El angustioso adiós de un niño de 3 años a sus hermanos tras una orden de deportación

Aiden, de 3 años, fue separado de sus cuatro hermanos en Miami tras la deportación de sus padres a Guatemala. Su despedida quedó marcada por el llanto, como las historias de cientos de familias hispanas que han sido separadas.

Video Imágenes de la separación familiar: Aiden, de 3 años, se despide de sus hermanos para ir con sus padres deportados

El grito desgarrador de Aiden Domingo, un niño de apenas tres años, atravesó la terminal del Aeropuerto Internacional de Miami y dejó ver una de las escenas más dolorosas de la separación de familias inmigrantes en los Estados Unidos.

El pequeño lloraba mientras era llevado lejos de sus cuatro hermanos, quienes se quedaron en Miami, Florida. No entendía por qué debía despedirse de ellos. Intentaba soltarse, avanzar y regresar a los brazos que habían sido parte de su vida cotidiana.

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Aiden emprendió el viaje hacia Guatemala, acompañado por la organización Maya, mientras que sus hermanos se quedaron atrás, enfrentando una despedida para la que no estaban preparados.

Sus padres, Abraham Domingo y María Levia, habían sido arrestados en presencia de sus hijos y posteriormente deportados a Guatemala. Querían que Aiden pudiera reunirse con ellos. Durante ese tiempo, el niño había permanecido en Miami junto a sus cuatro hermanos, bajo el cuidado de Wendy, su hermana mayor de 18 años.

“Siempre estamos juntos”, contó Jessica Domingo a los micrófonos de N+ Univisión, una de las hermanas de Aiden. Recordó que el pequeño acostumbraba estar cerca de alguno de sus hermanos. “Siempre está colgado de alguno de nosotros”, relató. Ahora, dijo que tendrán que esperar años para volver a abrazarlo.

Wendy y sus hermanos se quedaron en el aeropuerto viendo partir al pequeño Aiden. El dolor de la despedida se mezcló con la duda de cuándo volverán a estar juntos.

La historia de Aiden no fue la única.

Petrona también tuvo que despedirse de sus hijos, de uno de dos años. Decidió enviarlos a Guatemala mientras ella permanecía en Estados Unidos junto a su hija de ocho años.

“Lo que más me duele es mandar a mis hijos”, dijo con tristeza. Pero explicó que tomó la decisión pensando que, lejos de ella, estarían más seguros.

Para María, la niña de ocho años, la despedida tuvo un significado más sencillo y, al mismo tiempo, devastador. Cuando fue cuestionada sobre qué extrañaría de sus hermanitos, respondió: “Jugar con ellos”. Después, rompió en llanto.

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Tres horas después, el vuelo aterrizó en Guatemala.

Aiden finalmente volvió a ver a sus padres. El niño que poco antes lloraba desesperadamente por no separarse de sus hermanos, encontró en ellos los brazos que había estado esperando: los de sus padres.

“Estamos muy felices. Ya recibimos una parte de nuestras vidas”, dijo su padre, Abraham Domingo, al recibirlo.

Su madre, María Levia, apenas pudo contener la emoción: “Gracias a Dios mi bebé llegó bien y sano”.

Un total de ocho niños se integraron a este viaje hacia Guatemala, en medio de una realidad que va más allá de las cifras de la deportación: familias obligadas a tomar decisiones dolorosas, hermanos que quedan atrás y niños que, por su corta edad, no lograrán entender por qué son separados de sus familias.

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