De Georgia a Venezuela: el drama de una familia que huyó del miedo dejando atrás a sus fieles compañeros

Tras la sorpresiva detención de su esposo por agentes de ICE, Ingrid Morales optó por la autodeportación hacia Venezuela para proteger a sus hijos. En la prisa del desamparo, tres de sus miembros más fieles se quedaron del otro lado de la frontera

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En la memoria reciente de Ingrid Morales, el hogar no se define por un mapa, sino por los sonidos cotidianos que hoy extraña en su improvisado hogar de Valencia, Venezuela. El ruido de las herramientas con las que su esposo, Anderson Parra, regresaba de remodelar cocinas en el condado Clayton, Georgia; las risas de sus hijos Alonso, de 3 años, y Agustín, de apenas 1; y, sobre todo, el jadeo constante de Draco, Pato y Goofy, los tres perros que completaban el ecosistema de una vida construida a base de sacrificios.

Hoy, esa normalidad no existe; ha sido desmantelada por la maquinaria burocrática y el temor. "Con el dolor en el alma tuvimos que dejar a las mascotas atrás", confiesa Ingrid, de 27 años, en una entrevista a N+ Univision que refleja el desgaste de quien ha tenido que elegir entre lo urgente y lo querido.

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Mientras intenta reconstruir los cimientos de su vida en su país natal, sus pensamientos viajan constantemente a miles de kilómetros al norte, donde sus tres perros permanecen a la deriva, dependiendo de la caridad temporal de amigos y con el reloj en contra. La fractura de la familia Parra-Morales comenzó el pasado 4 de febrero de una manera tan mundana como trágica: una licencia de conducir vencida. Al regresar de su jornada laboral, Anderson, de 31 años y principal sostén económico del hogar, fue detenido. Aunque su jefe —un ciudadano estadounidense— pagó la multa de inmediato en una correccional de Clayton, la libertad nunca llegó. Al día siguiente, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) asumió el caso.

El destino de Anderson ya no se decidiría en una oficina local de tránsito, sino en el circuito de los centros de detención migratoria que recorren el mapa de Georgia, Texas y Arizona. Para Ingrid, el arresto de su esposo activó una alerta de supervivencia. Llegados a Estados Unidos en julio de 2021 tras cruzar la frontera por Arizona, la pareja había cumplido con el protocolo legal: solicitaron asilo y asistieron a cada una de sus audiencias. Su próxima cita estaba programada para el 16 de septiembre de 2026.

Pero el sistema no esperó. "Por miedo, agarré rápido la opción de la autodeportación, por miedo a que fueran por mí y poder perder a mis hijos", relata Ingrid. "Me quedé desamparada". Sin los ingresos de Anderson y a cargo de dos bebés que apenas caminan, el departamento en Georgia dejó de ser un refugio para convertirse en una trampa potencial.

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El temor a que los agentes de ICE llamaran a su puerta y sus hijos quedaran bajo la custodia del Estado la llevó a firmar los papeles de la autodeportación. Fue una huida dictada por el pánico. Anderson fue expulsado a Venezuela el 17 de abril, tras pasar más de dos meses bajo custodia federal. Para entonces, Ingrid ya planificaba una retirada a toda prisa, una en la que el equipaje permitido no incluía el peso de la lealtad canina.

En la prisa por no dejar a sus hijos desamparados, Draco, Pato y Goofy se quedaron en Georgia, un cabo suelto de una vida que se deshizo en semanas. El reto actual de Ingrid es una carrera contrarreloj y de finanzas. Traer a los tres perros desde Georgia hasta Valencia requiere casi 6,000 dólares, una fortuna para una familia que acaba de ser despojada de su estabilidad económica y devuelta al punto de partida.

Los hijos de Ingrid debían tener doble nacionalidad para ser deportados

Ese mismo fin de semana, Ingrid inició el trámite para regresar por voluntad propia junto a sus hijos a Venezuela.

"Estaba asustada, pero dicen que la aplicación de la autodeportación es la que te garantiza que ICE te saca del radar de los migrantes que está buscando. "Lo hice para salvaguardarme a mí y a mis bebés", platica.

El temor a una posible detención de ICE aumentó cuando supo que, durante el proceso migratorio de su esposo, agentes preguntaron por ella debido a que ambos compartían el mismo caso de asilo.

Ingrid asegura que temía que ICE llegara a su casa y la detuviera, dejando a sus hijos sin ninguno de sus padres. "Apenas lo tomó Migración (a Anderson) y le preguntaron si yo seguía viviendo en la misma dirección".

La familia llevaba casi 5 años viviendo en el condado de Clyton, en Georgia.
La familia llevaba casi 5 años viviendo en el condado de Clyton, en Georgia.
Imagen Cortesía para N+ Univision


Poco después de comenzar con la autodeportación, personal de ICE se puso en contacto con ella para explicarle los requisitos. Entre ellos, que sus hijos —ciudadanos estadounidenses por nacimiento— también debían contar con la nacionalidad venezolana para poder salir del país.

