Para los padres y estudiantes de la escuela pública Parkside P.S. 130, el comerciante es un amigo muy querido.

Don Carlos, como lo llaman los niños, llegó a la esquina hace siete años y pronto se ganó el corazón del vecindario con su trato amable y su sonrisa contagiosa. “Me sé el nombre de muchos niños porque conocernos es una forma de apoyarnos. Si un pequeño quiere cruzar la calle, yo estoy atento a que no corra peligro”, dijo el mexicano, que emigró de Puebla hace 13 años.

Su buena voluntad fue recompensada este mes y de qué forma. Contó que el 10 de mayo, Día de las Madres en México, un oficial del Departamento de Sanidad intentó confiscar su carrito por no tener la calcomanía para vender alimentos que expide la Ciudad de Nueva York.

Carlos, de 51 años, tiene una licencia y un número ITIN para pagar impuestos, pero obtener la calcomanía es como ganarse la lotería, porque sólo se sortean cada dos años, y entre el reducido grupo de beneficiados, los veteranos de guerra tienen la prioridad.

Una madre intervino y pidió al oficial que no se llevara el carrito, una conversación que los estudiantes escucharon con atención desde el patio de juegos. Decididos a defender a su amigo, los niños comenzaron una protesta con frases como “ No te lleves el carrito” y “ Deja en paz a Don Carlos”.

“Carlos es un hombre bueno, no entiendo por qué los policías lo molestan”, dijo Coral, niña mexicana y clienta asidua del vendedor.

La pequeña manifestación y el clamor de la madre convencieron al oficial de sanidad para no llevarse el carrito de helados, pero multó a Carlos con $1,000 USD y le advirtió que tenía que irse de la zona.

Esa semana, Karen Rafael, una madre y amiga del comerciante, organizó una colecta de fondos a través de la página de Facebook de los padres de la escuela para que Carlos pudiera pagar la multa.

“La respuesta fue inmediata. Todos querían ayudar”, contó Karen. “Los niños lo quieren mucho, todo el vecindario lo conoce. Su corazón es tan dulce como sus helados”.

Carlos comentó que esta es la tercera vez que un oficial lo sanciona por no tener la calcomanía. En el pasado tardó un año en pagar la costosa multa con un abono de $100 USD cada mes, lo que impactó su economía familiar.

En esta ocasión, Palacios recibió un cheque de los padres y niños a los que sirve “con mucho amor”, como él lo describe.

“Lloré mucho ese día. Soy sólo un vendedor humilde que no esperaba tanto cariño”, dijo con emoción. “Me sentí tan conmovido que me puse a regalar helados hasta que se vació el carrito”.

El padre y abuelo comentó que además de vender helados en el vecindario de Windsor Terrace, también es parte de la lucha para frenar el mercado negro de las licencias.

“Los niños nos enseñan a vivir en paz. Aquí veo mexicanos, asiáticos y jamaiquinos abrazados sin pensar en racismo o discriminación. ¿Por qué los adultos no podemos ser así?”.

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