Dreamers

Volver a México a través de la mirada de los hijos

Los 'dreamers' que están viajando a México sirven de conexión para que sus padres indocumentados en EEUU se reencuentren a la distancia con sus pueblos y familiares.
19 Ago 2016 – 5:56 PM EDT

LOS ÁNGELES, California.- Cuando Carla Martínez visitó México como parte de un viaje académico para estudiantes amparados bajo el programa DACA, lo primero que hizo fue ir al panteón de la ciudad de Lerdo, en el estado de Durango, y desde ahí, frente a la tumba de su abuela que recién había sido sepultada, marcó por teléfono a su madre indocumentada en Los Ángeles, California.

"Le llamé a mi mamá para que pudiera estar conmigo, para que ella también estuviera ahí", explica Carla, uno de los cientos de estudiantes dreamers que gracias a un permiso especial de salida al extranjero (Advance Parole) que otorgan las autoridades migratorias han cumplido el sueño de sus padres de 'regresar' a su querido México.

Carla, alumna de la Universidad Estatal de California en Northridge (CSUN), pudo retornar este verano a la pequeña comunidad de la cual emigró cuando aún usaba pañales, hacía 19 años.

La universitaria no lo habría logrado sin la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), el programa federal que desde hace cuatro años ha entregado permisos para permanecer y trabajar en este país a casi 800,000 jóvenes. También les permite viajar al extranjero bajo circunstancias excepcionales, como programas académicos o la enfermedad grave de algún familiar.


Sus padres no han tenido la misma suerte. A mediados de julio, poco antes de que Carla viajara a México como parte de un programa académico para dreamers que desde 2012 organiza la Universidad Estatal de California en Long Beach (CSULB), su abuela materna murió a causa de cáncer de riñón.

Ser la conexión entre su madre y la tumba de su abuela, contó, es la experiencia más dura de su vida.

“Sabía que al ir a México iba en lugar de mis papás, que los dos estaban ahí a través de mí”, expresó.

Atrapados en EEUU

A los 35 dreamers que este verano participaron en el programa de CSULB (suman casi 100 alumnos en cuatro años) les tocó visitar a sus familias y su tierra en nombre de los hijos ausentes, sus padres.

Cada vez menos inmigrantes indocumentados viajan a sus comunidades ante una mayor vigilancia en la frontera, rutas cada vez más peligrosas, tarifas más elevadas de los traficantes de personas (‘coyotes’) y para no afectar su historial criminal en caso de que se apruebe algún alivio migratorio.

Muchos no se arriesgan ni para sepultar a sus padres.


Según un estudio del Centro de Investigaciones Pew, el 21% de los indocumentados ha vivido por más de dos décadas en Estados Unidos. De 2003 a 2013, su promedio de estadía subió de 8 a 13 años.

Los padres de Yuritzi Galarza, otra participante del programa de CSULB, no han regresado a México desde hace más de 12 años. Era una niña cuando ella emigró de su natal Estado de México.

“Era como si yo fuera los ojos de mis papás, porque yo les iba a traer todo lo que estaba viendo. Todo lo que viví, todas las emociones se las transmití a ellos”, explicó quien esta primavera se graduó de la carrera de Ciencias Políticas en CSULB.

Para ella, lo más difícil fue aceptar que el tiempo no perdona y reencontrarse con abuelos enfermos.

Madurar en México

A Yuritzi también le sacudió volver a pisar los caminos de tierra del pueblo donde ella nació y pasó su infancia. Solo estuvo cinco días, pero eso bastó para que su vida cambiara.

“Llegué al pueblito donde vivíamos, donde no hay luz ni agua, cosas que aquí [en Los Ángeles] tomaba por sentadas. Aprendí a valorar más las cosas, a mi familia, y el esfuerzo que hicieron mis padres. Por fin he comprendido por qué me trajeron a Estados Unidos, por qué no vieron un futuro para mí en México”.

Armando Vázquez-Ramos, profesor y coordinador de los viajes académicos de dreamers en CSULB, señaló que la mayoría de estos alumnos regresa a California con otra visión.

“He observado año tras año que estos jóvenes se dan cuenta del sacrificio que hicieron sus padres al llevárselos y que están viviendo el sueño de sus padres; traen una consciencia de responsabilidad”.

Literalmente, en la maleta de Carla, regresó un poco de Lerdo y de los suyos: trajo un puño de la tierra que estaba sobre la tumba de su abuela materna, con la idea de sembrar flores con ésta.

“Es algo simbólico y me da un poco de paz, saber que no solo me traje un poco de México, sino un poco de lo que quedó de mi abuelita”, dijo.

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