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Con ese requisito pendiente, tuvo que esperar a que su esposo fuera deportado a Venezuela el viernes 17 de abril para iniciar los trámites. Para el lunes realizó el procedimiento de doble nacionalidad para ambos niños en el Registro Civil de su localidad.

Una vez completado el proceso, ella y los menores fueron enviados en un avión de deportados por autoridades estadounidenses el 30 de abril. Tras varias semanas separados, la familia pudo reencontrarse en Valencia.

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Ellos son los tres miembros de la familia a la deriva en Estados Unidos

Pero mientras los padres y sus hijos lograron reunirse, tres integrantes de la familia permanecieron en la casa donde la familia rentaba unos cuartos en Georgia: Draco, Pato y Goofy.

Los tres perros, de talla grande, quedaron al cuidado de amigos que rentaban junto con la pareja, quienes aceptaron resguardarlos temporalmente tras la salida repentina de la familia venezolana.

"Yo estuve averiguando antes de venirme con una compañía y me presupuestó a 2 mil dólares cada mascota. Evidentemente, no contábamos con ese dinero y tampoco lo teníamos presupuestado, ya que esto (la detención por parte de ICE) fue de sorpresa, fue repentino", cuenta Ingrid.

Draco tiene 5 años; Pato, 1 año, y Goofy, 11 meses. Draco pertenece a su esposo, mientras que Pato y Goofy fueron regalos de cumpleaños para sus hijos cuando cumplieron un año de edad.

La separación ha sido especialmente difícil para Alonso y Agustín. "Les ha afectado bastante la separación porque son sus mascotas, sobre todo a los niños. Los niños me preguntan cuando ven a los perros de su abuela paterna (con quien la familia está viviendo actualmente): "¿Cuándo va a llegar mi perro, cuándo va a venir Pato?, me hace falta Pato porque era el de mi hijo mayor, que ya habla".

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Aunque los perros siguen bajo cuidado de amigos en la ciudad de Riverdale, en el condado de Clayton, la ayuda no puede mantenerse indefinidamente.

"Al no tener los recursos para traerlos, yo he buscado la manera de buscarles un hogar o alguien que los quiera adoptar, albergues o refugios, pero se me ha hecho imposible conseguir a alguien que los reciba porque son mascotas grandes".

"Y normalmente los albergues y los refugios aceptan animales pequeños, y mis perros cada uno pesa más de 60 libras. "Entonces, como son mascotas grandes, no los quieren recibir en ninguna parte", comparte la mujer.

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La familia venezolana pide donaciones para volver a ver a sus mascotas

Para reunir nuevamente a toda la familia en Venezuela, Ingrid abrió una campaña en GoFundMe con la meta de recaudar 6 mil dólares, cantidad que cubriría el traslado de los tres animales.

"Lo que me detiene es el dinero porque la compañía, que es una agencia internacional de traslado de animales, se encarga de absolutamente todo. Ellos van y los buscan allá donde están ubicados en Georgia, los trasladan a su sede principal, que es en Miami, ahí les hacen todos los permisos, los embarcan en un avión y los traen acá a Caracas", explicó.

De los tres perros, Draco es el que más tiempo ha acompañado a la pareja. Lo adoptaron siendo un cachorro cuando estuvieron una temporada en Uruguay y posteriormente lo llevaron con ellos a Estados Unidos, un boleto que les costó alrededor de 3 mil dólares.

En ese momento, recuerda la mujer venezolana, tenían estabilidad económica y planes de construir su futuro en territorio estadounidense.

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Hoy la situación es muy distinta. "La aplicación de la autodeportación solo permitió traer tres maletas. "Fue llegar sin nada después de casi cinco años en Estados Unidos", dice Ingrid.

Aun así, la familia asegura que su futuro está ahora en Venezuela. "Nos vamos a quedar acá. Nosotros, por suerte, o pensando también en las políticas migratorias de Donald Trump, el año pasado habíamos logrado comprar una casa".

Para ellos, ese nuevo hogar, que todavía están construyendo con sus propias manos por falta de recursos, estará incompleto sin Draco, Pato y Goofy.

Ingrid confía en poder recaudar donaciones y cubrir los gastos del traslado internacional de las mascotas. Mientras tanto, en algún lugar de Georgia, tres perros esperan junto a la puerta el regreso de unos dueños que no volverán, atrapados en las grietas de una política migratoria que mide su éxito en cifras de expulsión, pero que se traduce en familias rotas y afectos abandonados a su suerte.

La familia llevaba casi 5 años viviendo en el condado de Clyton, en Georgia.
La familia llevaba casi 5 años viviendo en el condado de Clyton, en Georgia.
Imagen Cortesía para N+ Univision